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...y porque no hay nadie más
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Viernes, 30/06/2017
...y porque no hay nadie más
En una reunión de voluntarios, un hombre nos contó lo que le había pasado hacía un par de días. Era un domingo a la tarde, estaba solo en su casa porque su familia había salido. Tocan el timbre. Era su vecina, una adolescente con cara de preocupada, que le pedía ayuda porque su madre se había cortado la mano con una cuchilla. Unos pasos más atrás venía la señora, con la mano envuelta en una toalla que ya se empezaba a manchar de sangre. Sin mucho dudarlo, el hombre las subió en su auto y las llevó a la guardia médica. Como era algo bastante urgente, las atendieron rápido. Él las hizo pasar y se sentó a esperar. Después de un rato lo mandan llamar. La hija se había impresionado con la sangre y le había bajado la presión, así que pedían su ayuda. Repartiéndose un poco entre las dos, trató de acompañar lo mejor posible. Pero el médico le pidió algo más, que lo ayudara sosteniendo el brazo de la señora mientras la cocía. Cuando la curación avanzaba, la señora lo miró y le preguntó si no le impresionaba. Y ahí él pensó un poco y le dijo: “si te soy sincero, la situación mucho no me gusta… pero miro alrededor y no hay nadie más que lo pueda hacer, así que me trago la impresión y le doy para adelante!”.
Cuando nos contaba su experiencia nos decía que este episodio lo había hecho pensar en el voluntariado: a veces estás con ganas y a veces no tantas, pero cuando te das cuenta que si nos sos vos, no hay nadie más, ahí las fuerzas te surgen desde lo más hondo del corazón.
Me quedé pensando mucho en esta historia y en esta imagen de que no hay nadie más alrededor. Y creo que se aplica no sólo al voluntariado o a la atención de los más vulnerables socialmente. También es la experiencia que muchas veces vivimos en el seno de nuestras familias, de nuestros grupos de amigos o en la pequeña comunidad. A veces nos toca hacer cosas, que incluso nos pueden resultar desagradables o incómodas, y las hacemos simplemente por el hecho de que no hay nadie más que las haga. Tal vez no hay nadie más que pueda ocuparse de esa persona, no hay nadie que le pueda prestar el oído, no hay nadie que se acuerde de llamarla, no hay nadie que la visite… y nos tocó. Y no se trata de ser los salvadores de la humanidad, de creer que podemos todo o de hacer más allá de nuestras fuerzas. Se trata sólo de asumir la parte de la historia que nos toca, el lugar que tenemos y el servicio que podemos dar. Seguramente parte de la tarea será sumar a otros, conseguir compañía y ayuda, para que no vuelva a pasar que no haya nadie más. Pero mientras tanto, habrá que enfrentar la situación.
La otra opción es desentendernos del problema, decir que “nos hace mal”, que el otro es “tóxico” y por eso no podemos ocuparnos, poner excusas y darnos vuelta. Es bueno que nos cuidemos a nosotros mismos, que descubramos nuestras propias limitaciones y posibilidades. Pero, ¿no habrá un modo de cuidarnos a nosotros mismos sin descuidar al otro? ¿No se podrá combinar la conciencia de mis limitaciones con el asumir la responsabilidad que me tocó en la vida? ¿Qué pasa si todos nos excusamos? ¿Qué sucede si a todos “nos hace mal”?
Hay servicios y entregas que nosotros elegimos: optamos por ayudar en un comedor, contribuir con algún necesitado o apoyar alguna obra de bien. Pero también hay servicios que la vida nos “impone”, nos lo deja en la puerta de nuestra vida y nos pregunta qué vamos a hacer con eso. Miremos alrededor y si no vemos a nadie, es una señal de que estamos llamados a asumir nuestro lugar. Confiemos en que el Espíritu nos dará las fuerzas necesarias en la tarea. Algún día seremos nosotros los que estemos parados pidiendo la atención… ojalá que los demás no se desentiendan…
P Willy


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