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Viernes, 15/09/2017

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PROGRAMA DEL ENCUENTRO

EL CREDO COMENTADO (PDF)
SANTO TOMÁS DE AQUINO
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Este Credo es el Símbolo de los Apóstoles y su explicitación, o sea, el Símbolo de Nicea-Constantinopla que compusieron los Padres de la Iglesia en lucha contra las herejías de aquellos tiempos tan aciagos como los actuales, y quizá aún más que los actuales en materia de doctrina, pues con el apoyo del poder imperial pudo el arrianismo arrastrar formalmente a la mayoría de los obispos.

Es tal la campaña de la herejía progresista contra Santo Tomás de Aquino y a favor de su antípoda, el hereje Pierre Teilhard de Chardin, que conviene recordar porque ha sido y seguirá siendo el aquinatense el príncipe de los doctores de la Iglesia.

A los pocos años de muerto Santo Tomás, Roma defiende su doctrina contra el Obispo de París, Esteban Tempier, y la Orden Dominicana hace enmudecer a Roberto Kilwardby, dominico, Arzobispo de Canterbury, que en Oxford había condenado algunas proposiciones del aquinatense.

Juan XXII canoniza a Santo Tomas el 18 de julio de 1323 y dice que su doctrina es tan perfecta ¨que no se concibe sin un milagro especial del cielo¨.

San Ignacio de Loyola adopta a Santo Tomás, en filosofía y en teología, ¨como a propio Doctor¨ para la Compañía de Jesús.

San Pío V le da a Santo Tomás de Aquino, en 1567, el título de Doctor Angélico. El principal doctor de consulta constante en el Concilio de Trento fue el mismo Santo Tomás.

En la Encíclica Aeterni Patris, del 4 de agosto de 1879, León XIII recomienda al aquinatense sobre toda ponderación y lo declara ¨auxilio y honor de la Iglesia¨. Y en 1880 lo nombra patrono universal de escuelas y
universidades católicas.

San Pío X, en su Motu proprio Sacrorum Antistitum, del I de septiembre de 1910, ordena ¨que se establezca la filosofía escolástica como fundamento de los estudios sagrados¨, refiriéndose ¨singularmente a la que dejó en herencia Santo Tomás de Aquino¨.

Benedicto XV en el Código de Derecho Canónico establece que ¨Los profesores han de exponer la filosofía racional y la teología e informar a los alumnos en estas disciplinas ateniéndose por completo al método, a la doctrina y a los principios del Doctor Angélico, y siguiéndolos con toda fidelidad¨. (Canon 1366, § 2).

Pío XI, en la encíclica Studiorum ducem, del 29 de junió de 1923, pide que los maestros de teología amen a Santo Tomás ¨intensamente¨ y ¨a sus alumnos les comuniquen el mismo ardiente amor y los hagan aptos para que ellos, a su vez, exciten en otros el mismo aprecio¨.

Pío XII confirma el 24 de ¡unió de 1939 las instrucciones de sus predecesores acerca de Santo Tomás y en su famosa encíclica Humani Generis, del 12 de agosto de 1950, dice que ¨la Iglesia exige que sus futuros sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filosóficas según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico¨ y que ¨su doctrina suena al unísono con la divina revelación y es eficacísima para asegurar los fundamentos de la fe y para recoger de modo útil y seguro los frutos del sano progreso¨.

Finalmente el calumniado Concilio Vaticano II —que no debe confundirse con lo que allí, dijeron los progresistas— ordena que ¨para ilustrar de la forma más completa posible los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en ellos y a descubrir su conexión, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás...¨. (Decreto Optatam totius, núm. 16).

Y el aún más calumniado Paulo VI, ampliando el pensamiento de León XIII, sentencia así: ¨Santo Tomás no es un hombre de la Edad Media ni de una nación particular: es el hombre de cada hora, siempre actual; trasciende el tiempo y el espacio, y no es menos válido para toda la humanidad de nuestra época¨ (Analecta Fratrum Predicatorum¨, Enero-Marzo, 1964, vol. XXXVI).

El lector atento gozará intensamente con la lectura de esta magistral y sencilla explicación del Credo, porque no hay nada que llene tanto nuestras ilimitadas ansias de saber y el abismo de nuestros deseos como la divina Revelación, contenida en los artículos de nuestra Fe. Y poseyendo una Fe ilustrada y viva, nuestra voluntad, robustecida y aun transformada por la Gracia, podrá salvarnos de los engañosos lazos que mundo, demonio y carne están multiplicando a nuestro paso como jamás lo habían logrado, pues no en balde se acercan los últimos tiempos.

Dios mismo permite esa prueba suprema y a la vez nos brinda todos sus auxilios. Y el primero de sus divinos auxilios es la verdadera Fe.

LA NECESIDAD DE PRESTAR ATENCIÓN AL CREDO
La liturgia de la Palabra prosigue, los domingos, con la homilía (o sermón) y luego de esta, recitamos el Credo de Nicea, que es la fe destilada en unas pocas líneas. Las palabras del Credo son precisas, con claridad y talla diamantinas. Comparado con oraciones como el Gloria, el Credo niceno aparece como desapasionado, pero las apariencias pueden ser engañosas, porque aquí proclamamos doctrinas por las que los cristianos del Imperio romano sufrieron prisión y muerte.

En el siglo IV, el Imperio casi estalla en una guerra civil por las doctrinas relativas a la divinidad de Jesús y a su igualdad con el Padre. Surgían nuevas herejías y se extendían por la Iglesia como un cáncer, amenazando la vida del cuerpo.

Correspondió a los grandes concilios de Nicea (año 325 d.C.) y Constantinopla (año 381 d.C.) en los que tomaron parte algunas de las mentes y almas más grandes de la historia de la Iglesia dar a la fe católica básica esta formulación definitiva, aunque la mayoría de las líneas del Credo habían sido de uso común por lo menos desde el siglo III.

Tras esos concilios, muchas Iglesias de Oriente establecieron que los fieles cantaran el Credo cada semana no sólo lo recitaran porque eran también buenas noticias, noticias que salvan vidas.

El Papa emérito Benedicto XVI, ha señalado la conexión entre Evangelio y Credo: «el dogma no es otra cosa, por definición, que interpretación de la Escritura [...] forjada en la fe de siglos» . El Credo es la «fe de nuestros padres», que «vive todavía».

Cuando recitamos el Credo los domingos, aceptamos públicamente como, verdad objetiva esta fe basada en las Escrituras. Entramos en el drama del dogma, por el cual estuvieron dispuestos a morir nuestros antepasados.

Nos unimos a estos antepasados, cuando recitamos la «oración de los fieles», nuestras peticiones. El Credo nos habilita para entrar en el ministerio intercesor de los santos. En este punto, la liturgia de la Palabra llega a su fin, y entramos en los misterios de la Eucaristía.

ESTUDIO PRELIMINAR
Según enseña santo Tomás de Aquino, tres conocimientos son necesarios al hombre para la salvación: el conocimiento de las verdades que deben creer, el conocimiento de los bienes que deben desear, y el conocimiento de las obras que deben hacer.

El primero de esos conocimientos se compendia en el Credo (las verdades que se deben creer), el segundo en el Padrenuestro (los bienes que se deben desear), y el tercero en la Ley divina que se resume en los diez mandamientos (las obras que se deben hacer).

Lo que se ha de creer, lo que se ha de desear y lo que se ha de hacer: he aquí los tres conocimientos imprescindibles para todo cristiano, y que corresponden perfectamente a las tres virtudes teologales: La Fe (lo que se debe creer), la Esperanza (lo que se debe desear) y la Caridad (lo que se debe hacer). Este triple conocimiento constituye el núcleo de una verdadera catequesis católica.


ORIGEN Y FORMACIÓN DEL CREDO
Llámense “Credos” o “Símbolos” ciertas fórmulas en las que, como un compendio, están recogidas las verdades sustanciales de nuestra fe. Ya el Antiguo Testamento conoció este género de profesión de fe. Puede leerse, a modo de ejemplo, Deuteronomio 26, 1-10: allí se ve a un fiel del Señor proclamando delante de un sacerdote las gestas de Dios a favor de su pueblo.

La palabra griega “symbolon” significa distintivo, marca, contraseña. Los que profesan el Símbolo se distinguen de los que no lo admiten. En la antigua Iglesia era como el “signo de reconocimiento”, el pasaporte gracias al cual un cristiano en viaje probaba su identidad ante una comunidad extranjera. El conjunto de las verdades contenidas en nuestro Credo constituye, pues, el “símbolo” o “distintivo” por el cual se diferencia a los que militan bajo el estandarte de Cristo, de los desertores, intrusos y falsos cristianos que adulteran la doctrina.

La elaboración de un Credo que sintetizara nuestra fe católica fue una necesidad que se experimentó desde los comienzos de la Iglesia. Su origen se remonta a la época apostólica, no en el sentido de que cada uno de los doce Apóstoles pronunciara uno de los doce artículos de nuestro Credo, como ingenuamente se creyó durante algún tiempo, sino en cuanto que son ellos, los depositarios de la Revelación, quienes están en la raíz de estos enunciados. Se advierte un germen de Credo en 1 Corintios 15, 3 ss.

La fórmula más antigua del Credo parece haber sido la siguiente:

“Creo en Dios Padre omnipotente; y en Jesucristo, nuestro Salvador; y en el Espíritu Santo Paráclito, en la Santa Iglesia, y en la remisión de los pecados”.

A partir de este antiquísimo Símbolo romano se fueron desarrollando las diversas formas del Credo que conoció el mundo cristiano. Entre otras se destaca una fórmula del siglo III, ya más desarrollada, que transmite Hipólito, sacerdote de Roma, al describir los ritos con que en su tiempo se administraba el bautismo.

Después de haber renunciado solemnemente a satanás, el catecúmeno se entregaba a Cristo pronunciando su confesión de fe mientras recibía el sacramento:

“Descienda el agua y el que lo bautiza impóngale la mano sobre la cabeza diciendo: «¿Crees en Dios Padre Todopoderoso?» Y el que se bautiza responda: «Creo». Bautícelo entonces una vez mientras pone la mano sobre su cabeza. Luego diga: «¿Crees en Cristo Jesús, Hijo de Dios, que nació por obra del Espíritu Santo de la Virgen María, fue crucificado bajo Poncio Pilatos, murió y fue sepultado, resucitó al tercer día entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos?» Y cuando haya dicho: «Creo», será de nuevo bautizado. Una vez más dígale: «¿Crees en el Espíritu Santo, la santa Iglesia y la resurrección de la carne?» El que es bautizado diga: «Creo». Y así bautícelo por tercera vez.”

Como se ve, todas las fórmulas, aún las más antiguas, eran trinitarias porque expresaban la fe en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo, con una notable acentuación en la parte cristológica.

Estas venerables fórmulas cristalizaron en lo que hoy vulgarmente llamamos el “Credo”, técnicamente denominado Credo apostólico o “Símbolo de los Apóstoles” cuyo contenido incluye tres partes: en la primera, más breve, se trata de Dios Padre creador; en la segunda, más desarrollada, se habla de Dios Hijo, salvador; y en la tercera se trata del Espíritu divino, santificador.

El “Credo Apostólico” se divide en doce artículos. La palabra “articulo” es una expresión tomada del vocabulario anatómico y significa la juntura o el lugar donde ensamblan dos huesos de un cuerpo. Los Padres de la Iglesia, llevando adelante la semejanza, han llamado “artículos” a las verdades principales del cuerpo doctrinal de la Iglesia en las que se articula nuestra fe católica.

Contra estas verdades de nuestra fe; surgieron una multitud de herejías. Pero éstas en general no tocaron sino la parte cristológica (artículos 2 a 7).
La principal de ellas fue el arrianismo, que resucitó las viejas falacias de los anteriores herejes (monarquianos, ebionitas, sabelianos, etc...), sosteniendo que el Hijo no procede del Padre sino de la nada y por lo tanto no es de la misma substancia (naturaleza) que el Padre; es una verdadera creatura, aunque la más perfecta, pues todas las demás han sido hechas por él; ni es eterno como el Padre, aunque fue hecho antes de todos los tiempos; por consiguiente no es verdadero Dios y sólo impropiamente puede ser llamado Hijo de Dios.

Esta herejía se propagó por todo el orbe cristiano, a punto tal que para enfrentarla la Iglesia debió reunir, en el año 325, su Primer Concilio Ecuménico en la ciudad de Nicea, donde la verdadera doctrina quedó definida con estas palabras:

“Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma substancia (naturaleza) que el Padre, por quien todo fue hecho”.

Sin embargo, nuevas herejías surgieron en el seno de la Iglesia. Una de ellas, el macedonianismo, sostenía, entre otros errores, que el Espíritu Santo había sido creado por medio del Hijo; inferior al Padre y al Hijo, servidor de ambos, pura creatura, semejante a los ángeles. La Iglesia se vio obligada a convocar, en el año 381, su Segundo Concilio Ecuménico, el Concilio 1 de Constantinopla, el cual estableció la doctrina católica contra estos nuevos herejes, agregando al Símbolo de Nicea las siguientes palabras:

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo; que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”.

El Credo que elaboró el primer Concilio de Nicea quedó así completado en el primer Concilio de Constantinopla, y desde entonces tomó el nombre de “Símbolo Niceno-Constantinopolitano”.

CONCLUCIÓN
La presentación de este trabajo es en gran manera oportuna. Vivimos en una época de profundo desconcierto espiritual, de aguda y prolongada crisis en todos los niveles pero especialmente en el nivel más profundo, el de la fe. Nada es más apremiante que volver a los fundamentos de nuestra fe y exponer su contenido. Y esta es la riqueza que nos brinda el Credo ante la proliferación de tantas nuevas herejías sectarias.

Lamentablemente, el hombre moderno sólo encuentra tiempo para leer el diario (que es como la Biblia de nuestro siglo), escuchar la radio, ver la televisión o pasar horas y horas navegando por internet. En cambio, llamativamente, no encuentra tiempo para penetrar en las únicas verdades de necesidad ineludible como son las relacionadas con la salvación eterna. Incluso entre los católicos de cierta cultura pocos son los que se preocupan por la profundización de su fe. Hoy es esto menos excusable que nunca, justamente por los medios que disponemos para llegar rápida y económicamente a contenidos de gran valor. Imagínense lo difícil que era para una persona del siglo XIX el estudio de un tema con diversidad de biografías, y cuanto más para aquellas personas de la época medieval y pretéritas donde el estudio era para nobles, personas que podían solventar los gastos del estudio por sus medios económicos.

Ejemplo es nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán, hijo de nobles de Castilla, de raíces profundamente católicas, que decidió dejarlo todo al servicio de Dios. El, en su etapa de formación para la clerecía en la que pronto seria la prospera universidad de Palencia, cuna de la cultura en el reino de Castilla, ayándose entregado a la oración y al estudio de letras, dialéctica, teología, sagrada escritura, etc… se encuentra cara a cara con la realidad de un pueblo sufriente al desatarse en aquella región una gran hambruna. El adolescente Domingo al ver al hombre sumergido en tales miserias a causa del hambre, movido por el espíritu divino, y siguiendo las enseñanzas de nuestro Salvador Jesucristo: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis”. (Mt 25, 40) decide vender sus valiosos libros anotados de su propia mano, al tiempo que decía: “No puedo estudiar en pieles muertas (los pergaminos) mientras las vivas (las personas) se mueren de hambre”. Vivía el Evangelio de la caridad, la parte de él que mejor conocía: “Porque tuve hambre y me diste de comer” (Mateo 25, 35).

El decide despojarse de todos sus libros y ajuar estudiantil para dar limosna a los pobres. Moviendo así, con su ejemplo, a la compasión a sus compañeros y maestros que admirados ante este gran gesto de desprendimiento deciden dar limosna en ayuda de los pobres.

Estos libros ya habían hecho mella en el corazón de Domingo, sabiéndose de memoria entre otros el salterio, el Evangelio de san Mateo y las cartas Paulinas que siempre llevaba consigo y meditaba día y noche. Su corazón estaba inflamado por la Caridad, con un ardiente celo apostólico por la salvación de las almas. En oración y estudio vislumbra lo que Dios tenía preparado para él y para todos nosotros hijos de Dios por el Bautismo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Mt. 4, 4) Este es el alimento sustancial, primordial, que da la vida eterna al hombre, la palabra de Dios, fuente de agua que apaga toda sed del alma.

Y es esta palabra, la buena noticia, a la que como todo bautizado estamos llamados a predicar, pero para saber hablar de Dios a los hombres debemos antes sumergirnos en la contemplación de los misterios divinos, en el estudio hecho oración de las verdades divinas, alimentando nuestro intelecto con ellas, para poder así dar luces a la razón del hombre que busca a Dios en este valle de lagrimas. Porque como enseñaba santo Tomas de Aquino: “Mucho mejor que brillar, es iluminar”, nuestra tarea como catequistas, predicadores de la verdad, es esta: “Contemplar y dar a los demás lo contemplado”.

Fray Ricardo Drivet Kellenberger O.P.
frayricardoop@gmail.com


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