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En algo nos parecemos
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Miercoles, 25/03/2015
En algo nos parecemos
En nuestro ritmo de vida, ciudadano y moderno, vamos perdiendo el contacto con los ciclos de la naturaleza. Los distintos climas nos marcan, pero ya no determinan tanto nuestro ritmo cotidiano, como pueden hacerlo con alguien que vive de la siembra y la cosecha. Ni siquiera las frutas nos señalan una época determinada porque, gracias a las importaciones y los frigoríficos, podemos conseguir casi cualquier producto en cualquier época del año. El que puede pagar, no tiene que esperar a que venga el tiempo de las frutillas, de los duraznos o de la berenjena…
Por eso siempre me gusta recordar que todavía un ciclo de la naturaleza nos marca algo importante para los cristianos: la fecha de la Pascua. A diferencia de la Navidad, que se celebra en un día fijo, la fiesta de la Resurrección varía cada año. Esto se debe a que para fijarla, se elige el primer domingo después de la primera luna llena posterior al 21 de Marzo. Como para el hemisferio norte esta fecha es el comienzo de la primavera, donde todo renace, se quiso unir la fiesta de la Resurrección con esta experiencia cotidiana de los árboles que florecen y de la tierra que se prepara para dar nuevo fruto (en nuestro hemisferio esto se pierde, ya que para nosotros es el comienzo del otoño). Pero lo determinante es la luna llena. Por herencia del calendario judío, los cristianos asociamos la vida nueva del Resucitado con esa luz que irrumpe en la oscuridad de la noche. La zamba dice: “en algo nos parecemos, luna de la soledad”. Y tal vez la luna nos permita reflexionar sobre la fiesta de la Pascua que estamos pronto a celebrar. Se me ocurren por lo menos dos puntos, tal vez ustedes puedan pensar otros.
Por un lado, la luna llena es una luz que brilla en medio de la oscuridad, iluminándola pero sin destruirla. A diferencia de la luz del sol, que vence toda oscuridad, la luz lunar es fuerte y suave a la vez. Sabemos que es de noche, sigue estando oscuro, pero al mismo tiempo hay una claridad que permite orientar nuestros pasos. Creo que celebrar la Pascua de Jesús es algo parecido: sabemos que Jesús venció al dolor y a la muerte, pero nosotros seguimos pasando por experiencias de dolor y de muerte. Nuestra noche no ha sido todavía totalmente desterrada, pero celebramos que en medio de la oscuridad brilla una luz de esperanza y de promesa. Nuestro gran desafío es seguir caminando en medio de nuestras noches, pero iluminados por esa buena nueva que viene del Resucitado. Si la vida de Jesús, rechazado, condenado injustamente, silenciado y despreciado, si esa vida tuvo sentido porque fue vivida con amor, entonces no hay noche tan oscura si se la vive con amor.
En segundo lugar, la luna alumbra con una luz que no es propia, sino reflejo del sol, al que no podemos ver en ese momento. Aunque la noche nos marque la ausencia del sol, la luna nos muestra que él sigue brillando en algún lado, y por eso ella lo refleja. La chacarera lo dice: “la luna es un terrón que alumbra con luz prestada”. De la misma manera, en la Pascua celebramos que nuestra vida es iluminada por el regalo de Dios. La luz de nuestra vida siempre será regalo recibido, don gratuito que se nos es dado para compartir. Eso es lo que expresamos la noche de la Vigilia comunicándonos la luz de las velas: no puedo encender mi vida solo y en aislamiento, necesito de la mano del hermano que me ayude a tener luz. Cuando queremos construir una vida egoísta y encerrada, no somos como la luna, no nos dejamos alumbrar, creemos que nuestra luz es propia y que se debe a nuestra grandeza… qué bien nos haría mirar la luna y aprender de su silenciosa sabiduría…
Que Jesús nos regale ser renovados en esta Pascua, para que también nosotros podamos ir “andando y cantando, nuestro modo de alumbrar”.
P. Willy


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