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LA LIMOSNA DE LA VIUDA (Dom.32)
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Domingo, 13/01/2019
LA LIMOSNA DE LA VIUDA (Dom.32)
Aparecen dos viudas. Una en el relato de hoy del AT, en la ciudad de Sarepta. Elías la ayuda. Pero le pide que le de todo lo que tenía para comer. Luego, a ella y su hijo no les faltará nada. La providencia divina intervino. La promesa de Dios se cumplió. Pero hubo antes un último y heroico desprendimiento de aquella mujer.

La otra viuda, la del evangelio, también da todo lo que tiene. Nadie podía saberlo, pero Jesús sí lo sabía. Estaba sentado allí observando lo que todos ponían en el tesoro del Templo. Había allí trece alcancías; estaban en el atrio de las mujeres; tenían forma de trompetas, de abertura muy grande en el exterior, por donde se echaban las ofrendas. Iban a parar a cámaras subterráneas custodiadas. La mujer pone muy poco, dos monedas de cobre; se llamaban leptones. El leptón era la dieciseisava parte de un denario, que era el suelo diario de un trabajador. Pero aquello era todo lo que la viuda tenía para su sustento, igual que la del AT. Jesús alaba a esta mujer, y debemos suponer que no le faltó luego la providencia divina para su vida.

Pero hay, además, otra clara lección. Lo que pesa en la ofrenda no es lo material, sino lo espiritual que se ofrece. Jesús dice que había echado más que todos los demás, porque los otros daban lo que les sobraba. La mujer hizo una ofrenda de amor a Dios. Le dio todo. Como hizo la del AT a través del profeta Elías. Y esto es lo importante: no es el cuánto sino el cómo, o el porqué. Por supuesto, no se puede ejercitar sin creer firmemente en la vida eterna. No bastaría tener sólo una mirada terrena sobre las necesidades materiales.

La limosna es uno de los tres ejercicios que pide Jesús en el evangelio, junto con la oración y el ayuno. Los tres son ofrendas de amor a Dios. Son desprendimientos. Y ni la oración, ni el ayuno, ni la limosna, tienen valor si solo se está dando de lo que sobra. Así pasa con la oración a veces: orar es hablar con Dios. Le damos lo que sobra, algún minuto perdido del día, o quizá el último minuto antes de dormir: un Padrenuestro y a otra cosa. Calculamos el tiempo para estar con el Señor como el avaro que da las monedas que le sobran en el bolsillo. Para todo lo demás tenemos tiempo suficiente, como para todo lo demás tenemos plata suficiente. En ninguno de los dos casos hay amor suficiente. Y por tanto, la ofrenda no tiene valor suficiente. Lo mismo se podría decir del ayuno, o del sacrificio de algo que lo sustituya. ¿Quién se acuerda ya de los días viernes? Hay gente que es capaz de hacer dietas increíbles por la silueta o por razones de salud, pero la ofrenda a Dios es mínima: en el mejor de los casos ha quedado reducida al miércoles de ceniza y al Viernes Santo, porque son ayunos mandados por la Iglesia. No hay contemplación suficiente de la pasión de Jesús.

Todos los santos y santas durante veinte siglos han hecho penitencia buscando participar de la cruz de Cristo, con ayunos, con oraciones, con limosnas. No es un plus extraordinario, sino una práctica ordinaria de la vida cristiana común.

La insistencia de Jesús en estas prácticas se debe a que son medios para nuestra santificación, para nuestra salvación. La oración nos salva de pensar solo en nosotros mismos, y de conversar solo con los demás: es tiempo para Dios, el mejor, no el que sobra. Es el remedio de humildad contra la soberbia. El ayuno nos salva de cultivar una vida puramente sensual: es ofrenda a Jesús de nuestro cuerpo para que, purificado, pueda estar realmente al servicio de Dios y de los demás. Y la limosa nos salva de la avaricia, del desenfreno en el uso de los bienes materiales, del amor al dinero, de la búsqueda exclusiva de una seguridad económica, porque es una ofrenda a los otros por amor a Dios. Es decir, es posible si hay fe en Dios, en su Providencia, en la vida eterna.

Hay una anécdota de la vida de Antonio Gaudí, el célebre arquitecto catalán, que vivía pobremente, pudiendo haber sido millonario, y pedía personalmente limosnas para levantar el templo de la Sagrada Familia en Barcelona.
Cierta vez visitó a un hombre muy rico, que le dijo que haría una donación elevada, porque, para él eso no era algo difícil. Entonces, Gaudí le contestó. “Ah, pero entonces no la puedo aceptar, porque el templo es expiatorio y debe ser levantado con el sacrificio de todos.
Cuando Ud. vea que lo que va a ofrecer significa un verdadero sacrificio, aceptaré su donación”, y se fue. El hombre aquel quedó muy impresionado por aquellas palabras, y al día siguiente lo llamó para entregarle una suma muchísimo mayor. Gaudí no buscaba más plata, sino más amor, un desprendimiento hecho realmente por amor a Dios, que ayudara a la obra pero que a la vez ayudara al donante.
El proceso de beatificación de Gaudí avanza. Los santos han tenido siempre este criterio para vivir.
En su caso, ofreció todo, su talento genial, la comodidad, el tiempo, la oración personal, y el sacrificio de sí mismo. En una palabra, dio todo lo que tenía para vivir, como la viuda del Evangelio.
Y Jesús alaba esta actitud santa, como alabó a la viuda, porque es obra de amor, y el amor verdadero está dispuesto siempre a dar, e incluso a darlo todo. Imita a Dios, que es puro don. Y por eso también cree en la Providencia de Dios, que no abandona. Es capaz de dar y no duda que recibirá, incluso algo mayor. Esta es la ley del cristianismo. Entregar esta vida en pos de la eterna.


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