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El amor es ciego...¿o no?
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Domingo, 02/04/2017
El amor es ciego...¿o no?
Desde hace algunos días me da vuelta en la cabeza esta frase. ¿Será cierto que el amor es ciego? ¿en qué sentido? Es obvio que el amor no depende de las apariencias físicas o de los rasgos más superficiales. También es lindo pensar que, como dice J Benavente, “al amor lo pintan ciego y con alas, ciego para no ver los obstáculos y con alas para volar”. Pero no deja de ser peligroso pensar que el que ama no puede ver bien, se vuelve menos lúcido o pierde la capacidad de ver la realidad… Lamentablemente a veces sucede: una madre o un padre que no pueden ver las dificultades de su hijo o hija, un esposo o esposa que no puede percibir la realidad de su pareja, un amigo o amiga que acepta todo de su amigo… y justamente porque los quieren, porque los valoran y los aprecian, pero no lo hacen con lucidez y con verdad.
El evangelio de Juan presenta toda la historia de la relación de Dios con los hombres bajo la imagen de la luz y las tinieblas. Dios es la luz que quiere iluminar a todo hombre, pero éste muchas veces elige vivir en la oscuridad, que es la mentira que lleva a la muerte. Este drama tuvo su punto más alto en la historia de Jesús: Él es la verdadera luz de la vida, y “la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la percibieron” (Juan 1,5). ¡Qué misterio tan grande que las tinieblas no perciban la luz!. Hay una cerrazón que no quiere ser iluminada. A veces encerrados en nuestro mundo, confundidos con lo que creemos que es el amor, rechazamos la luz de la verdad y de la vida.
¿Qué hace la luz? Por un lado no hace nada, pero por el otro lo hace todo. Digo que la luz no hace nada, porque ella no cambia por sí sola la realidad. Si estamos en una habitación a oscuras y de repente se enciende una luz, todas las cosas van a permanecer en el mismo lugar y la habitación va a estar igual que antes: si todo estaba desordenado, así seguirá, si no había nada a nuestro alrededor, la luz no lo va a hacer aparecer. Pero a la vez la luz lo hace todo, porque es la que me permite cualquier otro paso. En la misma habitación a oscuras, tal vez tengo muy cerca lo que necesito, pero no lo puedo tomar porque no lo veo, tal vez hay un peligro que evitar y no puedo hacerlo porque no lo percibo. La luz me permite ver las posibilidades y huir de los contratiempos.
Estamos muy cerca de celebrar la Semana Santa, momento en que haremos memorial de la muerte y resurrección de Jesús. Hacer “memorial” quiere decir que no simplemente recordamos, sino que lo actualizamos, lo hacemos presente en nuestra vida y en nuestra realidad. La Pasión sucede hoy. Por eso uno de los símbolos que usaremos será justamente el de la oscuridad y la luz. La celebración del sábado por la noche, la más importante de todas, empieza con el templo a oscuras: simbolizamos las tinieblas que nosotros hemos creado a nuestro alrededor, las cegueras en las que muchas veces elegimos vivir. En medio de esa oscuridad, no podemos percibir a quienes tenemos alrededor, no podemos valorar lo que somos y tenemos. La resurrección es encender una luz, que al comienzo será pequeña y frágil, pero que al compartirla se vuelve potente y fuerte. Celebrar la Pascua es elegir vivir en la luz.
Al terminar la Semana Santa nuestra realidad no cambiará mágicamente, posiblemente los problemas sean los mismos y los desafíos permanecerán. Pero confiamos en que nosotros no seremos los mismos. Habremos renovado nuestro deseo de ser iluminados, de elegir siempre el lado de la vida y la alegría. Tal vez, con la luz de la Pascua, podremos percibir una solución que estaba a la mano y no la podíamos ver. O tal vez descubramos una verdad que no queríamos decirnos y tengamos el valor de enfrentarla. Que Jesús nos regale vivir en su luz. ¡Feliz Pascua!
P.Willy


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