INMACULADA CONCEPCIÓN

Por
bienaventurados
Martes, 15/01/2019
Dos realidades para meditar nos trae todos los años la Solemnidad de la Inmaculada Concepción.
En primer lugar, nos recuerda el drama del pecado original, cuyo relato hemos escuchado en la primera lectura, del libro del Génesis. Fue esa desobediencia del primer matrimonio humano, que tentado por el diablo, abusó de su libertad, y se prefirieron a sí mismos en lugar de Dios, contra Dios, pretendiendo vivir sin Dios. De aquella ruptura han surgido en la historia, hasta hoy, todas las consecuencias dramáticas que conocemos por experiencia. Todo se separa: la unión del varón y la mujer queda sometida a tensiones, y el mal se trasmite a los hijos: Caín mata a Abel. Una invasión de pecado inundó el mundo, injusticias, guerras y depravación. La ideología de género es hoy el último fruto de esa depravación, y es manifiestamente un rechazo al Creador, a la naturaleza humana, y todo el orden natural creado. Aquel primer pecado ha separado también a cada persona en su ser: cuerpo y alma tienden a separarse, y la muerte es el hecho final que lo demuestra.
Ignorar que el hombre tiene esta naturaleza herida e inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres. Pero la existencia del pecado original se ha olvidado aún entre cristianos. Por supuesto, todos se preguntan de dónde vienen tantos males, y como se ignora o se olvida el origen tampoco se encuentra la solución. Y es que, precisamente, el pecado original es ruptura con Dios, y por tanto, ya no se cuenta con Él para resolver el mal. Más aún, en la actualidad el mal se considera cada vez menos como pecado, al prescindir de Dios. Se ha ido reemplazando la visión cristiana de la realidad por un humanismo sin Dios, que, por supuesto, no resuelve nada.
Pero Dios no se olvidó, ni se olvida, de nosotros. Y la última palabra la tuvo Él. El Creador se convirtió en Redentor. Lo dice el mismo relato del Génesis, donde le dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”. Está hablando del Mesías, del Salvador de la humanidad, de Jesucristo, y de una misteriosa mujer, que no es Eva, y de la cual desciende el Salvador. Es una mujer que también está en enemistad con el diablo. La Iglesia, desde los primero siglos, ha visto en esa mujer a María, y por eso la ha llamado la “nueva Eva”. Aparece asociada a Cristo, el nuevo Adán, en la lucha contra el demonio. También a ella se la representará pisando la cabeza de la serpiente. Pero si esto es así, esa enemistad supone completa santidad, que excluye todo pecado, aún el original. Eso es lo que celebramos hoy: María fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin pecado original. Fue preservada de ese pecado con el que nace todo ser humano, porque iba a ser la Madre del Salvador. A esto llamamos Inmaculada Concepción.
Y por eso, decimos que María Inmaculada nos habla hoy de dos realidades: del pecado y a la vez de la redención del pecado. De hecho, ella fue la primera creatura redimida, de modo anticipado, en el momento de ser concebida. En el evangelio de hoy, el Angel Gabriel la llama llena de gracia, es decir “sin pecado alguno”, sin mácula: “Inmaculada”. Y luego le anuncia que ella misma, concebida sin pecado, va a concebir a su vez al Hijo del Altísimo, que viene a redimir del pecado a los hombres. Aquí se ve cómo Dios preparó en María una Madre única, para que pudiera nacer Jesús.
Es providencial que la Iglesia nos haga celebrar todos los años la Inmaculada Concepción de María, precisamente en el inicio de este tiempo de Adviento, preparatorio a la Navidad. Nos hace contemplar primero el milagro de la Concepción de María, para contemplar después la Concepción de Jesús en María. Así es como Dios redime al mundo, y se cumple aquella profecía del Génesis, Jesús pisa la cabeza de la serpiente, y María coopera. Por todo esto, María es la mejor guía para vivir este Adviento. ¿Qué duda puede caber de que fue la que mejor preparó la Navidad? Si miramos ya el pesebre, aún sin Jesús, allí está ella, esperando.
Hoy, más que nunca, y en esta iglesia tan bendecida por ella, nos consagraremos a su Inmaculado Corazón (sin pecado original), para que nos ayude a arrepentirnos de nuestros pecados, y poder recibir a Jesús. María, la mujer feliz, la Madre de Dios, nos ama con ese Corazón de Madre, y espera la entrega confiada de nuestro corazón de hijos.
Ave María Purísima…

Por
bienaventurados