Si alguna vez han ido al costado del hipódromo cuando cortan la Avenida de la Unidad Nacional, seguramente han visto que gran cantidad de gente aprovecha para hacer ejercicio. Algunos caminan, otros corren, andan en bicicleta, en rollers, en skate, otros toman una clase de gimnasia o de yoga… Se ven algunos muy entrenados, que se nota que dedican varias horas al deporte, y otro que apenas pueden correr un par de cuadras antes de quedarse sin aliento. Pero seguramente la mayoría tiene algo en común: piensa que el ejercicio es bueno para la salud. Tal vez lo hacen con placer y gusto, o tal vez con la certeza de que cuesta pero sirve… pero conocen la importancia de fortalecer el cuerpo para tener una vida mejor. Pero no sólo los músculos se pueden entrenar, también hay ejercicios para mantener ágil la mente: prácticas de memoria, juegos de palabras o de números, aprendizajes nuevos, que permiten que las neuronas se mantengan en actividad y no se arruinen.
Cuando leí que el Papa Francisco proponía como lema para esta cuaresma el pasaje de la carta a Santiago que dice: “Fortalezcan sus corazones”, pensé que a lo que se nos invitaba era a hacer ejercicios con el corazón, porque él también necesita de nuestra atención para mantenerse ágil y en forma.
El ejercicio físico puede responder a dos necesidades fundamentales: lograr que no se atrofien los músculos por no usarlos con frecuencia, y una vez conseguido esto, desarrollar su capacidad. El primer logro es superar la vida sedentaria, la inmovilidad y el estancamiento. El segundo logro es el crecimiento que puede lograr superar nuevas barreras. Creo que el corazón hay que ejercitarlo por las mismas razones: puede ser que la vida egoísta y la indiferencia nos vayan dejando un corazón endurecido, al que le cueste salir a entregarse, que no logre servir con generosidad. Ante esta situación debemos ponernos otra vez en movimiento, volver a ejercitar nuestra generosidad y desinterés, volver a entrenar nuestra sensibilidad para ver y responder a las necesidades de nuestros hermanos. Los primeros ejercicios de alguien que hace mucho no se entrena, suelen provocar dolores y calambres… a veces al corazón le incomoda el amor, es que nos está faltando entrenamiento. Seguramente nadie tenga su capacidad de amar totalmente paralizada, pero todos podemos aceptar el desafío de crecer en el ejercicio del amor generoso. Para eso recorremos este tiempo de Cuaresma, para revisar qué partes de nuestro corazón se han ido endureciendo y realizar ciertas prácticas que nos ayuden a ponernos en movimiento.
Desde muy antiguo, la tradición bíblica propone tres ejercicios fundamentales: la oración, el ayuno y la limosna (Mt 6, 1-18). La oración es ponernos ante quien nos ama de verdad, frente a la fuente del amor. Rezar es hacer experiencia de sabernos amados por Dios, el mejor impulso para amar a los hermanos. El ayuno nos es únicamente privarse de ciertas comidas, sino principalmente evitar todo lo que nos impide amar: ayunar de palabras hirientes, de gestos egoístas, de prácticas injustas. Ya lo decía el profeta:
“Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Is 58,6-7).
Por eso, como consecuencia de este ayuno, viene la limosna, que no es dar por lástima, sino la práctica consciente y responsable para lograr que todos tengamos lo necesario para vivir.
Que en esta Cuaresma hagamos mucho ejercicio. Nuestro corazón estará agradecido! ¿Cuál va a ser tu ejercicio hoy?
P. Willy