Historia de la cucha que fue mesa

Por
lourdes
Miercoles, 04/04/2018
Cuando mi hermano y mi cuñada tuvieron su primer departamento, lo fueron amueblando como lo hace la mayoría: algo que pudieron comprar, algunas cosas que les regalaron para el casamiento, y muchas otras que fueron consiguiendo, porque alguien se las prestaba o se las daba porque ya no les servían. Consiguieron una mesa, no muy grande, pero suficiente para una pareja de recién casados. Con los años, los hijos fueron llegando, se pudieron mudar a una casa más espaciosa, y fue necesario conseguir una mesa más grande. A la antigua mesa, le cortaron las patas, y la transformaron en una linda mesa ratona para ubicar entre los sillones. Los años siguieron pasando, necesitaron más espacio, y volvieron a reubicar la antigua mesa: ahora la cortaron en diagonal para usarla como esquinero. A veces bromeábamos diciendo que si le seguían sacando partes, iba a terminar siendo una bandeja… no terminó como bandeja, pero con la llegada del perro, las maderas de la antigua mesa sirvieron para armar una cucha. Pobre mesa, no sé si alguna vez cuando reinaba en el living, se hubiera imaginado tener ese destino…
En nuestra vida, las cosas están en continua transformación: el arroz de hoy se convierte en croqueta de mañana, el viejo jean gastado se hizo bermuda para el calor, el antiguo cuarto de un hijo se volvió espacio de juguetes para los nietos…como bien lo dice el dicho: nada se pierde, todo se transforma.
¿Y las personas? ¿También nos transformamos? Es obvio que hay cambios físicos. Basta con revisar fotos viejas para sorprendernos recordando cómo éramos o cómo lucían los demás. Pero hay cambios más profundos. En algún programa televisivo usan la dinámica de poner al entrevistado ante una foto suya vieja y preguntarle qué le diría ese niño que fue, y viceversa, qué le diría el adulto de hoy a esa foto del recuerdo. Es un ejercicio interesante. Alguien me comentaba en estos días que viendo una foto suya antigua, se había quedado pensando donde estaba esa persona que veía ahí. Tantas cosas habían pasado, tantos sueños cumplidos, tantos tropiezos sufridos… casi se experimentaba otra persona.
Como cristianos estamos celebrando el tiempo de Pascua. Esta gran fiesta de la resurrección de Jesús nos anima en la esperanza de nuestra feliz transformación. Así como Jesús pasó de la muerte a la vida, también nosotros estamos llamados a realizar ese paso hacia la vida en plenitud. Que nuestra vida sea cambio y movimiento, eso es algo dado y no lo podemos negar. Pero que ese cambio sea para algo mejor, que ese movimiento nos lleve a una vida cada vez más plena, ese es el desafío que nos recuerda la Pascua de Jesús.
La muerte provoca en el cuerpo del difunto frialdad y rigidez. Si la Pascua nos invita a pasar de la muerte a la vida, un paso importante será superar nuestras frialdades y nuestras rigideces. Podemos animarnos a tener gestos más cálidos, a ser más cariñosos y cercanos. Podemos intentar superar las durezas de nuestra mente cerrada, de nuestra incapacidad para aceptar lo nuevo, la rigidez de nuestros esquemas que condenan y acusan. Cada vez que damos algún paso de transformación hacia el calor del amor y hacia la docilidad a los caminos vitales, cada vez que lo hacemos, estamos dando un paso de Pascua!
Que el Espíritu que renovó la vida de Jesús, nos ayuda a renovar la nuestra.
P. Willy

Por
lourdes