Yemen, el país más pobre de la península arábiga que con sus fragilidades puede cambiar el futuro regional
La revuelta social comenzada al norte de Africa llegó a Yemen, donde una multitud aclama por la destitución de
Ali Saleh Abdalá, presente en el Ejecutivo desde hace 33 años. Cómo puede cambiar su rol para con los demás países.
No siempre las naciones que más importancia revisten en una situación actual son las que predominaron históricamente en la existencia de una región determinada. Si todo se rigiera por ese precepto, puede pensarse que Yemen no es más que un país insignificante para el futuro de la península arábiga. Así, se omitiría la importancia que esta joven República tiene en la actualidad para el desarrollo a mediano plazo de la zona, en una etapa de estallidos sociales que comenzó hace poco más de un mes en Túnez y de la que aun es imposible calcular su final.
En Yemen solo el 1% de las tierras sirven para uso agrícola y sus habitantes son víctimas de ese infortunio natural. El hecho provocó que desde hace 20 años, parte de la población yemenita optara por cruzar la frontera con Arabia Saudita, el vecino inmediato y principal economía de la región –es el primer productor de petróleo mundial y aliado estadonidense en la península-. Desde esos días, el fenómeno provoca la expulsión de más de 800 mil yemenitas que buscaban alojarse en suelo saudí y que, a 2011, son protagonistas y víctimas de la intensificación del conflicto limítrofe entre ambos países de oriente medio.
Pero hoy, en plena “Revolución Arabe” en marcha (el clima de violencia y los reclamos sociales se extendieron también por Argelia, Libia y Jordania), todo es un signo de pregunta. La caída de Ben Alí en Túnez del 14 de enero pasado provocó un inmediato estallido social en su vecino del norte de Africa, Egipto, donde el Presidente Mubarak le exigió la renuncia inmediata a los miembros de todo su gabinete entero, quienes anoche abandonaron sus cargos en medio de la escalada de violencia que, sólo en ese país, ya supera los 70 muertos. La onda expansiva fue tan fuerte (y tan esperada) que la crispación llegó a Yemen, donde el Jefe de Estado que gobierna desde 1978, Ali Saleh Abdalá, tambalea a causa de la rebelión social que aclama por su renuncia. En medio de esta situación, los yemenitas que a diario intentan cruzar una singular frontera para volver a su país desde Arabia Saudita, no saben con qué panorama se encontrarán al regresar.
Ese límite es una frontera difusa, confusa, compartida entre el mayor exportador mundial de petróleo y otro que no posee yacimientos en todo su territorio. Entre el aliado estadounidense contra el terrorismo oriental y el que tiene una parte de su población que es incitada por Irán para que profundice su rebelión (y revolución) islamista. Ambos países, Arabia Saudita y Yemen, comparten una línea divisoria de arena, de más de 2000 kilómetros que hasta antes de la segunda Guerra del Golfo Pérsico había sido cruzada por más de dos millones de yemenitas que se dirigían hacia el país vecino. Ellos ofrecían una mano de obra barata que no tenía recepción ni en Yemen del Sur ni en Yemen del Norte, las dos naciones en las que estaba dividido este territorio hasta meses antes de estallada la guerra en 1990. Es que el presidente yemenita Ali Saleh Abdalá había sido el único líder árabe en apoyar abiertamente la ocupación iraquí de Kuwait, un país cercano, muy pequeño y poblado principalmente por el chiísmo, que en Yemen es minoría. La otra gran parte de la población yemenita, la sunnita, estableció por su parte una estructura paramilitar en la que los objetivos pasan por derrocar al gobierno zaydí actual y por apoyar su régimen en bases que se asienten en el Islam. De ahí que no suene casual el aval que este movimiento secesionista recibe por parte de Irán.
Al parecer, la expulsión de ciudadanos de minorías étnicas de algún país hacia otros en el siglo XXI, no es potestad únicamente de Francia para con los gitanos. La preocupación del rey de Arabia Saudita, Abdalá bin Abdelaziz, pasa por no permitir que los más de un millón de yemenitas chiíes que habitan aún su suelo (en una monarquía absoluta el rey es el dueño de todo), se transformen en un “peligroso” bastión islamista que amenace su alianza política y económica con Estados Unidos.
El cóctel se completa con la presencia de la red terrorista Al Qaeda y con los distintos tipos de represiones que sufren los ciudadanos de la parte sur de Yemen. En su mayoría vinculados al democrático pero separatista “Movimiento del Sur”, ellos denuncian que las agresiones sufridas por el propio gobierno local llevan el manto de la lucha antiterrorista, pero que no son otra cosa que un intento de acallar la voz opositora al gobierno de Alí Abdalla Saleh. Una práctica que no puede atribuírsele únicamente al mundo árabe y que actualmente está bajo la lupa de todos los yemenitas y del mundo entero.
Hoy en la región prepondera más la ubicación geográfica de Yemén que su Producto Interno Bruto per cápita, que con $745 dólares al año es diez veces menor al argentino. Pero la ubicación geográfica del país es una verdadera llave de paso muy codiciada para cualquier acción económica y bélica que se quiera realizar en la región, si se ingresa por el Golfo de Adén.