El juego de té

Por
lourdes
Viernes, 19/02/2016
No sé muy bien de dónde había salido o cómo había llegado a mi casa. Tal vez fue una herencia recibida de la casa de mis abuelos, o tal vez un regalo de casamiento. Siempre estaba arriba del mueble del living. Era un juego de té revestido en plata. Obviamente no se usaba nunca, estaba como adorno. Más bien se iba llenando de papelitos, gomitas, ganchitos y esas cosas que iban a parar ahí porque no se sabía dónde ponerlas. Cada tanto, muy cada tanto, a mi madre se le ocurría que había que limpiarlo. Sacarle las cosas que había acumulado adentro la supuesta azucarera era lo más fácil. Lo más costoso era lustrarlo. Había que pasarle alguno de esos productos para volver a darle brillo y, sobre todo, lustrarlo con una franela. No era un trabajo especialmente interesante… pero debo reconocer que lustrado era otra cosa. Ahí sí que se lo podía apreciar. Por unos días era un adorno verdaderamente lindo. Pero, lamentablemente, el tiempo volvía a hacer su tarea: se iba llenando de todo lo que anduviera dando vuelta por ahí, y poco a poco el brillo cedía y se volvía opaco. Volvía a hacer un adorno no muy atractivo…
Seguramente en sus casas también tienen cosas que cuando están limpias y ordenadas se pueden apreciar en su belleza, pero cuando las cubre la capa del descuido, pierden atractivo. Hasta el mismo jardín, cuando se lo desmaleza y se corta el pasto, parece que se ha transformado e invita a que nos sentemos a disfrutarlo. Es que a veces las cosas son lindas, pero su belleza está tapada. Hace falta tomarse el tiempo en quitar todo lo que oculta su valor y volver a apreciar su atractivo. Y con las personas, ¿no nos pasa algo similar?
El dicho dice que “en el fondo todos somos buenos”. Muy en el fondo, dicen algunos. Pero tal vez es cierto. Personalmente creo que no hay personas que sean de verdad malas o dañinas. Tal vez hay personas muy heridas por la vida que pueden provocar mucho daño. Pero seguramente el que puede conocerlas en el fondo, sabe de sus aspectos buenos, de sus gestos nobles y de su generosidad escondida. Sólo se necesita que alguien sepa mirar. Y sin irnos al extremo, incluso en quienes queremos, cuando nos dejamos ganar por el enojo y el rencor, no vemos más que sus aspectos negativos o poco luminosos. Aquel que en otro momento despertaba en nosotros ternura y cariño, de repente se nos vuelve alguien extraño y oscuro. Que lo digan, por ejemplos, los padres que están pasando alguna etapa conflictiva con su hijo/a adolescente… Pero cuando el enojo cede y podemos despejar la mirada, nos volvemos a encontrar a esa persona que queremos y volvemos a descubrir su verdadero valor.
Este año, para nuestras fiestas patronales, queremos pedirle a María que nos dé “una mirada misericordiosa para valorarnos los unos a los otros”. Le queremos pedir a la Madre que nos dé ojos nuevos para mirar a cada uno de nuestros hermanos, que nos despeje esas cosas que nos ocultan su bondad, y de esa manera que volvamos a descubrir todo su valor. Tal vez cada persona es una copa de plata… el tiempo la ha opacado y ensuciado, pero una mirada misericordiosa es la que vuelve a hacerla brillar.
Así nos mira Dios, así nos mira María. Que en estos días de fiesta y celebración ellos nos regalen sus ojos para que podamos mirar nuestra realidad con su amor. Los esperamos para rezar, celebrar y compartir esta linda oportunidad.
P. Willy

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