Escrito en el cuerpo... y en el corazón

Por
lourdes
Martes, 31/05/2016
Esta cicatriz en la pierna se me hizo cuando era chico y me explotó un sifón que estaba guardando en la heladera. Esta marca en el pecho me quedó de una vez que me quemé con agua hirviendo… Cada uno de nosotros lleva en su cuerpo las señales de muchas historias: caídas, roturas, quemaduras, golpes, operaciones y tantas experiencias más que nos fueron dejando sus huellas. Nuestro mismo modo de caminar o de movernos lleva la carga de nuestra historia: los trabajos pesados e insalubres que dañan el cuerpo para siempre, el deporte que lo fortaleció, las durezas en manos o pies que hablan de nuestras costumbres y hábitos más frecuentes. Los cuerpos de las mujeres guardan la memoria de sus embarazos, partos y lactancias. Incluso los órganos internos van coleccionando la larga o corta historia de nuestras opciones. Lo saben bien los fumadores que llevan en sus pulmones la marca indeleble de su vicio. Es que nuestros cuerpos narran las historias de nuestra vida. No solo en los libros se leen cuentos, también en los cuerpos se puede leer la historia de lo que hemos vivido. Y no sólo en los cuerpos, sino también en los corazones se guarda la memoria de lo que nos han enseñado y de lo que hemos experimentado.
Estoy releyendo un libro que explica cómo nuestras reacciones y emociones vienen determinadas por nuestra propia visión o percepción de nosotros mismos, de los demás y de la vida. Es decir, cada uno de nosotros tiene una manera particular de mirar e interpretar la realidad, y esa visión es la que origina nuestras emociones y nuestra conducta. Por ejemplo, si pienso que todas las personas son malas y envidiosas, seguramente tenderé a encerrarme y a protegerme de los demás. Si creo que el mundo es un lugar triste y un valle de lágrimas, me refugiaré en algo que me dé un poco de paz, huyendo de esta realidad a través del alcohol o de una conducta fanática. Si, por el contrario, creo que la vida es una aventura hermosa y llena de oportunidades, seré una persona dinámica que buscará nuevas experiencias para crecer. Nuestras reacciones emocionales serán proporcionales a nuestra visión, sea esta cierta o no.
Este modo particular de vernos a nosotros mismos y a la realidad se va formando a lo largo de toda nuestra vida, pero los mensajes recibidos en la primera infancia ocupan un lugar privilegiado en esta formación. Por eso los padres y familiares tienen una tarea importantísima: la primera y fundamental visión del niño será la misma que la de ellos. Los niños se verán a sí mismos de un modo muy parecido a como los ven sus padres, aprenderán a temer las mismas cosas que ellos y a amar lo que ellos aman. A través de los mensajes explícitos e implícitos que reciben, los niños van armando el mapa de su vida. Así podrán recibir mensajes que los ayudarán a desarrollarse como personas felices: “siempre soy valioso, más allá de que me equivoque”, “la vida es linda”, “hay personas buenas en quien confiar”, etc. Pero también pueden recibir mensajes que les harán mucho daño: “me quieren sólo cuando me salen bien las cosas”, “no sirvo para nada”, “nunca lo voy a lograr”, “los demás siempre tratarán de perjudicarme”, etc.
Un interesante ejercicio es tratar de leer los mensajes que llevamos grabados en nuestro corazón, esos que influyen en la visión que tenemos de lo que somos y valemos, en el modo en que miramos a los demás, a la vida y al mismo Dios. ¿Cuáles son las frases que nos repetían cuando éramos niños? ¿Cómo siguen influyendo en nosotros?
En este mes que celebraremos el día del padre, recemos por todos ellos para que puedan vivir esta tarea hermosa y desafiante que es ayudar a crear visiones sanas de la vida.
P. Willy

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