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Bien hecho
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Domingo, 13/09/2015
Bien hecho
“Whiplash” es el nombre de la película. El protagonista es un joven estudiante de una escuela de música. La contrafigura es su profesor, director de la orquesta más importante de la institución, un hombre talentoso y exigente. En un punto, es la típica historia de la relación maestro-alumno. Pero tiene un par de ingredientes que la hacen original: el instrumento elegido por el joven es la batería. No recuerdo muchas películas centradas en este instrumento; el piano, el violín o la guitarra suelen tener mayor prensa. La otra particularidad del relato es que el grado de exigencia del maestro llega a niveles de crueldad importantes. Ciertamente puede ser calificado como maltrato y abuso de autoridad. No voy a dar más detalles de la película para no arruinarla. Pero en una escena, cuando el método cruel del maestro ha tenido varias consecuencias, él finalmente explica por qué elige este camino de exigencia. En su opinión, la exigencia máxima es el único camino para lograr la excelencia. Para él, las frases “bien hecho”, “buen trabajo”, “estuviste muy bien”, son las peores frases que se pueden decir, porque sólo logran que la persona se quede satisfecha con lo realizado y no busque superarse. En cambio, si el maestro rebaja al alumno, lo critica y le marca los errores, así logrará que se exija cada vez más y llegue algún día a ser un músico destacado.
El planteo me dejó pensando. Sé que hay ámbitos en que en mayor o menor medida este método se sigue aplicando, pero me pregunto si estas ideas no están también metidas en nuestras prácticas más cotidianas. A veces estamos más acostumbrados a marcar errores que a alentar logros. Tal vez lo hacemos con buenas intenciones y con deseo de crecimiento. Pero sólo hablamos de lo que estuvo mal, de lo que no alcanzó o de lo que pudo estar mejor. Pocas veces marcamos una buena acción, un pequeño éxito o un bien realizado. Si el niño rompe el juguete por usarlo mal, si el adolescente llega tarde sin avisar o si el compañero/a hace algo que me perjudique…. Con mucha probabilidad ellos recibirán un reto o un reproche. Pero, ¿qué pasa cuando el niño juega bien, el adolescente llega a horario o el compañero hace bien su trabajo? ¿alguien se lo marca o lo felicita? Algunos dirán: es lo que tenía que hacer, nadie te felicita por cumplir un deber. Es verdad, pero ¿alcanza? ¿no necesitamos todos también una palabra que nos confirme, una voz que nos aliente, que nos asegure que este es el camino correcto?
Hay una escena del Evangelio que me parece elocuente: cuando el hombre rico se acerca a Jesús para preguntarle qué debe hacer para heredar la vida eterna, Jesús le responde que el camino son los mandamientos. El hombre le dice que él los ha cumplido desde su juventud. Frente a esto, Jesús tiene dos reacciones: lo mira con amor y le propone algo más, que venda todo y lo de a los pobres. En esta doble reacción de Jesús encuentro yo una clave. Él no deja de proponerle un camino mejor, más exigente. Realmente desea que este hombre pueda seguir creciendo. Pero a la vez, su mirada amorosa lo confirma en el camino, lo alienta por lo realizado. Con una mano lo felicitó, con la otra lo instó a seguir creciendo.
Los invito a que nos revisemos cada uno de nosotros y nos preguntemos: en el día de hoy, ¿cuántas veces reté o critiqué a alguien? ¿cuántas veces alenté o felicité a alguien? Tal vez el número desparejo hable por sí mismo…
P. Willy


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