David Jewett en el Imperio de Brasil
Por historiascuriosas
  
Viernes, 09/01/2015
El marino de los Estados Unidos don David Jewett, que había engrosado su currículum con las acciones navales desarrolladas en su patria y luego en las Provincias Unidas del Río de la Plata, arribó al puerto de Río de Janeiro, por aquel entonces capital del Brasil, al promediar el año de 1822. Procedía del Río de la Plata y se hallaba al mando de la nave de su propiedad “Maipú”, armada con 18 cañones de “a 18”, 100 hombres de tripulación y 284 toneladas de desplazamiento, características éstas que le otorgaban amplia superioridad sobre otras naves similares de la época y que le brindaron a Jewett la posibilidad de ser incorporado a la incipiente escuadra naval de la Corte de Brasil.
Esta embarcación, que había navegado con el nombre de “Vicuña” bajo la bandera de Chile hasta el momento de ser capturada por los españoles, en oportunidad de hallarse navegando en aguas del Océano Pacífico, habría de ser apresada posteriormente por la fragata “Heroína”, de las Provincias Unidas, y consignada al armador norteamericano Juan A. Daniels, naturalizado argentino, de quien la historia no rescata elogiosos actos de honradez, merced a su accionar en el comercio marítimo, actividad que no desarrolló con gran decoro.
Con el correr del tiempo el “Maipú” había pasado a ser propiedad del capitán Jewett, quien habría de venderlo al Emperador de Brasil para ser destinado al servicio de la marina imperial con el nombre de “Caboclo”.
La adquisición de la nave por parte del emperador respondía a la imperiosa necesidad de las autoridades navales de contar con una fuerza acorde a las circunstancias. Pero el crecimiento incesante de la armada exigió una mayor concentración de hombres para completar las tripulaciones de las naves que ya estaban en condiciones de ser lanzadas al mar.
Surge allí que ante la falta de oficiales nativos que ocuparan los cargos que requerían mayores responsabilidades fue necesario proceder a una prolija selección de oficiales extranjeros (exceptuando a los portugueses) que se habían manifestado partidarios de integrar las filas de la armada, o bien los que fueron convocados o invitados por el gobierno a prestar servicios como tales.
Jewett fue el primer oficial extranjero que se incorporó a la incipiente Armada Imperial en circunstancias político-militares que motivaron múltiples y sucesivos inconvenientes a la cúpula gubernamental.
Fue así que las autoridades de la marina, que no desconocían la brillante foja de servicios del marino, le ofrecieron ingresar a la armada, proposición que fue aceptada en razón de su marcada devoción por la libertad.
Junto a oficiales de larga experiencia en el arte naval, tanto en tiempo de paz como en la contienda, tales como Crosbie, Grenfel, Cochrane y otros, David Jewett fue uno de los cinco oficiales extranjeros que alcanzaron más alto rango militar en las filas de la Armada Imperial.
El 6 de octubre de 1822, Jewett es designado comandante de la fragata “Unión”, con el grado de capitán de mar y guerra, para suceder en el mando de la nave al oficial de la misma jerarquía Luis da Cunha Moreira.

A fines de 1822 llegó a Río una noticia que daba cuenta que las tropas portuguesas que ocupaban la ciudad de Montevideo se hallaban prontas a partir hacia Europa, por lo cual el gobierno imperial mandó a organizar una división naval cuyo mando le fue confiado al capitán Jewett, que izaba su insignia en la fragata “Piranga”, ex “Unión”, encabezando el convoy destinado al embarque de los lusitanos.
Es la primera vez que vemos actuar a Jewett como oficial de la Armada Imperial desde que se decretara su ingreso a la mencionada fuerza. Acompañaban a la nave capitana en esa acción varios navíos de guerra y buques mercantes en cuyas bodegas se almacenaban víveres y alimentos para colmar las necesidades de 300 tripulantes en un viaje hasta Lisboa.
Fue así que el 22 de noviembre de 1822 los navíos de la Armada Imperial que integraban la expedición, soltaban amarras bajo el mando del primer oficial extranjero que honraría la bandera brasileña en el mar durante dos décadas.
En importante acto bautismal que presenciaron alborozados los habitantes de Río y Niterói era izada por primera vez la enseña del Brasil en los mástiles de sus navíos; el estruendo de los tiros de la artillería de marina, saludando al pabellón del noble pueblo americano, otorgaban digno marco a tan emotiva ceremonia.
Por esa fecha la primera escuadra de la marina contaba con unos 2000 hombres y aproximadamente 270 cañones.
Algunas horas después el capitán Jewett impartía la orden de zarpada de la escuadra rumbo a Montevideo, llegando a su puerto el 29 de noviembre de 1822, entregando las naves que le fueron confiadas por la superioridad para reforzar las fuerzas navales de Maldonado y finalmente emprendiendo el regreso al puerto de partida, llegando el 12 de enero de 1823.

Hacia 1825, ya transcurridos tres años desde el ingreso de Jewett a la Armada Imperial, había participado de acontecimientos de notable factura que permitieron la expulsión de los portugueses de las provincias de Bahía y de Maranhao, llevándolas juntamente con la de Pará a unirse al imperio. Estas conquistas le habían posibilitado a la escuadra imperial la captura de más de cien embarcaciones enemigas, sin contar los navíos de guerra.

Con el nacimiento del año 1826 había estallado la guerra entre el Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata y el 10 de abril de 1826 Jewett es nombrado segundo comandante de las fuerzas navales del imperio.
Pero, ¿lucharía Jewett desde un puesto de tan alto mando militar, en el enfrentamiento bélico contra las fuerzas navales que había integrado cinco años atrás, tal vez para ordenar un ataque sobre sus propios ex camaradas o subalternos?
Dos días después, el 12 de abril, el nombramiento fue dejado sin efecto a raíz de la presencia de Jewett ante las autoridades sanitarias de la Armada solicitando parte de enfermo.
Su estrategia respondía a una condición de honor, pues no obstante su evidente negativa de luchar contra el país al cual había servido, aceptó solícito una comisión otorgada por el gobierno imperial para dirigirse a su país natal; la misión, ordenada por aviso del 8 de julio de 1826, consistía en conducir desde los Estados Unidos hacia Brasil a una de las dos naves que el gobierno imperial había mandado construir en astilleros norteamericanos.

Finalizada esa misión estuvo de regreso en Río de Janeiro el 27 de enero de 1827. Mas este viaje a su tierra natal había sido para Jewett de doble significación, porque mientras cumplía eficientemente las órdenes de la superioridad conoció a Eliza Mc Tiers, hija de Agustine H. Lawrence, consejero municipal de Nueva York, con quien contrajo enlace antes de emprender el regreso a Rio de Janeiro.

Jewett continuará escribiendo páginas de gloria en la historia del Imperio de Brasil, protegiendo su comercio marítimo, evitando el tráfico de esclavos en las costas africanas, comandando los navíos armados anclados en Río de Janeiro, comandando las fragatas “Constitución” y “Bahiana”, y comisionado en Estados Unidos para adquirir armas y municiones.

Así, dando cumplimiento a esta misión, a mediados del año 1836 culmina la actividad militar de nuestro biografiado, luego de haber transcurrido más de medio siglo de su primer contacto con el mar.
Jewett abandona la carrera de las armas cuando ya había cumplido sesenta y cuatro años, no regresando a su tierra natal, sino que por el contrario, prefiere pasar los últimos años de su vida en Río de Janeiro donde lo encuentra la muerte el 26 de julio de 1842 a los setenta años de edad. Su esposa, Eliza Mc Tiers, abatida por la pena, fallece algunos meses más tarde. Los restos mortales del gran lobo de mar descansan en el cementerio de Cotumbí, Río de Janeiro, inaugurado en 1850 por la Hermandad de los Mínimos de San Francisco de Paula.

Véase: JOSÉ ANTONIO DA FONSECA FIGUEIRA, David Jewett. Una biografía para la historia de las Malvinas, Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1985, pp. 141-187


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