Iba en un colectivo por Belgrano. Éramos poco pasajeros porque ya estaba cerca del final del recorrido. Habíamos pasado una parada y el colectivo frenó por un semáforo. Un muchacho se paró y le dijo al chofer: “¿Me abrís, por favor? Me pasé…”. El chofer, sin hablar, le abrió y el muchacho bajó agradecido. Hicimos unas cuadras más y llegamos a Cabildo y Juramento. Otra vez nos detuvo el semáforo. Una señora que estaba en el primer asiento, con un bastón, le pidió al chofer si la dejaba bajar ahí. El chofer, bastante amable, le dijo que allí no era posible, porque había bastante tráfico. La señora insistió diciendo algo que no pude escuchar, y el chofer, sin mucho entusiasmo, le abrió la puerta. Al instante, una chica desde el fondo le dijo: “Me abrís a mí también”. El chofer, ya bastante cansado, le dijo que la señora era discapacitada, pero que a ella no podía dejarla bajar. Así que tuvo que esperar hasta la próxima parada.
Me quedé pensando: si el primer muchacho no hubiera pedido bajar fuera de la parada, ¿la señora lo habría hecho? No lo sé… Lo que dudo bastante es que la última chica lo habría preguntado, sino fuera por los dos que se bajaron antes. Creo que muchas veces pensamos: si el otro pudo, yo también lo quiero. A veces esto nos lleva a pedir o exigir lo que nunca hubiéramos querido, simplemente para conseguir lo mismo que el otro. Es la típica pelea de hermanos: ¿por qué él puede y yo no? ¿por qué él lo tiene y yo no?
Y ¿qué hacer frente a esas exigencias? ¿Cómo responder a ellas sin ser ni injustos ni tercos? Las respuestas del chofer me parece que son un buen ejemplo. Una posibilidad hubiera sido no dejar bajar a nadie fuera del lugar permitido. Ley pareja para todos y listo. Es la opción que muchas veces tomamos en nuestra vida cotidiana. A las posibles discusiones de hermanos, los padres suelen optar por la uniformidad: si no hay para todos, que no haya para ninguno. Otra opción es no decirle a nadie que no. Las consecuencias son bien claras. Seremos los más simpáticos y nadie se quejará, pero posiblemente la cosa se vaya un poco de las manos. El colectivo tendría que parar cada veinte metros.
La opción más difícil es la intermedia, la que siguió el colectivero: poder hacer un favor a alguien, ver la necesidad especial de otro y poner límites al pedido sin demasiado fundamento. Es obvio que esta opción es difícil: de hecho al chofer se lo notaba molesto por los pedidos y a la última chica no le gustó nada que le dijera que no. Pero es el camino que parece más justo para todos, porque es el único que mira tanto las posibilidades del que da, como las necesidades del que recibe.
Cuando el libro de los Hechos nos narra las características de la comunidad primitiva, lo hace describiendo cómo sería una comunidad ideal. Y dice:
“Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno” (2,44-45)
. El dinero se comparte, lo que ya es un desafío. Pero además, no se distribuye a todos por igual, porque no todos tienen la misma necesidad. La uniformidad hubiera sido injusticia. Se mira la necesidad de cada uno, y según ese criterio se comparte. Eso exige una gran generosidad como para dar de lo propio, una honestidad muy grande como para reconocer cuál es la verdadera necesidad, y una entrega muy humilde como para no exigir lo mismo que el otro.
Las peleas y reclamos de hermanos celosos no son cuestiones sólo de los niños. Todo el tiempo se presentan situaciones en las que podemos optar por el capricho y el reclamo, o por la generosidad y la entrega. Vos, ¿pedirías bajar en la esquina?
P. Willy