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La aventura de un miope
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Martes, 05/07/2016
La aventura de un miope
Los buenos escritores tienen la capacidad de poner en palabras los sentimientos y experiencias comunes a muchas personas. Por eso, al leerlos, podemos decir: «esto mismo me pasó a mí» o «yo también me sentí así». Algo de eso experimenté al leer este cuento de I. Calvino. Allí se cuenta la historia de un hombre que descubre que es miope. Al usar sus primeros anteojos, se da cuenta que todo cambia cuando mira a través de ellos: las cosas se llenan de detalles, las líneas se vuelven más nítidas, se descubren las texturas y los bordes, los colores se vuelven más brillantes…
Otro famoso escritor, J. L. Borges, no sólo sufrió la miopía sino también la ceguera. Él decía que, en su vida, quedarse sin vista no había sido una gran tragedia, ya que fue un proceso lento que comenzó desde que era muy pequeño. Como era una enfermedad heredada, que también la habían sufrido su abuela y su padre, él conocía bien su destino y lo vivió con valentía. Incluso pudo descubrir que quedarse ciego le abría nuevas posibilidades como dedicarse al estudio de un idioma nuevo. En una conferencia en la que habla de su ceguera, comenta un verso que dice: «todo lo cercano se aleja». El poeta lo escribió pensando en el atardecer, donde las cosas se van volviendo invisibles. Pero él descubre que el verso también describe su ceguera creciente, aunque también es aplicable a la vida misma, ya que en la vejez, y más aún en la muerte, las cosas nos van dejando.
Estas lecturas me hicieron pensar que la miopía o la ceguera progresiva, también pueden ser una experiencia del corazón. ¿Qué será un corazón miope? Un corazón que no ve claro, que ha perdido la capacidad darse cuenta de lo que pasa alrededor, que mira sin ver, que no percibe los detalles y sutilezas de las que están llenas las relaciones. Es un corazón que se ha alejado de todo, no puede establecer vínculos estrechos y sólidos, sino que pasa por la vida con esa liviandad de quien no hecha raíces por miedo o cerrazón.
La experiencia de la miopía, distinta de la de la ceguera, es la experiencia de ver pero sin definir, la de mirar pero no poder reconocer. Por eso, muchas veces se puede seguir andando casi con normalidad. Uno se va acostumbrando a ver un poco menos y cree que así es siempre. Tal vez los de alrededor ni siquiera perciben la falencia y no se dan cuenta de la dificultad. Uno va creando estrategias para arreglárselas y se convence que no es mucho lo que se pierde. Así nos pasa con el corazón: nos vamos acostumbrando a relaciones superficiales y mediocres, a no establecer amistades verdaderas y nos convencemos que así se puede seguir viviendo. Podemos seguir con nuestra vida cotidiana, realizamos todas las cosas con eficacia y solvencia, pero todo lo hacemos con un dejo distancia, sin un compromiso verdadero, sin pasión.
Pero basta con que una vez nos probemos los anteojos para darnos cuenta que hay otra manera de mirar. Y basta con que una vez vivamos algo con intensidad para darnos cuenta que hay otra manera de vivir, de relacionarnos, de jugarnos en la vida. Recién ahí tomamos conciencia que estamos usando el corazón a «media máquina», que da para mucho más, que se puede vivir una felicidad mucha más completa que la que acostumbramos.
Volvamos a escuchar la invitación que nos hace San Pablo:
«Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien» (Rom 12,9).
No nos conformemos con menos. Si nuestro corazón se ha vuelto un poco miope, consigámonos los anteojos que nos permitan volver a vivir con intensidad.
p. Willy


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