Nuestro lenguaje, nuestro modo de hablar, a veces dice más de lo que creemos. Si revisamos las frases que usamos, vamos a descubrir que ellas expresan modos de pensar y de actuar, que muchas veces permanecen ocultos a nuestra mirada. Quisiera detenerme en este estilo de frases que utilizamos con frecuencia: “Esta persona me pone nervioso”, “Es que vos me sacás de mis casillas”, “Ya hiciste que me enoje”, “Fulanito me altera”. Antes de seguir leyendo, te invito a que pienses en situaciones en las que has dicho o pensado algo así. ¿Qué es lo que quisiste decir? ¿Qué pasaría si hubieras dicho “yo me puse nervioso, me enojé o me saqué”? ¿Cuál es la diferencia?
Cuando decimos que alguien nos saca o nos pone nervioso, consciente o inconscientemente, estamos haciendo responsable al otro de lo que nos pasa a nosotros. Yo no soy quien “me saco” o “me pongo nervioso”, sino que el otro es el que provoca esto en mí. El problema con esta manera de mirar las cosas es doble: por un lado, no nos hacemos cargo de lo que nos pasa, y por otro, nos quedamos sin poder para cambiar la situación (si el otro es el responsable, el otro es el que tendrá que cambiar, no yo….).
Bien lo dice John Powell en un libro llamado El secreto para seguir amando:
“Lo cierto es que nadie más que yo puede causar o ser responsable de mis emociones. A lo sumo los demás pueden estimular las emociones que ya estaban en mí esperando ser activadas. La diferencia entre causar y estimular no es un simple juego de palabras…”
Si creemos que los demás son responsables de nuestros enojos, nervios o reacciones, cuando nos sintamos así, sólo nos limitaremos a culpar al otro por lo que nos pasa y no aprenderemos nada de toda esta situación. Si por el contrario, asumo con humildad que yo soy el único responsable de lo que siento, entonces podré preguntarme: ¿por qué me estoy poniendo nervioso? ¿qué es lo que me provoca este malestar? Había algo en mí que esa persona o esa situación sacaron a la luz, ¿qué era ese algo? Si recorremos este camino, tal vez podamos conocernos un poco más, podamos descubrir algunas inseguridades o temores que estaban guardados en nuestro interior y, sobre todo, podamos empezar el verdadero cambio, que siempre empieza por uno mismo.
Sabemos que las emociones no son ni buenas ni malas, simplemente nacieron en nosotros. Ellas nos señalan que hay algo que aprender, descubrir u orientar. El camino nunca es acallarlas o reprimirlas, sino escucharlas para que nos revelen su verdad. Cuando nos hacemos cargo de lo que sentimos, cuando nos responsabilizamos de nuestras emociones, vamos logrando el camino de la sabiduría que lleva a la misericordia.
Hace unos fines de semana, leímos en las misas un hermoso pasaje del libro de la Sabiduría. El autor alaba a Dios que siendo fuerte y poderoso, es también paciente y misericordioso, y por eso dice:
“como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia” (Sab 12,18).
Me gusta mucho esta relación entre fuerza y serenidad, entre poder e indulgencia. Justamente porque Dios es fuerte es que puede ser paciente con todos. El poder y la fuerza no se muestran con acciones grandilocuentes, ni siquiera con grandes gestos, sino con la capacidad de saber perdonar. Este modo de ser de Dios es una gran invitación para nosotros, por eso el texto prosigue: “al obrar así… nos instruyes a fin de que, al juzgar a los otros, recordemos tu bondad y, al ser juzgados, contemos con tu misericordia”.
p. Willy