Admin
 
 
Logo DIPLOX
Un pedido de ¨nunca más¨ en la fiesta de la Merced
Volver Por bienaventurados
  
Viernes, 25/09/2015
Un pedido de ¨nunca más¨ en la fiesta de la Merced

San Miguel de Tucumán: Como ocurre cada 24 de septiembre, miles de tucumanos salieron a las calles para venerar a Nuestra Señora de la Merced, sumándose así a las celebraciones litúrgicas y actos cívicos de la patrona de Tucumán y generala del Ejército Argnentino.

A las 17 tuvo lugar en la Plaza Belgrano el acto central, en el que se recordó la gesta del general Manuel Belgrano. Allí se entregaron los escapularios mercedarios a los cadetes del Ejército.

Media hora más tarde se inició la tradicional procesión, de la que participaron más de 30.000 fieles capitalinos y de otros departamentos, que se trasladaron especialmente para ser parte de las honras a María.

La caminata piadosa llevó a los devotos de la Virgen por las calles Alberdi y 24 de Septiembre, hasta la plaza Independencia, donde el arzobispo de Tucumán presidió la misa principal de la jornada. Tras la misa, hubo un festival folclórico.

¨Nunca más¨
Promediando su homilía, monseñor Zecca se refirió a ¨la difícil situación que se vive en Tucumán¨. El arzobispo, en nombre de los sacerdotes y de los fieles comprometidos, manifestó su preocupación por ¨la división y el enfrentamiento¨ entre lídereos políticos, pero también entre ciudadanos de a pie.

¨No puedo ocultar, como pastor de esta arquidiócesis, que estoy preocupado y afligido por la división y el enfrentamiento que se han creado no sólo entre los líderes políticos de diversas tendencias y pensamientos sino, lo que es más grave aún, en las familias, entre los amigos y compañeros de trabajo¨, sentenció.

Monseñor Zecca pidió ¨salir al encuentro de todos los argentinos, sin excluir a nadie, para gestar juntos una cultura del encuentro en la Patria”. Para el prelado, esta “cultura del encuentro” exige renuncia, generosidad, capacidad de pedir perdón y de perdonar, reconciliación, fraternidad, amistad social, amor a la Patria y al hermano.

¨Debemos recuperar la fraternidad. Descubrir la verdad más elemental: que cada hombre es mi hermano. También en el Tucumán de hoy es necesario un ´nunca más´. Hemos llegado a un punto de inflexión que exige un cambio hacia el futuro. Con la firmeza de un creyente y de un pastor, y la humildad de un ciudadano quisiera invitar a todos, gobernantes y gobernados, a un diálogo sincero y sereno que priorice lo que nos une que, sin duda alguna, es más de lo que nos separa¨, observó.

Monseñor Zecca advirtió que las recientes elecciones ¨amenazan con disolver los vínculos¨ de los tucumanos, y pidió un esfuerzo por volver al diálogo, al respeto mutuo y a la confianza en las instituciones de la república. Concluyó haciendo un llamado para que la Argentina y la provincia de Tucumán sean gobernables.

Esperanza y fortaleza
El Evangelio proclamado fue el de María al pie de la cruz. Monseñor Zecca destacó que la Virgen ofreció su propio dolor de madre junto al Hijo que afrontaba la muerte por obediencia al Padre y por amor a los hombres, a quienes redimía precisamente por ese sufrimiento. El arzobispo la calificó como mujer fuerte, de pie, con fe y esperanza.

¨La esperanza es de lo arduo y, por ello mismo, de los fuertes. Esperanza y fortaleza van juntas. También en este sentido la actitud de María, su modo de enfrentar el dolor y la adversidad, constituyen para nosotros un modelo a imitar. El seguimiento de Jesús nos conduce de un modo u otro siempre a la cruz. No hay camino a la gloria que no pase por la cruz, porque Jesús es nuestro camino¨, dijo el prelado, antes de afirmar que el cristianismo ¨no es para los pusilánimes, sino para los fuertes¨.

En este momento de sumo dolor es cuando María se hace madre de los hombres, recalcó el arzobispo: ¨Recibimos a María en el sacrificio expiatorio de Jesús por nuestros pecados, la manifestación más elocuente de lo inaudito del amor de Dios, que no vacila en entregar a su propio Hijo para nuestra salvación¨.

Texto completo de la homilía
Homilía de monseñor Alfredo H. Zecca, arzobispo de Tucumán en la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced (24 de septiembre de 2015)

El Evangelio que acabamos de proclamar nos presenta a María al pie de la cruz cuando Jesús le ofrece al discípulo amado como hijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo –y luego al discípulo– “aquí tienes a tu madre” (cf. Jn 19, 25-27).

María, como creyente y madre, acompañó la vida de Jesús desde el momento de su concepción hasta la cruz. En la anunciación se sorprende de que el arcángel San Gabriel la llame “llena de gracia” y aun sin entender en toda su dimensión y profundidad la maternidad divina que se le anunciaba dice al ángel “que se cumpla en mí lo que has dicho” (cf. Lc 1, 26-38). De este modo queda patente que María concibe a Jesús en la fe y, porque recibe la Palabra divina con corazón creyente, puede concebir en su seno esa misma Palabra que, por su maternidad, se hace hombre.

También está presente en Caná de Galilea, al inicio del ministerio de su Hijo, cuando éste –a petición de ella– hace su primer milagro que manifiesta la gloria de Jesús (cf. Jn 2, 1-12) y, finalmente, en la cruz cuando había sido abandonado por todos (cf. Jn 19, 25-27).

La escena de María al pie de la cruz, ofreciendo su propio dolor de madre junto al Hijo que afrontaba la muerte por obediencia al Padre y por amor a los hombres a quienes redimía precisamente por ese sufrimiento, la muestra como la mujer fuerte, de pie, mostrando plenamente su fe y esperanza. La esperanza es de lo arduo y, por ello mismo, de los fuertes. Esperanza y fortaleza van juntas. También en este sentido la actitud de María, su modo de enfrentar el dolor y la adversidad, constituyen para nosotros un modelo a imitar. El seguimiento de Jesús nos conduce de un modo u otro siempre a la cruz. No hay camino a la gloria que no pase por la cruz porque Jesús es nuestro camino. El cristianismo no es para los pusilánimes sino para los fuertes.

Recibimos a María por madre precisamente en este momento crucial de la vida de Jesús: su sacrificio expiatorio por nuestros pecados, la manifestación más elocuente de lo inaudito del amor de Dios que no vacila en entregar a su propio Hijo para nuestra salvación. Ocupamos el lugar del Hijo unigénito nosotros que somos hijos adoptivos hechos, por el bautismo, hijos en el Hijo de Dios que es Jesús. Como enseña el Apóstol San Pablo a los Gálatas: “Al llegar la plenitud de los tiempos – los tiempos mesiánicos, escatológicos, que dan cumplimiento a una larga espera de siglos – (…) envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, (…) para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gal 4, 4-7).

María, en consecuencia, por voluntad del mismo Jesús es nuestra madre misericordiosa, como la invocamos los tucumanos con el título de Nuestra Señora de La Merced. Ella es la que nos libra de toda esclavitud, la que nos permite salir de nuestro encierro egoísta para abrirnos a los hermanos. La madre, en la familia, es la que reúne a los hijos y la que los une cuando el desamor y el conflicto –que son realidades siempre latentes y alentadas por el maligno– amenazan arraigar y, con ello mismo, diluir –cuando no disolver– los vínculos que crean la comunión y la sostienen en el tiempo. Ella es también la que educa y alimenta. Lo hizo con Jesús como nos narra el Evangelio de San Lucas a propósito de la pérdida y hallazgo de Jesús por parte de José y María: “Bajó con ellos –dice San Lucas– y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos (…) Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2, 51-53). La madre es la que alimenta como María alimentó a su creador, encarnado en su seno purísimo, con su sangre y, luego, con su leche. Ella también nos alimenta a nosotros llevándonos a Jesús Eucaristía y nos acompaña hacia el gran acontecimiento que celebraremos, Dios mediante, el próximo año con el XI Congreso Eucarístico Nacional aquí, en Tucumán, donde nació la Patria, en feliz coincidencia con el Bicentenario de nuestra independencia. La madre es también la que ora, como María oraba junto a los apóstoles como narran los Hechos de los Apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus hermanos” (Hech 1, 14). Finalmente la madre es, también, la que evangeliza. La sola presencia de María que acude presurosa en ayuda de su prima Santa Isabel suscita una misteriosa comunicación entre Jesús y el Bautista y hace irrumpir a ambas en la alabanza a Dios: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?. Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 42-45).

Como hace notar expresamente el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, citando a San Ambrosio (cf. LG 63-64) María, como virgen y madre es “tipo” o “modelo” de la Iglesia. Lo que se dice de María puede decirse, con toda seguridad, también de la Iglesia que es madre porque engendra numerosos hijos por la predicación, la fe y el bautismo, los alimenta con la Eucaristía y los robustece con los sacramentos que vienen en ayuda de toda debilidad humana y, al mismo tiempo, es virgen ya que guarda íntegramente la fe prometida al esposo y se presenta como sacramento de unidad con esperanza sólida y caridad sincera.

Junto al Congreso Eucarístico celebraremos, también el año próximo, un jubileo extraordinario de la misericordia. La Iglesia quiere llegar con el gozo del Evangelio a todos sus hijos, especialmente a los más alejados y necesitados de misericordia. La Iglesia, Madre y Maestra, experta en humanidad, quiere ser hoy más que nunca la casa de Dios en medio de la casa de los hombres; la familia donde todos –sin ninguna distinción– son acogidos y tratados como hijos. Ella quiere ser, muy particularmente, el rostro visible de la misericordia infinita del Padre manifestada en Jesucristo, nuestro Señor y salvador.

En una de las plegarias eucarísticas pedimos al Padre: “Haz que los fieles sepan discernir los signos de los tiempos a la luz de la fe y se consagren plenamente al servicio del Evangelio. Concédenos estar atentos a las necesidades de todos los hombres para que participando en sus penas y angustias, en sus alegrías y esperanzas, les mostremos fielmente el camino de la salvación, y con ellos avancemos en el camino de tu reino” (Plegaria Eucarística Para Diversas Circunstancias III).

Esta quiere ser, también hoy, muy particularmente mi oración para invitar a todos los fieles a un discernimiento evangélico sobre la difícil situación que estamos viviendo en Tucumán y que, gracias a Dios y, sin duda alguna, con la intercesión de Nuestra Señora de la Merced que acompañó a nuestro pueblo desde su fundación y lo sigue acompañando, va encaminándose por los carriles institucionales. Los pastores – y también los fieles, en su medida y de acuerdo a su vocación laical – hemos de hacer el esfuerzo de cultivar una “siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos” (EG 51). Esta lectura – que no excluye otras de carácter sociológico o político – ha de ser fruto de “la mirada del discípulo misionero, que se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo”.

No puedo ocultar, como Pastor de esta Arquidiócesis, que estoy preocupado y afligido por la división y el enfrentamiento que se han creado no sólo entre los líderes políticos de diversas tendencias y pensamientos sino, lo que es más grave aún, en las familias, entre los amigos y compañeros de trabajo. Como Obispo soy y me siento Padre de todos, católicos, cristianos, creyentes y no creyentes y deseo contribuir desde el ámbito de mi ministerio pastoral – y sin salirme nunca de él – al bien común de los tucumanos y, en comunión con mis hermanos Obispos, de los argentinos todos.

En la oración del Congreso Eucarístico Nacional que estamos preparando para el año próximo confesamos que necesitamos a Jesucristo, Señor de la historia. Agradecemos su presencia constante en nuestra historia patria y ponemos en sus manos nuestro futuro con esperanza y compromiso, al tiempo que expresamos que “salimos al encuentro de todos los argentinos, sin excluir a nadie, para gestar juntos una cultura del encuentro en la Patria” (Oración XI Congreso Eucarístico Nacional. Tucumán 2016).

Una “cultura del encuentro” que recoja lo mejor de nuestras raíces, de nuestra historia y prepare, así, nuestro futuro. Gestar juntos la “cultura del encuentro” que necesitamos exige renuncia, generosidad, capacidad de pedir perdón y de perdonar, reconciliación, fraternidad, amistad social, amor a la Patria y al hermano.

Debemos recuperar la fraternidad. Descubrir la verdad más elemental: que cada hombre es mi hermano. De esa fraternidad nos habla la sabiduría criolla del Martín Fierro: “Los hermanos sean unidos/ porque esa es la ley primera/ tengan unión verdadera/ en cualquier tiempo que sea/ porque si entre ellos pelean/ los devoran los de ajuera”.

También en el Tucumán de hoy es necesario un “nunca más”. Hemos llegado a un punto de inflexión que exige un cambio hacia el futuro. Con la firmeza de un creyente y de un pastor y la humildad de un ciudadano quisiera invitar a todos: gobernantes y gobernados, líderes políticos y, en general, a toda la dirigencia de Tucumán a un diálogo sincero y sereno que priorice lo que nos une que, sin duda alguna, es más de lo que nos separa. De todos depende que Tucumán y Argentina sean, respectivamente, una Provincia y un País gobernable.

Las recientes elecciones nos han sumido en un conflicto que amenaza con disolver nuestros vínculos, aquellos que son la única garantía de nuestra subsistencia como pueblo. El Santo Padre Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium escribe un párrafo que deberíamos grabar a fuego: “El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad toda queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad” (EG 226). Hay que afirmar con fuerza, como lo hace el Papa, que “hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto”. No se está postulando con esto ningún sincretismo ingenuo ni la absorción de uno en el otro, sino todo lo contrario, se apuesta a “la resolución (del conflicto) en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna” (cf. EG 228). Tampoco se trata de política sino de Evangelio, de fe. El Santo Padre funda este pensamiento en el criterio evangélico que “nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad – y concluye – La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo “es nuestra paz” (Ef 2, 14)” (EG 229).

Queridos hermanos sintámonos todos convocados al diálogo, al respeto mutuo que nos permite ser adversarios sin ser, por ello mismo, enemigos y revaloricemos las instituciones de la República, porque ellas son la única garantía de nuestro futuro como pueblo. Atemos nuestro destino al respecto irrestricto de la ley recogiendo las sabias palabras del Venerable Fray Mamerto Esquiú, el gran orador de la Constitución Nacional: “Obedeced Señores, sin sumisión no hay ley, sin ley no hay Patria, no hay verdadera libertad, existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra”. Que María de La Merced, Patrona de Tucumán nos obtenga esta gracia de su hijo Jesús. Amén.

Mons. Alfredo Zecca, arzobispo de Tucumán


Volver Por bienaventurados