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La casa de tío Manuel
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Domingo, 01/05/2016
La casa de tío Manuel
Así se llama una canción de T. Parodi. Son unos versos especialmente nostálgicos, porque evocan el tiempo de la infancia: el patio de juegos, el pan casero, los naranjos a los que se trepaban, los cuentos de la abuela. Todos estos recuerdos surgen al pensar en esta casa vieja. La canción comienza con un recitado que dice: “La casa sabe el secreto de nuestras voces pequeñas, allí dejamos las risas y las nostalgias primeras. La casa parece un cofre guardando tanta inocencia…”. Me gusta mucho la imagen de la casa como un cofre que guarda el tesoro de los tiempos compartidos. Seguramente cada uno de nosotros puede evocar otra casa-cofre que guarda sus recuerdos más queridos.
Es que las casas nos expresan de una manera particular. Puede ser más chica o más grande, mejor diseñada o hecha a los ponchazos. Puede estar toda arregladita o caerse a pedazos. Pero nuestras casas muestran mucho de lo que somos. No por sus paredes y techos, sino porque las vamos llenando de nuestras experiencias, vivencias e historias. Hay casas tan cerradas que nadie puede entrar ni salir, se vive el aislamiento del que levantó paredes que protegen, pero que a la vez encierran. Hay casas tan abiertas que no contienen a sus habitantes; no dan refugio seguro, son lugares de paso, pero no de permanencia. Hay casas frágiles, tan frágiles que parecen de cristal, donde todo se mantiene en pie, pero todo está en peligro de romperse; si se mueve algo, todo se cae abajo. Por el contrario hay casas de una solidez imbatible, que resisten las peores épocas y situaciones, manteniéndose en pie a pesar de todo. Hay casas que son castillos en el aire, se vive de sueños e irrealidades, se engaña con su supuesta vida ideal. Pero también hay casas bien plantadas en la tierra, tal vez más embarradas que las que se construyen en el aire, pero por eso mismo allí se vive la verdad del que acepta el suelo que pisa… ¿cómo son nuestras casas? ¿qué estamos “guardando” en ellas?
En este mes, en la liturgia, estaremos celebrando algunas fiestas que nos llama a revisar la casa común en la que vivimos: nuestra comunidad. Luego de haber vivenciado la presencia de Jesús resucitado entre nosotros, celebraremos el regalo de su Espíritu el día de Pentecostés. Cuando el libro de los Hechos nos relata este episodio, nos dice que un día en que los discípulos estaban reunidos, de repente “vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban” (Hech 2,2). El don del Espíritu siempre sacude nuestra casa, para que no nos instalemos en la comodidad de los caminos conocidos, sino que abramos nuevos senderos. El viento desordena, sacude y mueve todo. Así será el Espíritu en nuestra casa… Y luego celebraremos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Volvemos a recordar que el signo que mejor nos expresa a los cristianos es la mesa compartida: ese espacio en que todos nos encontramos, compartiendo la vida y renovando el deseo de formar entre nosotros un solo cuerpo. La casa de los cristianos está llamada a tener una mesa cada vez más amplia y abierta, donde todos nos sintamos invitados como hermanos.
Que Jesús nos regale la capacidad de construir casas bien fundamentadas, no edificadas sobre arena, sino sobre la roca de su Palabra:
“Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.” Mt 7,25
P. Willy


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