De monstruos, caballeros y princesas

Por
lourdes
Martes, 09/05/2017
En los cuentos infantiles, los monstruos, los ogros y los dragones viven en el pantano, en lugares sucios y peligrosos. Son grandotes, feos y malos. Ellos acechan la vida de los buenos, especialmente de la princesa, y por eso los caballeros, seres nobles y bellos, buscan al monstruo para darle muerte. Los roles son claros y distintos, los bandos están claramente delimitados y uno rápidamente sabe quiénes son los buenos y quiénes los malos.
A veces creo que en nuestra sociedad leemos la realidad con la clave de los cuentos infantiles. Cuando sucede algún episodio de esos que conmueven a la opinión pública, un asesinato, un secuestro, un abuso o un robo violento, rápidamente la sociedad de caballeros sale en busca del monstruo para darle muerte. Cuando se encuentra al supuesto culpable, claramente todos vemos en él a un ser peligroso y distinto de nosotros. Alguien con conductas repudiables que nosotros nunca tendríamos. Por eso hay que deshacerse del monstruo, quitarlo de nuestra sociedad, para que el cuento termine bien y podamos vivir en paz.
Pero…¿esa es toda la historia? ¿es acaso toda la realidad? Al ver al otro como monstruo, nos evitamos preguntarnos cuál es su historia, dónde se gestó su monstruosidad y, sobre todo, si sus actos no tienen nada que ver con nosotros. Si nos detenemos a leer la historia de otra manera, tal vez descubramos una historia de violencias mucho más complejas, en la que todos nos vemos implicados y en la que todos somos protagonistas. Es lo mismo que sucede en los conflictos familiares o entre personas: si creemos que sólo el otro tiene la culpa, qué él o ella fueron los que hicieron todo mal, que yo no tengo nada que ver… posiblemente esté mirando la historia un poco parcialmente, y no me esté haciendo cargo de mi parte, de las situaciones que influyeron, de las omisiones, de las cosas no hechas a tiempo. Es verdad, quizás alguno fue el que traicionó, el que mintió o el que hizo algo malo, pero la historia es más compleja que esa foto final.
En estos días donde nos volvimos a conmover frente a los femicidios, una primera reacción es el pedido de aumento de penas, de cumplimientos efectivos y de aislamientos sociales. Por eso me pareció tan lúcida la advertencia de algunos colectivos de mujeres que, claramente comprometidas en la lucha contra toda violencia de género, nos recuerdan que no se trata de soluciones mágicas en torno al endurecimiento de la ley. Se trata de percibir que los casos extremos son la punta del iceberg de un mal que está en la sociedad. Si como comunidad no nos hacemos cargo de nuestras conductas machistas, el derecho penal siempre llegará tarde, cuando la mujer ya esté golpeada o muerta.
Aquel que ejerce una violencia delictiva, condenable y repudiable, es el que nos muestra en grado extremo la violencia que todos vamos creando en nuestra sociedad. Es verdad que lo ejerce en un grado distinto, y por eso es susceptible de un justo castigo. Pero también debemos hacernos cargo de esa trama de violencias que vamos tejiendo, de esos abusos de poder y de palabra que son el caldo de cultivo de nuevas formas de atropello al más inocente. Obviamente que no estoy diciendo que no haya distintos grados de responsabilidad, ni estoy abogando por una falta de castigos, pero sí estoy invitando a que nos preguntemos si el considerar al otro como un monstruo digno de repudio es la única solución… o si más bien es la solución más tranquilizadora para nosotros, porque no nos hace cuestionar ni nuestras prácticas ni nuestras responsabilidades.
Me pregunto que nos dirá Jesús frente a estas realidades. Cómo poder hacer carne en nuestra sociedad el mensaje de justicia y misericordia que nos dejó el Maestro de Nazareth. Si algo se desprende con claridad de sus gestos y de sus palabras, es que Él creía en una comunidad de hermanos, donde todos tenemos un lugar. Una comunidad que lejos de excluir a la oveja descarriada la sale a buscar. Que el Espíritu que estamos esperando nos ayude a formar una sociedad más justa y fraterna.
P Willy

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