En la Tierra oscura y yerma, desierto vasto del pensamiento, dos buitres amenazantes sobrevolaban el abismo de mis recuerdos. Oí entonces, en ese sordo silencio, la primogénita voz de una realidad aun no existente. Oí tan cerca los recuerdos de ese futuro que vivía tan lejos.
Allí, en el piso seco y ardiente del desierto comprendí: comprendí que había vencido, que abatido estaba el creador de mis propias pisadas, vencí al fin a mi gran enemigo.
Vi morir al niño y al anciano, al recién nacido y al resagado, al joven y fuerte y también al viejo sabio; en la tierra seca renació el pardo roble, desplegando su verde manto renovado.
Y por encima de su copa, mas alto que su colchón de naranjas emplumados, ¡sólo una rama! que curva esperaba, en suerte de ocacional y perfecto gancho, la llegada de su nuevo poseedor, el arribo de mi nuevo yo, la caída del peregrino volador.
Un descanso en el porvenir del Joven Halcón.
Nicolás Hernández Amor.
17-sep-2009