Esta dimensión más profunda de la Pascua es particularmente sentida por nuestros hermanos ortodoxos. Para ellos la resurrección de Cristo es todo.
En el tiempo pascual, cuando se encuentran a alguien le saludan diciendo:
«¡Cristo ha resucitado!»,
y el otro responde:
«¡En verdad ha resucitado!».
Esta costumbre está tan enraizada en el pueblo que se cuenta esta anécdota ocurrida a comienzos de la revolución bolchevique. Se había organizado un debate público sobre la resurrección de Cristo. Primero había hablado el ateo, demoliendo para siempre, en su opinión, la fe de los cristianos en la resurrección. Al bajar, subió al estrado el sacerdote ortodoxo, quien debía hablar en defensa. El humilde pope miró a la multitud y dijo sencillamente: «¡Cristo ha resucitado!». Todos respondieron a coro, antes aún de pensar: «¡En verdad ha resucitado!». Y el sacerdote descendió en silencio del estrado.
Sobre el Icono: Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz.
Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos:
“Mi Señor está con todos vosotros.”
Y responde Cristo a Adán:
“Y con tu espíritu.”
Y tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole:
“Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo”
La mirada de Cristo va hacia todos, pues es el Salvador de la humanidad entera.
Este se agacha para levantar Adán; Dios se abaja y rebaja. Despojándose de su divinidad, se revistió de nuestra carne para subirnos y exaltarnos a la condición divina por su Resurrección.
Cristo anuncia la resurrección a los muertos, de ahí la estrecha unión entre la silueta de Cristo resucitado y la de Adán a quien él incorpora en su propia resurrección. Con Adán es arrastrada toda la humanidad heredera de él.
Adán agotado por el despertar del sueño de la muerte (del pecado), contempla a su Liberador con mirada gozosa, llena de fatiga y suplicándole con la otra mano la ayuda necesaria para levantarse de la situación caída y desgraciada del pecado y la muerte.
Adán tiende su mano libre en un gesto que expresa acogida y plegaria, atraído hacia su Dios igual que la flor es atraída por el sol.
Como dice la hermosa homilía que leemos en el Oficio de lectura del Sábado Santo:
«Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa».
Asumió la carne para ofrecer abundantes gracias y su cuerpo como cebo arrojado en brazos de la muerte para que, mientras el dragón infernal esperaba devorarle, tuviera en cambio que vomitar a aquellos que ya había devorado.
En efecto, Él arrojó a la muerte para siempre y secó las lagrimas de todos los ojos...
(San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XII, 15)
Con bendiciones para todos...
FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN