Donde comen dos, ¿comen tres?

Por
lourdes
Lunes, 01/06/2015
El dicho popular afirma que “donde comen dos, comen tres”, pero yo creo que sería más acertado si usáramos un número mayor: “donde comen doce, comen trece”. Curiosamente, cuantos más comensales hay, es más fácil agregar a otro. Si yo preparo comida para mí sólo, posiblemente calcule bastante exactamente lo que voy a comer y si, imprevistamente, alguien llega, tendremos que agregar más comida o nos quedaremos con hambre. En cambio, en una comida numerosa, el alimento de la olla siempre puede “estirarse” un poco más. Seguramente todos hemos comprobado que a las familias numerosas les es más fácil invitar y sumar a otros. Aunque en un punto podríamos pensar que ya son muchos y que se van a complicar con otro que llega, seguramente están más preparados para adaptarse, para improvisar y compartir.
Hace muchos años, tuvo bastante éxito una obra musical llamada “El diluvio que viene”. Era la historia de un sacerdote al que, cual moderno Noé, Dios le anunciaba una futura destrucción del mundo y por eso debía construir un arca de salvación. Una de las canciones que se hicieron populares era una que decía: “Un nuevo sitio disponed, para un amigo más, un poquitín que os estrechéis y se podrá sentar, para eso sirve la amistad, si llega la ocasión…”. La canción invitaba a una amistad que siempre hace lugar para aquel que llega, siempre puede agregarse una nueva silla y un nuevo plato para el huésped que pasa. Pero la condición es clara: hay que “estrecharse” un poquito. Para que el otro pueda entrar y pueda encontrar su lugar, los que están en la mesa deben “achicarse”, tal vez renunciando a algo de su comodidad y confort.
Durante el mes de junio, tendremos dos oportunidades para meditar y a poner en práctica esta propuesta. Por un lado, celebraremos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús, y por el otro, realizaremos la colecta anual de Caritas. La primera es una fiesta muy antigua que celebra el gesto del amor gratuito de Jesús en la última cena y la actualización que realizamos en cada eucaristía, en cada misa. Jesús quiso que el gesto con el que los cristianos hiciéramos memoria de su vida y de su entrega, fuera el gesto de la mesa compartida. Aunque la estructura de nuestros templos no lo represente claramente, ya que el altar se ha ido alejando de la comunidad reunida, lo que hacemos cada vez que celebramos la misa es reunirnos alrededor de una mesa a compartir un alimento que nos hace presente a Jesús. La mesa compartida fue el signo más claro con el que el Señor resumió todo lo que quiso transmitirnos: que Dios es Padre, que nos quiere como hijos, que todos somos importantes, que nuestra felicidad está en el compartir… todo eso recordamos cuando celebramos la misa (o tendríamos que recordar).
Lo que celebramos en el templo, es lo que queremos vivir en la vida. Si no existe esta unión, nuestros ritos serán vacíos y falsos. Por eso, la mesa compartida también es la expresión de lo que queremos para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestro país. Pero debemos reconocer que muchas veces hemos creado una sociedad en la que no hay lugar para todos: unos pocos están sentados a la mesa, algunos comen de parado lo que pueden, otros tratan de conseguir las migajas de lo que se cae… y otros ni alcanzan a entrar. Por eso es que debemos seguir esforzándonos para lograr la mesa grande para todos. Para eso será necesario que nos “estrechemos”, que hagamos un esfuerzo. Si alguien no entra en la mesa, es porque otro tomó mucho lugar… La colecta de caritas es por eso no sólo un acto de solidaridad, sino también de justicia: devolvemos al más pobre lo que le corresponde en su dignidad.
Que el Espíritu de Jesús nos siga animando a hacer un lugar para todos.
P. Willy

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