“Si querés conocer a alguien, miralo correr”, dijo alguien en la radio. Y me quedé pensando… realmente era algo que nunca se me había ocurrido. No sé si tiene alguna lógica, pero lo que sí estoy seguro es que si conocemos a alguien sólo en algún ámbito o situación, el conocimiento es muy parcial y limitado. Puede suceder con alguien que conocemos en el trabajo. Pasamos muchas horas juntos y compartiendo. Tal vez hemos hablado de muchas cosas. Pero nunca hemos ido a su casa, no sabemos cómo es con su familia, no lo vemos moverse en la calle, no lo hemos visto divirtiéndose con sus amigos, no lo observamos jugar. Porque dudo que el correr nos muestre tal como somos, pero tal vez una cosa que nos revela bastante de nuestros temperamentos es el juego. Cuando jugamos, salen aspectos de nuestra personalidad que están ocultos en otras situaciones: la inseguridad que nos obliga a ganar, la alegría del que disfruta, la competencia a muerte, el poco entusiasmo en el desarrollo… muchas cosas se muestran en el juego. No importa la edad que tengamos, en el juego y la diversión, actuamos parecido al niño que fuimos. Por eso, muchas veces concluimos con esas frases típicas: “en el fondo todos somos niños” o “siempre hay un niño oculto en nuestro interior”. Y ¿qué pasaría si pudiéramos ver al niño que hay en el otro? ¿Cómo nos relacionaríamos si estuviéramos atentos al niño que llevamos dentro?
Dentro de unos días celebraremos la Navidad. Aunque esta fiesta se vaya cargando cada vez más con otras imágenes y símbolos, el gran signo de la Navidad es el Niñito Jesús. Hacia allí estamos invitados a mirar. Tal como le dijeron los ángeles a los pastores:
Esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre(Lc 2,12).
Pero, ¿dónde encontrarlo hoy?, porque ya no está más en el pesebre. La Navidad nos presenta el desafío de encontrar no sólo al niño que hay en el otro, sino también al Niño que hay en el otro. Estamos llamados a relacionarnos los unos a los otros como nos relacionaríamos con el Niño.
Muchas son las actitudes y gestos que nos despierta un recién nacido, entre otras podemos señalar: frente a un niño todos somos más cuidadosos, más delicados y atentos, más silenciosos y contemplativos, más cariñosos y expresivos. El niño no exige, no impone; pero su fragilidad nos llama a sacar de nosotros nuestras mejores actitudes, nuestros gestos más tiernos. Incluso nos hace perder el miedo al ridículo y hacemos caras y monerías que nunca nos animaríamos a hacer frente a los adultos. Los niños nos conectan con lo mejor de nosotros mismos.
Por eso, al celebrar el nacimiento de Jesús, estamos invitados a redescubrir su presencia en cada uno de nuestros hermanos y hermanas. En ellos está el Niño que viene en esta Navidad. En cuanto podamos descubrirlo, podremos relacionarnos mejor, ser más atentos, cuidadosos y comprensivos los unos con los otros. En este sentido la Navidad será una fiesta de Paz, porque nos invitará a iniciar una vez más un camino de encuentro y reconciliación. Honrar al Niño en el pesebre, pero no celebrarlo en cada uno de los que tenemos a nuestro lado, será quedarnos a mitad de camino. Besar la imagen del Niño y no abrazar al hermano, será no haber comprendido el mensaje de la Navidad.
Que Jesús nos ilumine para encontrar un modo de celebrar esta fiesta que nos acerque a su verdadero sentido. ¡Feliz Navidad!
P. Willy