Los rosales hay que podarlos en los meses sin “r”, dice la sabiduría popular. Aunque este agosto, cuando los podaba, ya veía que estaban empezando a florecer. Es que la primavera ya se anuncia, en el calorcito, en los brotes de las plantas, en los días que se alargan… Por eso me acordaba de esta canción que dice: “hay que sacarlo todo afuera, como la primavera”. Es una invitación a hablar, a decir, a contar, para evitar que el alma llore cuando esté sola, para no dejar que adentro algo se muera.
Mientras miraba los signos de la estación que se avecina, me puse a pensar qué es lo que la primavera saca afuera y cómo lo hace. Porque es claro que la primavera es un estallar hacia afuera de la naturaleza, que irrumpe con nueva vida. Pero lo más interesante es que lo que la tierra recibe en el invierno, tal vez no parece lo más “amable” para ella: recibe fríos, lluvias, vientos, heladas, hojas que se caen. Pareciera que la tierra es agredida por las inclemencias. Sin embargo, todas estas cosas, la tierra las transforma y las devuelve en flores, aromas, colores y en vida que se renueva. Por eso lo que la primavera saca afuera, es la crudeza del invierno, pero transformada, cambiada y mejorada.
Si escuchamos la invitación del poeta, de hacer como la primavera, somos desafiados a devolver lo que recibimos pero transformado en algo bello y lleno de vida. A veces, en lugar de ser como la primavera, somos como la heladera que devuelve exactamente lo que alguien puso en ella. La virtud de la heladera es que conserva, que mantiene fresco los productos. Pero sabemos que es inútil pensar que en ella algo se va a transformar: si pongo unos huevos y unas papas, no voy a encontrar una tortilla… simplemente voy a sacar lo mismo que puse. A lo sumo, lo que puede pasar, es que algo se eche a perder…
Al pensar que funcionamos como heladera y no como primavera, quiero decir que devolvemos exactamente lo que hemos recibido: si nos maltratan, también maltratamos, si nos agreden, también agredimos, si nos demuestran cariño, lo mismo demostramos. No hay cambio ni transformación. Y a veces conservamos las heridas durante largo tiempo en el frío del rencor…. Por eso el desafío es hacer como la primavera, poder devolver en gestos de vida, de servicio y de generosidad, incluso cuando hayamos recibido ofensas o indiferencias. En definitiva es la invitación de Jesús, pasar de la ley del Talión que exigía ojo por ojo y diente por diente, a ser hijos del Padre bueno que hace salir el sol sobre buenos y malos:
“Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.” (Mt 5, 46-48)
Tal vez uno de los secretos de la primavera es que no saca todo apenas lo recibe, sino que se toma el tiempo necesario para procesarlo, asimilarlo y recién después, empezar a mostrarlo. Las hojas secas y muertas, las lluvias y heladas, son recibidas por una tierra que parece dormida. Recién después de haberlos recibido y conservado, esos mismos elementos son los que abonan los nuevos brotes que irrumpen con el calor. Si apenas somos agredidos buscamos responder, si en el momento de ser dejados de lado queremos contestar, tal vez devolvamos con la misma moneda y contribuyamos a una cadena de palabras hirientes. Pero si nos damos la posibilidad de hacer silencio, de saber esperar, de dejar que las cosas se enfríen, entonces tal vez podamos devolver brotes de vida y palabras constructivas.
La primavera se acerca. Dejémonos educar y desafiar por ella. Cada vez que veamos una planta que florece, pensemos cuantas agresiones de invierno, procesadas y transformadas, son las que lograron eso que ahora disfrutamos.
P. Willy