El Adviento de Jesucristo fue prometido ya en el Génesis, después del pecado original, como hemos meditado ayer al celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción. En el evangelio de hoy, San Lucas cita al profeta Isaías, que había dicho: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino el camino del Señor, allanen sus senderos…Entonces todos los hombres verán la Salvación de Dios.” Esta profecía se cumplió al pie de la letra cuando apareció San Juan Bautista, a quien llamamos “el Precursor”. Precursor de Jesús en todo: fue engendrado milagrosamente en el seno de su madre Santa Isabel seis meses antes que Jesús en el de Santa María Virgen, aparece también antes en público, en el Jordán, anticipando la aparición pública de Jesús, y morirá mártir antes que Jesús. Después de María, que es, como decíamos ayer, la primera guía en el Adviento, la que mejor esperó la Navidad, el segundo guía en el Adviento es San Juan Bautista.
Cuando Jesús aún no había nacido, ya lo anunció estando aún también él en el seno de su madre, Santa Isabel, cuando María fue a visitarla. El encuentro de aquellas dos mujeres embarazadas, fue el primer encuentro de aquellos dos niños, y Juan Bautista saltó en el seno de su madre, al acercarse Jesús en el seno de María.
Pero la Iglesia nos hace leer hoy una escena ocurrida 30 años después, cuando Juan Bautista anuncia a Jesús por segunda vez en el desierto, junto al río Jordán, con “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”, dice el evangelio. Es interesante la precisión con la que San Lucas ubica el hecho: “El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea…” El Evangelio es un libro histórico, fundado en hechos. El cristianismo es una religión histórica, fundada en hechos reales. La llegada de Jesús fue histórica, y aquí está ubicada con precisión, así como a su precursor, Juan Bautista.
Es interesante que Juan Bautista bautizara en Betania, “al otro lado del Jordán” en el mismo sitio por donde, 1200 años antes, había cruzado el río el pueblo de Israel para entrar en la tierra prometida, después del éxodo desde Egipto. También allí, como en el mar Rojo, se habían abierto las aguas. Ahora, los que se bautizaban con Juan, entraban ritualmente purificados a la Tierra Santa que Dios les había dado, para esperar a Jesús.
Y lo que Juan Bautista hacía no era solo un anuncio, sino un llamado urgente a prepararse. No era un bautismo que perdonara los pecados sino “un bautismo de conversión”, orientado al perdón de los pecados. Pedía el arrepentimiento y el propósito de un cambio de vida. Y la gente “confesaba sus pecados”. Esa era la preparación para recibir a Jesús, el Mesías. Juan Bautista dirá allí de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (lo decimos todos los días en misa antes de comulgar). Y también dirá: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo”. Hacía tiempo que no había profetas en Israel, la expectación mesiánica era grande, y muchos pensaban que era Juan el Mesías. Había cobrado una fama impresionante. Había un gran movimiento de gente que acudía a él de Jerusalén, Judea y toda la región del Jordán. El desierto de Judea era una zona abrupta, pedregosa y estéril de 80 km de largo por 20 de ancho, lindera de la región del Jordán, donde abundaban los poblados. Jesús mismo dirá de él que “no hubo hombre más grande nacido de mujer”. Era el último profeta del Antiguo Testamento y a la vez abría el Nuevo Testamento señalando a Jesús personalmente.
Y era penitente, como lo muestran los otros evangelios: “vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero”, “se alimentaba con langostas y miel silvestre”. Las langostas eran el alimento de los pobres, sobre todo de los beduinos y de la gente nómada, y la miel silvestre era la exudación de unos arbustos que cubrían las márgenes del río Jordán, una comida insípida. Juan Bautista llevaba una vida de austeridad y penitencia consagrada a Dios.
Los cuatro evangelios lo presentan al comienzo, Mateo, Marcos y Lucas, describiendo en detalle su presencia, y el evangelio de Juan dice escuetamente en el Prólogo: “Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Vino para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz”.
Por todo esto, Juan Bautista es nuestro guía y modelo en el Adviento, para preparar la llegada de Cristo: la Luz de la Navidad. Nos habla de penitencia, de sacrificio, y conversión. El color del Adviento es el morado, como en Cuaresma. ¿Qué Navidad podría festejarse sin el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, sin estar nuevamente en gracia? Tenemos para ello el sacramento de la confesión, realmente eficaz. ¿Qué otra cosa mejor habrá que hacer en Adviento que una buena confesión, mirando incluso el año vivido?
San Juan Bautista nos habla también de una vida austera. La Navidad hay que prepararla con algunas privaciones que ayuden externamente a esa conversión. Como una forma de desprendernos de lo superfluo, de un consumismo innecesario. Gastemos en lo que realmente importa. Tengamos delante el cuadro, no sólo de las langostas y la miel silvestre de Juan, sino del mismo pesebre de Belén. Es un tiempo privilegiado para hacer caridad de veras, con aquellos que no tienen: aunque sea un pan dulce.
Olvidamos mucho la penitencia que hay que hacer pensando en la fiesta de Navidad. Pero antes de comer hay que ayunar. Hay que preparar con San Juan Bautista la Navidad del Señor. Y esta conversión y penitencia, hay que vivirla como testimonio contrapuesto al cuadro atroz que presenta nuestra sociedad: asesinatos y robos, narcotráfico, corrupción, y la desprotección creciente del matrimonio, la familia, la educación de los niños y los jóvenes. Hay gente que no sólo ha perdido la fe sino la razón. Juan Bautista les diría algunas cosas, como se las dijo a Herodes. Pero no hay muchos valientes como Juan Bautista, que estén dispuestos a que les corten la cabeza. Hay quienes respetan más a Herodes que a Cristo. Y callan. Ni anuncian la Buena Nueva ni denuncian la maldad. No preparan el Advenimiento de Cristo. Están los pobres de bienes materiales, sí, cada vez más numerosos, el 30% del país, y están también los que son pobres de todo lo demás: las víctimas de aquellos que les han robado la fe y la moral cristiana, y el porcentaje es mayor; nadie lo calcula.
Animémonos unos a otros preparando una verdadera Navidad, a fondo, como corresponde a católicos, y en tiempos de emergencia. Y con la consolación de las palabras de Isaías, evocadas en el evangelio de hoy: “Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios”.