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FAMILIAS SANTAS (Dom. 29)
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Domingo, 13/01/2019
FAMILIAS SANTAS (Dom. 29)
Santiago y Juan le piden al Señor estar a cada lado en la Gloria. Los demás protestan. En realidad, todos habían estado pensando sobre quién era el más importante. La respuesta de Jesús es directa como siempre: “el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud”. La comparación la hace con las autoridades de este mundo que solo buscan dominar, pero no servir. Esto es siempre actual, porque el que gobierna recibe la autoridad para ocuparse del bien común, es decir, para servir a los demás. Y esto supone un sacrificio, una entrega de sí, desde el padre o madre de familia hasta los que gobiernan las naciones. Como ha dicho Santa Teresa de Calcuta: el que no vive para servir no sirve para vivir.

Lo paradójico es que el mismo mundo termina por rechazar al déspota, al egoísta, al injusto, y tiende a reconocer al que es servicial, lo honra e incluso lo recuerda. Ahí están todos los héroes, patriotas y benefactores de la humanidad, como se los llama. Y la verdad es que no hubo ni habrá ejemplo más acabado de este Servicio que el de Jesús mismo, porque, como dice hoy, “dio la vida en rescate por una multitud”. Es el Benefactor universal. No hay otro así y no lo habrá. Es Dios en Persona que ha bajado para ofrecerse en sacrificio por todos. Y no sólo como un “ejemplo”, sino que quiere entrar en cada uno de nosotros con su gracia, con su presencia, y hacernos semejantes a Él. Es decir, hacernos santos.

La santidad es el mayor servicio a Dios y a los demás que podemos dar. El santo o la santa es el mayor apoyo para los demás, que detectan enseguida la persona que no se busca a sí misma, sino que da la vida por los otros. Esa es la atracción que sentimos por los santos que conocemos a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Ellos terminan siendo los famosos de la historia. Y la Iglesia hace memoria de ellos en la liturgia de la misa.

Este mes, por ejemplo, hemos podido celebrar en orden a Santa Teresita del Niño Jesús, a San Francisco de Asís, a San Bruno el fundador de los cartujos, al beato John Henry Newman, a Santa Teresa de Ávila, a Santa Margarita María de Alacoque la del Sagrado Corazón de Jesús, al mártir del siglo II San Ignacio de Antioquía, a San Lucas evangelista, a San Pedro de Alcántara, y vendrán otros hasta fin de mes. ¿Conocemos la vida de los santos? ¿Leí alguna? San Ignacio de Loyola se convirtió de una vida mundana leyendo vidas de santos. Muchos saben más acerca de actores y actrices, cantantes o políticos. ¿Conozco la vida del santo de mi nombre? Sigue siendo esencial este tipo de lecturas, porque los santos no son leyendas ni personajes inventados por la fantasía de los novelistas, sino personas reales como nosotros, que encontraron el verdadero camino de plenitud y felicidad. Encontraron a Cristo y vivieron así. Y ahora están en el cielo. ¿Adónde esperamos llegar nosotros? Imitar a los santos ha sido siempre la meta de muchos, aunque por supuesto cada uno de nosotros está llamado a ser un santo único e irrepetible, de acuerdo a sus talentos y características personales. Sea como sea, no es algo que cae como la lluvia o viene con el viento de primavera. Hay que quererlo y buscarlo con perseverancia.

Y esto sólo, querer ser santos, basta como plan de vida, incluso para vencer el pecado y el mal, porque se trata de buscar el único bien, la única cosa necesaria. Debería ser una obsesión. Y en verdad, los santos siempre han parecido locos a los ojos del mundo. En el evangelio de hoy, y a pesar de la actitud ambiciosa de Santiago y Juan, cuando les dice “no saben lo que piden” y les pregunta “¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé?”, le responden “Podemos”. Jesús les estaba hablando de la cruz que tenía que padecer, y aunque no lo entendieron, contestan con audacia, una locura a los ojos del mundo. Y Jesús acepta el ofrecimiento: “Beberán el cáliz que Yo beberé”. Estaban dispuestos a seguir a Jesús sin pensar adónde. Como dice la oración de Newman: “Señor haz de mí lo que Tú quieras…no intento ver adónde me llevas…pero me entrego a Ti para que me lleves adónde quieras”.

Claro está que para esta búsqueda de la santidad, además de leer el evangelio y las vidas de los santos, todos necesitamos un ambiente favorable. El mundo tal cual está no lo es, nunca lo ha sido. Al contrario, favorece el camino opuesto a la santidad. Pero es posible crear pequeños ámbitos. Y el primero de todos es la familia. Debería ser el ámbito privilegiado.


Desde el principio de la Iglesia encontramos ejemplos registrados en el Nuevo Testamento, de familias santas como la de Lázaro, Marta y María, y matrimonios santos, como el de Aquila y Priscila, colaboradores de San Pablo. En el siglo III los Santos Mario, Marta, Audifax y Abaco, eran una familia de cristianos que cuidaba de los cuerpos de mártires cristianos y los enterraba, y murieron como mártires también bajo el reinado de Aureliano. Santa Cecilia, su esposo y su cuñado también fueron mártires en ese tiempo. En el siglo IV tenemos la familia de san Gregorio de Nisa, con cuatro hermanos y cinco hermanas: uno fue San Basilio el Grande; otro hermano San Pedro, obispo de Sebaste; una hermana Santa Macrina; la madre, Emelia, era hija de un mártir cristiano; la abuela paterna Macrina la mayor también es santa y parece haber educado a todos. En el siglo VI alcanzaron la santidad San Gordiano y Santa Silvia, padres del papa San Gregorio Magno. En el siglo VII San Walberto y Santa Bertilia fueron los padres de Santa Aldegundis y de Santa Valdetrudis, cuyo esposo fue San Vicente, y fueron padres de cuatro hijos santos: San Landerico obispo de París, San Dentellino, Santa Aldetrudis y Santa Madelberta (abadesas del monasterio de Maubeuge). En el siglo VII tenemos a los santos Edwin rey de Northumbria, su esposa Etelburga de Kent, y su hija Enfleda de Whitby; eran paganos; Edwin se convirtió al cristianismo, Etelburga también, y después de la muerte de Edwin fundó un convento benedictino y fue abadesa; y una de sus hijas Enfleda, hizo lo mismo. En el siglo XII tenemos a San Bernardo; sus padres y todos sus hermanos han sido beatificados (hay que el gran libro “La familia que alcanzó a Cristo”). En el siglo XII vivió San Isidro Labrador, patrono de esta diócesis, y su esposa Santa María de la Cabeza. En 2001 Juan Pablo II beatificó a los esposos italianos Luigi y Maria Beltrame Quattrochi, casados en 1905; tuvieron dos hijos varones que se hicieron sacerdotes y dos hijas mujeres. Una de sus hijas se casó y la otra se hizo religiosa. Tres de sus hijos asistieron a la misa de beatificación. En 2015 fueron canonizados Louis Martin y Celia Guerin, padres de Santa Teresita, y de otros ocho hijos: fundaron una familia de santos. Hay padres canonizados, como San Eduardo de Inglaterra, San Esteban de Hungría, San Fernando rey de España, su primo San Luis rey de Francia que tuvo 9 hijos, San Francisco de Borja también con 9 hijos y Santo Tomás Moro.

En el día de la madre hay que recordar a todas las santas que fueron madres de familia, agregando a las ya nombradas a Santa Elena madre del emperador Constantino, Santa Mónica madre de San Agustín, Santa Rita de Casia, Santa Angela de Foligno, Santa Clotilde de Francia, Santa Margarita de Escocia, Santa Isabel de Portugal, Santa Isabel de Humgría. Y Santa Gianna Beretta Molla, muerta en 1962 y canonizada por Juan Pablo II en 2004, enfermó de cáncer y decidió continuar con el embarazo de su cuarto hijo, en vez someterse a un aborto, como le sugerían los médicos para salvar su vida; tenía 39 años.

Cada uno reza hoy por su propia mamá, viva o difunta. Pero también por el papá, porque no hay mamás sin papás, ni papás sin mamás. Haber separado el día de unos y otras es un invento comercial, que en la situación actual que vivimos, promueve más bien la división y el invento de nuevos “modelos” de familia, como se los llama. Habría que instituir el día del matrimonio, aunque también habría que explicar de qué se trata.

Santa Teresita escribió una vez: “Dios me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra” (Carta 261). Qué maravilloso sería que todos los hijos pudiesen decir estos de sus propios padres. Y también los padres de sus propios hijos. Porque todo matrimonio y familia están llamados a ser escuela de santidad. ¡Hoy más que nunca!


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