Así se llama una canción de Ismael Serrano, un cantautor español. Es el pedido que le hace un niño o joven a su padre, para que le vuelva a contar “ese cuento tan bonito”. Pero el cuento pedido, es la historia de las ilusiones que tuvo su padre en la juventud: las esperanzas del mayo francés, lo sueños de revolución y cambio, la lucha contra el fascismo… Todo eso se ha convertido sólo en cuento bonito, porque “fue muy dura la derrota, todo lo que se soñaba, se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas”. Por eso la canción termina con la triste comprobación de que la historia parece repetirse: “ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam” (incluso la letra se va cambiando con el tiempo, y se habla de Bagdad, Siria o Irak).
Es triste pensar en tantas ilusiones rotas, en tantos sueños perdidos u olvidados. Luchas que se perdieron, ideales que cayeron en el olvido o se chocaron con la realidad. Cada uno de nosotros, tal vez, tiene un listado personal, social y eclesial, de búsquedas infructuosas y de deseos no cumplidos. Todo esto puede hacer pensar que no vale la pena soñar un mundo distinto. Se puede creer que eso es un “pecado de juventud”, pero que luego la vida nos enseña a ser realistas y a conformarnos con lo que tenemos.
Es verdad que un sueño despegado de la realidad puede ser peligroso o inútil. Incluso puede transformarse en una excusa para no comprometerse con el hoy, porque el soñador se refugia en su castillo de ilusiones. Pero, ¡pobres de nosotros si dejamos de soñar, de desear, de imaginar otros mundos posibles! Es que los ideales son necesarios, entre otras cosas, para dos fines: para cuestionar la realidad y para orientar el camino.
Aquel que imagina otro mundo expresa su disconformidad con el estado de las cosas, cuestiona el orden actual y asegura que otro modo y otro mundo son posibles. La utopía siempre fue un modo de protestar contra un orden que se considera injusto o antifraterno. Dejar de soñar es dejar de incomodarse con lo que no está bien, es resignarse a que nada se puede cambiar, es dejar de mirar que hay cosas que no van por el buen camino.
Y por el otro lado, el ideal marca un rumbo, traza un camino y una meta. Hacia allá queremos caminar, ese es el horizonte que nos guía y nos alienta. Como tan bien lo dijo F. Birri:
“La utopía está en el horizonte. Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
En este tiempo, junto con toda la Diócesis de San Isidro, vamos preparando una asamblea que tendremos en agosto. En este camino se nos invita a las comunidades a soñar con la iglesia que deseamos. A veces, apurados por la urgencia y la necesidad, no nos damos tiempo de dejar volar la imaginación. Por eso, se nos pide que nos animemos a dar curso a nuestros sueños y deseos. Lo hacemos inspirados por Jesús, que fue el primero que se animó a transmitir ese gran sueño de Dios que es el Reino de la paz, de la justicia y del amor. Los invito a que aceptemos este reto y también nosotros volvamos a dejarnos seducir por esos sueños que animan nuestro caminar.
P. Willy