Así se titula un cuento de E. A. Poe, en el que un jefe de policía de París debe encontrar una carta que fue sustraída de los aposentos reales por un ministro. Todos están seguros que fue él quien robó la carta y que la tiene en su poder. El policía va a pedirle consejo a M. Dupin porque, aunque han registrado varias veces la casa donde vive el ministro, no logran encontrar la carta robada. Dupin pregunta cómo hicieron la búsqueda, a lo que es informado que fue realizada de manera minuciosa, detectando cajones secretos y revisando con microscopio los muebles y los libros por si alguno había sido abierto para esconder el papel en su interior. A la semana siguiente el policía vuelve a hablar con Dupin porque la carta sigue sin aparecer, pero grande es su sorpresa cuando éste le dice que está dispuesto a entregarle el papel si le da la recompensa esperada. Su amigo quiere saber cómo fue que pudo encontrar lo que la policía, con todo su despliegue, no había logrado conseguir. Entonces Dupin explica que, conociendo al ministro, trató de razonar como él lo hubiera hecho; y percibió que, para el ministro, la mejor manera de esconder la carta era no esconderla. Por eso, cuando Dupin visitó al ministro, vio un pequeño tarjetero colgado en la pared, en que había una carta ajada y doblada. La misma estaba a la vista de cualquiera que entrara al salón. Cuando la vio, Dupin se dio cuenta que era la carta buscada, la sacó del lugar y la guardó para dársela al policía.
El cuento es famoso por el ingenio de suponer que el mejor lugar para esconder algo que va a ser muy buscado, es ponerlo a la vista de todos. Cuando la verdad es tan obvia, a veces se vuelve más difícil de descubrir. Y creo que esto es algo que vuelve a suceder una y otra vez en la vida: muchas veces lo más buscado es lo que está más cerca nuestro, pero que aún no lo hemos podido descubrir.
En este tiempo, posterior a la Pascua, vamos meditando los encuentros del Resucitado con sus discípulos. En la mayoría de ellos, se relata la dificultad de los amigos para ver y reconocer a Jesús. Tal vez recordemos los discípulos de Emaús, que caminaron con Jesús sin poder verlo, también a Pedro y su amigos en la barca sin poder darse cuenta que quien les hablaba desde la orilla era el mismo Maestro, o la misma María Magdalena que habla con Jesús rogándole que le diga dónde han puesto su cuerpo…. En todos hay una incapacidad de darse cuenta que el amigo, el esperado, el amado, está en frente, al alcance de la mano. Hasta que no pueden dar el paso de salir de su ceguera, de su encierro, no es posible el encuentro que llena el corazón de felicidad.
Me pregunto si tantas veces no nos sucederá lo mismo a nosotros: tenemos a Jesús al lado, tenemos la felicidad al alcance de la mano, tenemos todo para vivir en plenitud, pero algo nos impide ver y reconocerlo. Tantas veces perdemos el tiempo y las energías en buscar lo que ya teníamos cerca. Es lo que tan bellamente expresó San Agustín, que fue un gran buscador de la plenitud y de la verdad. Pero luego de muchos caminos recorridos puede decir en sus confesiones:
“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba… Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo…Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”
¿Habrá algo en nuestra vida que tenemos en frente y no podemos ver? ¿La felicidad no estará más cerca de lo que pensamos? Que el Espíritu del Resucitado, a quien estamos por recibir en Pentecostés, nos anime a disfrutar mejor de cada día.
P. Willy