Desde la rama que me dio descanso, miro el camino que ante mi reclama mi paso. Busco la silueta de aquello que en mi interior quiere ser hallado. En el cálido arrullo del sol, observo. Pero el sol y su rojo fulgor incandescente desaparecen. Se esconden entre nubes amenazantes. La profunda obscuridad del cielo ennegrece el maravilloso paisaje que había descubierto. Mi mirada, tan necesitada de luz, se opaca en la búsqueda del camino. El temor toma mi corazón y me corre con su guadaña de ilusiones. Ráfagas de viento atraviesan el movimiento de mis alas y me impulso sin rumbo fijo; sólo me escapo de la tormenta. El descanso en el calmo porvenir llega a su fin, las nubes llegan a mí desde atrás, al asecho de un descuido que me deje caer en sus torbellinos. El temor me enfurece y mi aleteo se vuelve aún más rápido y constante.
Volando por los cielos vislumbro una gruta. En la entrada un velo obscuro que tapa la vista del lugar. Mi corazón me lleva hacia allí, pues la fuerza de su velo me atrae con potencias desconocidas. En contra del viento, me dirijo hacia lo desconocido y allí me detengo. Ingreso con dudas a ese espacio. Una profunda sensación inunda mi cuerpo e inestabiliza mi mente. La gruta es amplia, circular y armoniosa. Sus paredes son lisas y están escritas con vida. Maravillado observo, y al recordar el motivo de mi furioso vuelo percibo que el extraño lugar me protege del temor.
Al fondo de la cueva hay una luz que no se ve con los ojos sino que se mira con el corazón. Allí comienzan a brotar sonidos danzantes que rebotan en las paredes, de un lado a otro bailando con armoniosos movimientos invisibles. Cubren de a poco mi cuerpo peregrino y fuertemente me atraviesan dándome un sentido y extraño abrazo. Poco a poco, el recuerdo del temor desaparece pues una gran certeza llena mi pensamiento: “Nada puede ocurrirme en este lugar, pues aquí está lo que busco”.
Me acerco al velo negro de la entrada y observo los destellos que con fuerza oscurecen el paisaje. Relámpagos azabache que ennegrecen aún más el cielo opaco. Mi soledad de penurias se convierte en una meditabunda escena de magia y vida. Los sonidos de la gruta comienzan a ser parte de mi cuerpo, se interiorizan más y más dentro de mí hasta retumbar únicamente en las paredes de mi alma. Es allí, cuándo mi el tambor de la vida comienza a sonar dentro de mi mismo, que nace un nuevo ser. Allí un naciente rayo de luz le da un nuevo significado a mis alas y el halcón vuelve a nacer.
Tal es la necesidad de elevar su nuevo vuelo que su cuerpo le responde agradeciéndole su cariño y una por una las plumas comienzan a caer, pues comprenden juntos que la lluvia no los dejará volar si no se desprenden de su viejo estado. Es entonces cuando la luz ilumina su pecho y una gran esfera cubre su cuerpo. Comienza a ver en las nubes sus recuerdos, comienza a percibir sus deseos en la obscuridad. Ve en los cielos el fulgor de su pasado intentando atemorizarlo con su ilusoria impermeabilidad. Decide entonces ser parte de la lluvia, ser parte de sí mismo y volar… más alto aún de lo que nunca había logrado. El halcón siente en su vuelo un pequeño rayo de aquella libertad que la vida le da a su existencia. Siente el peregrino como se acerca a la vida misma, y siente en lo más profundo de su ser como, cual gota de rocío que cae en la tierra, su camino se transforma humedeciendo aquel sendero que dará lugar a la caída de las cadenas que mantienen quieta a la humanidad
El peregrino volador cae de los cielos, volando aún más alto… volando más alto que las nubes y el sol. Volando veloz. Llevando en su destino la bella certeza de que la vida tiene un lugar en esta tierra.
Nicolás Hernández Amor
6-10-10