Hay visitas inesperadas, de esas que irrumpen con sorpresa, alegrándonos el corazón o llenándolo de preocupación. Hay visitas esperadas, deseadas y preparadas, de esas que se van gozando aún antes de que comiencen. Hay visitas inoportunas, de esas que llegan en el momento menos indicado. Hay visitas que parecen enviadas por Dios, porque se aparecen cuando más lo necesitábamos. Hay “visitas de médico”, de esas cortitas y sencillas que pasan sólo para decirnos algo. Hay visitas que se alargan, que se transforman en huéspedes por unos días. Hay visitas incómodas, en las que el aire parece cortarse con cuchillo y sólo se espera el momento de verlos salir por la puerta. Hay visitas que nos dan tanta alegría que no quisiéramos que se vayan nunca. Hay visitas “para algo”, porque se necesita resolver o planificar alguna cuestión, o transmitir algún mensaje o llevar alguna cosa. Hay visitas que no tienen más razón que la de encontrarse, charlar y compartir un rato juntos. Hay visitas formales, con presentaciones y comida preparada. Hay visitas que ya son como de la casa, que abren la heladera y se sirven lo que quieren. Hay visitas… Podríamos seguir enumerando clases distintas de visitas, pero hay algo común a todas ellas: siempre hay alguien que sale de su casa, de su lugar y comodidad, y hay otro que recibe, que abre la puerta y deja entrar.
Hace un tiempo, cuando pensábamos qué lema elegir para nuestra peregrinación a Santos Lugares y para las fiestas patronales de febrero próximo, surgió esta idea:
“Como María, salgamos a visitarnos y compartir la alegría del encuentro”. Queremos que, personal y comunitariamente, podamos reflexionar y crecer en esas actitudes que nos hacen más parecidos a María.
El evangelio de Lucas nos cuenta que luego de la anunciación del ángel, María partió y fue sin demora a lo de su parienta Isabel. El trayecto entre ambas casas es largo, más de 100 kilómetros. El evangelio no nos dice las razones de esta visita, pero las podemos imaginar. Ambas mujeres estaban transitando su primer embarazo y ambas en circunstancias poco comunes e ideales: una por anciana y la otra por soltera. Pero ambas tenían la certeza de que ese embarazo era regalo y proyecto del buen Dios. Por eso, ni bien María llega a la casa, las dos estallan en cantos de alegría y alabanza. La visita es la oportunidad para alegrarse juntas por lo que Dios iba haciendo en el camino de cada una de ellas.
Nosotros también queremos vivir así. En primer lugar, queremos tener la disponibilidad de salir de nuestro lugar seguro, salir de nuestra comodidad y de nuestra rutina. Queremos quebrar ese aislamiento que a veces nos encierra. Sabemos que instalados siempre en lo mismo no le hacemos lugar a la novedad que viene de Dios. Por eso deseamos salir al encuentro, vencer ese temor que nos impide salir en la búsqueda de los demás. Pero también queremos estar abiertos a recibir al que llega. Sabemos que en las visitas, a veces toca salir y a veces recibir. Y deseamos ofrecer nuestra casa para que todos se sientan en ella a gusto, como huéspedes esperados y honrados.
En “El principito”, el zorro le enseña al protagonista que la alegría de la visita, cuando es deseada y esperada, empieza aún antes de que llegue. Por eso le dice:
“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres comenzaré a ser feliz. Y cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro ya estaré inquieto y preocupado; ¡y así, cuando llegues, descubriré el precio de la felicidad!”
. Empecemos a prepararnos y a alegrarnos por las visitas que vendrán y por las que haremos…
P. Willy