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Tomates verdes
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Viernes, 02/06/2017
Tomates verdes
En mi casa tengo un patio que no abunda en tierra y sol, pero igualmente me alcanza para despuntar el vicio de jardinero. En octubre o noviembre del año pasado, alguien me regaló unos plantines de tomates. Yo ya tenía alguna planta que había salido sola, fruto de semillas que quedaron del año anterior. Así que los uní con estas nuevas, las planté buscando el mejor lugar de sol y esperé… Las plantas fueron creciendo, alguna se apestó pronto y tuve que sacarla, otras empezaron a dar algunos frutos. En enero y febrero pude comer algunos tomatitos. Ni muchos ni muy grandes, es verdad, pero el cortarlo de la planta y comerlo es un placer que compensa toda falencia. Pero hubo una planta que vino atrasada desde el comienzo: creció más despacio, empezó a largar los frutos tarde y, sobre todo, parecía que nunca iban a madurar. Con el cambio del tiempo, los primeros frescos y el sol menos más tibio, el resto de las plantas se murieron y esta empezó a perder hojas. Sin embargo, los tomates resistían. Tuve la tentación de arrancarla, parecía que nunca iban a llegar a nada. Sin embargo, cuando miraba esos tomates redonditos y verdes, le seguía dando un tiempo más. Y finalmente, ya en mayo, con el frío que se asoma, llegó el momento de cosechar mis tomates, los más grandes de la temporada y les aseguro que con un sabor intenso y agradable… como ya no se consiguen!
El contemplar una planta casi seca, pero ofreciendo sus mejores frutos, me hizo pensar mucho. En tantas ocasiones la vida es así: las mejores cosechas a veces se obtienen luego de largo tiempo de espera y cuando ya parece que nada va a cambiar. Si uno se deja guiar por las apariencias, por la ansiedad o el deseo de eficiencia, tal vez no pueda dar el tiempo necesario para que las cosas maduren, para que lleguen a su momento apropiado y para que puedan ofrecer lo mejor que tienen guardado.
Quizás es un persona que nos tiene un poco cansado, con la que volvemos a tropezar en la misma piedra y el mismo desencuentro. Quizás es una situación familiar o laboral que sentimos repetida, que parece que da vueltas siempre en lo mismo sin señales de cambio o crecimiento. Tal vez somos nosotros mismos, que nos vemos estancados y sin poder cambiar aquello que nos molesta o sin lograr la salida de esto que nos preocupa. Cuando parezca que no vale ya la pena, habrá que estar atentos, porque tal vez es el momento en que el verde de la inmadurez se empieza a transformar en el rojo de la vida.
Como muchos se imaginarán, me acordé de la parábola de la higuera que no da fruto. Jesús contó esta historia en la que el dueño quiere arrancar este árbol estéril porque hace varios años que no le da ningún fruto. Pero el cuidador de la huerta le propone que espere un año más, que él va a remover la tierra y la va a abonar, y que si al año siguiente tampoco da higos, entonces la cortará (pueden leer la parábola en Lc 13,6-9). La historia es una gran invitación a la paciencia y a dar nuevas oportunidades. Aunque a la vez es una advertencia que recuerda que también hay un tiempo para cortar, para tomar medidas drásticas y aceptar que seguir esperando no tiene sentido. Sólo la cercanía y el cariño del cuidador de la higuera dan la sabiduría para distinguir los momentos.
Mis tomates me recordaron esta lección. Por eso es que me gusta el contacto con la tierra, porque ella guarda saberes ancestrales y está siempre dispuesta a compartir su sabiduría con todo el que se acerca con respeto y atención. Por eso los invita a recorrer este otoño con mirada despierta y con corazón abierto. El misterio de los árboles que se despojan para renacer, tiene mucho para decirnos… y el próximo verano, no se pierden la experiencia de comer algo cosechado en su patio o jardín!
P Willy


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