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PARA HACER HAY QUE SER (Dom. 31)
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Domingo, 13/01/2019
PARA HACER HAY QUE SER (Dom. 31)
Ya hemos hablado otro domingo de la inflación de preceptos que había impuesto el fariseísmo de la época de Jesús: 613 preceptos: 248 positivos y 365 negativos. La pregunta que hoy le hace el escriba a Jesús estaba justificada: ¿cuál es el primero de los mandamientos? La respuesta la da Jesús según la oración que tenían que recitar los varones israelitas dos veces al día: “Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. (Dt 6) Y Jesús dice: “este es el mayor y primer mandamiento”. Es decir, el lugar absoluto lo ocupa el amor a Dios. Esto es lo que estaba desvirtuado con los cientos de prácticas que ahogaban el mandato.

Luego Jesús agrega otro mandamiento sin que el fariseo se lo haya preguntado: el amor al prójimo. Y lo hace citando el libro del Levítico: “como a ti mismo”. También esto se había devaluado con preceptos ritualistas y minuciosos. Por ejemplo: “Deja libre a la madre cuando agarres los pajaritos” (Dt). Y cosas por el estilo. Además el prójimo para un judío era sólo otro judío. Jesús propone el mandamiento de amar al prójimo en función del amor a Dios, es decir, que es universal. La “semejanza” entre ambos mandamientos es la “Caridad”, que va al prójimo por amor a Dios.

Y en verdad, Jesús enseñó esto de un modo aún más directo, refiriéndolo a su Persona: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Es decir, como Él, que es Dios, nos ama. Hay que amar al prójimo al estilo de Dios. ¿Cómo es esto posible humanamente? No es posible. Se hace posible con la ayuda de la gracia. En realidad, sin la gracia, no se puede cumplir tampoco el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, ni ninguno de los demás mandamientos.

Hoy el Señor nos enseña la Ley eterna de Dios. Nos dice, precisamente, lo que debemos “hacer”. El hacer del hombre, sus “actos”, es lo que llamamos “vida moral”, pero en el cristianismo está fundada en la “vida religiosa”, en la “vida de fe”. En el Catecismo de la Iglesia Católica, hay una primera parte que trata de lo que “hay que creer”, y explica el Credo, que ahora vamos a rezar. La segunda parte trata de lo que “hay que recibir”, y explica los siete sacramentos de la Iglesia, el más grande de los cuales es la Eucaristía que estamos celebrando. Y la tercera parte del Catecismo trata recién de lo que “hay que hacer”, de los diez mandamientos, es decir, de la moral cristiana, de los actos humanos propios de los cristianos. Lo que “hay que hacer” está dicho también de modo negativo, es decir, lo que “no hay que hacer”, por ejemplo mentir.

Ahora bien, este orden del Catecismo no es caprichoso. Porque lo primero en la vida cristiana es “creer”, y lo segundo es celebrar esa fe en la liturgia, es decir “recibir la gracia de los sacramentos de la fe”. Y recién en tercer lugar viene lo que hay que “hacer” con la ayuda de la gracia. Los mandamientos no se pueden cumplir de modo pleno sin la gracia de Dios que recibimos en los sacramentos. Por eso el cristianismo no es un moralismo, que nos dice sólo lo que está bien y lo que está mal, sino que está fundado en Cristo mismo y en su “gracia”, que nos “transforma” para poder “vivir” conforme a la Ley de Dios. Amar a Dios y amar al prójimo, con todas sus derivaciones, no es algo que brota naturalmente, espontáneamente, es fruto de la gracia: es Dios mismo que nos da la capacidad de amarlo y de amar al prójimo de veras. No se trata de un amor natural, sino de la caridad, que es amor sobrenatural. Es “La vida en Cristo”, como dice precisamente el título de esta tercera parte en el Catecismo.

Porque, vamos a ver: aunque podamos distinguir entre el bien y el mal, entre el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar; aunque podamos, como hacemos hoy, analizar al detalle la lista de males que nos rodean por todas partes, las personas que los cometen, y que incluso pretenden legalizarlos y educar así a nuestros hijos; aunque podamos mirar en nosotros mismos el mal que hacemos y el bien que dejamos de hacer. ¿Cómo superar todo esto realmente? Sólos no podemos, porque el ser humano no puede auto-redimirse, auto-santificarse. Para salir de la oscuridad no basta con mirarla de frente, hay que encender la luz. El domingo pasado lo hemos meditado. Es la luz la que quita la oscuridad. Es la Luz de Dios, no sólo la que hace descubrir la oscuridad diabólica del mal, sino la que puede quitarla. La Luz de los Mandamientos de Dios sólo nos hace descubrir el mal del pecado, pero no evitarlo. Es la Luz de la Gracia que nos hace capaces de evitar el pecado y de vivir como hijos de Dios, regenerados. Nos hace capaces de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como Jesús nos amó. Esta es la esencia del cristianismo.



Por eso, sin Él no podemos hacer nada, como también nos dijo (Jn 15,5). Por tanto, además de aprender y enseñar los mandamientos, lo que “hay que hacer”, vayamos rápido y llevemos a los demás, a la fuente de la gracia de Dios, que nos “hace ser”. Por eso, sin Cristo, sin la gracia, y sin los sacramentos de la Iglesia que la infunden en cada uno de nosotros, no habrá cambio alguno en nosotros, ni en el mundo. Sin santificación no puede haber obras santas. No bastan los discursos, ni siquiera los sermones, sobre todo cuando son moralinas impracticables. No basta decirles a los jóvenes que sean buenos, que sean solidarios, que no se dejen arrastrar por esto y por aquello, etc. No faltará quien levante la voz y diga: “¿Y cómo?”. Y la respuesta será una sola: “sin la gracia, no podés”. Y no habrá más preguntas.


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