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Yo no se que me han hecho tus ojos...
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Jueves, 05/11/2015
Yo no se que me han hecho tus ojos...
Ojos negros traicioneros… Ojos verdes, con brillo de faca… Ojos de cielo, no me abandonen en pleno vuelo…
Tus ojos, volcán de tu alma… y así podríamos seguir la lista de canciones que hablan de la mirada.
No se trata de destacar solamente la belleza de los ojos, sino de descubrir en ellos la expresión del interior, de lo más profundo del ser humano.
Tal vez hay pocos órganos de nuestro cuerpo que sean tan capaces de decir, comunicar y transmitir sin palabras.


Hay miradas tiernas y transparentes y hay otras que esconden y se alejan, hay miradas cálidas que nos dan aliento y hay otras frías que nos paralizan, hay miradas que son como flechas que se clavan y hay otras que son como una caricia para el corazón, hay miradas de enojo, de preocupación, de seducción, de alegría, de amor…
Cuando buscamos indicios que nos guíen y acompañen para mejorar en el viaje que es nuestra vida, tratamos de hacer un ejercicio de discernimiento: ponernos a la escucha de lo que el Espíritu nos quiere decir en cada momento.
Una de las cosas que fue saliendo de adentro es que necesitamos fortalecer nuestras relaciones, sobre todo haciendo crecer la confianza en los demás.
Lamentablemente, muchas veces nos dividimos debido a diferentes opiniones, opciones y criterios.
No es malo opinar distinto, el problema es cuando esa diferencia me hace imposible el vínculo con los demás y me hace no valorar el bien que hay en esa postura distinta.
Por todo esto, y en el afán de mejorar, elegimos pedirle a María:

“Madre, danos una mirada misericordiosa para valorarnos los unos a los otros”.
El camino para fortalecer nuestros vínculos, para sanarlos y darles nueva vida, este camino empieza por una nueva manera de mirarnos: una mirada misericordiosa.

¿Cómo será?
Antes que nada, creo que tenemos que distinguirla de la “lástima”.
Cuando miramos a alguien con lástima, lo rebajamos, lo empequeñecemos, nos decimos y le decimos que el otro vale poco, que no puede, no comprende o le falta.
Nada más lejano al camino que nos proponemos.
La Biblia suele describir a Dios con dos adjetivos: paciente y misericordioso.
Este ser de Dios no se queda en un mero sentimiento, se muestra sobre todo en sus opciones y en sus gestos.

El Papa Francisco lo expresa así:

“La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo.
Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”.
Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.”
Con lo cual tenemos dos modelos de misericordiosa: la de Dios y la de los padres y madres.

En ambos casos se trata de un amor que nace de las entrañas, una certeza que no es fruto del razonamiento, ni siquiera del corazón: es algo más profundo y verdadero. Cuando un padre o una madre mira a su hijo o hija, descubre a alguien bello, luminoso y amable.
Esto no quiere decir que se engañe o se mienta.
Lo haría si creyera que su hijo o hija no tiene defectos o dimensiones oscuras.
Pero lo propio de la mirada del amor es descubrir lo bueno que hay en el otro, todo lo que tiene de noble y verdadero. Por eso la mirada misericordiosa es la más real que puede haber.

No es que el amor sea ciego, sino que mira mejor que nadie… y por eso tal vez su mirada no es entendida.
La mirada misericordiosa no se traba en las incapacidades, en las fallas o en los errores, sino que traspasando todas estas capas llega a descubrir el fondo luminoso del otro, su ser más puro y noble, ese en el que se muestra como hijo de Dios y hermano nuestro.

¿Qué están diciendo tus ojos?
¿Cómo es tu mirada?
Que María nos ayude a mirarnos como nos mira Ella.



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