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SÓCRATES Y JESÚS (por Antonio Gómez Robledo)
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Martes, 11/11/2014
SÓCRATES Y JESÚS (por Antonio Gómez Robledo)
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“Quienes vivieron antes de Cristo y buscaron, a la luz de la razón humana, conocer y dar razón de las cosas, fueron puestos en prisión como impíos e indiscretos. A Sócrates, que se aplicó a ello con más ardor que nadie, se le hicieron las mismas acusaciones que a nosotros. Decían de él que introducía divinidades nuevas y que no creía eh los dioses admitidos en la ciudad. De su república arrojó a los malos demonios y a las divinidades que cometían los crímenes que cuentan los poetas, y expulsó también a Homero y a los demás poetas, apartando de ellos a los hombres y exhortándolos a conocer por la razón al Dios que ignoraban. No es fácil, decía Sócrates, encontrar al Padre y Creador del universo, ni tampoco, cuando se le ha encontrado, revelarlo a todos. Es lo que ha hecho Cristo por su propio poder. Nadie creyó en Sócrates, hasta que murió, por lo que enseñaba. Pero en Cristo, a quien Sócrates conoció en parte (puesto que era el Verbo que está en todo, que predijo el porvenir por los profetas y que tomó personalmente nuestra naturaleza para enseñarnos estas cosas), en Cristo creyeron no solamente los filósofos y los letrados, sino los artesanos e ignorantes en general, y por él menosprecian la muerte; porque él es la virtud del Padre inefable y no una producción de la razón humana.” San Justino.

“Cuanto a nosotros, no reivindicamos más a Cristo para la filosofía, ni a Sócrates para el cristianismo, pues sabemos que nada puede alcanzar la excelsitud del Evangelio. Pero con Justino, damos también testimonio de que en Sócrates ha obrado asimismo el Logos, y de que el siervo de la verdad es siervo de Dios.” Adolfo von Harnack.

No es diferente de esta apreciación la del filósofo católico Etienne Gilson, al comentar este otro texto célebre de San Justino: ¨Todo cuanto en todos los demás ha sido bien dicho, nos pertenece a los cristianos.¨ ¨He aquí -comenta Gilson- formulada desde el siglo II en términos definitivos, la carta eterna del humanismo cristiano.¨

Se verá también cómo los pensadores medievales comparten la idea formulada por los apologistas griegos, de que en los filósofos antiguos que de alguna manera conocieron la verdad, hubo una revelación natural del Verbo divino; y no sólo se siente así en la escuela agustiniana, ya que Santo Tomás hace suya reiteradas veces la fórmula de San Ambrosio, según la cual toda verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo: Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est.

Teniendo todo esto presente, cree Gilson que no hay ninguna intención pagana, antes todo lo contrario, en la famosa invocación de Erasmo: Sancte Socrates, ora pro nobis. ¨Si, en efecto, -se pregunta el filósofo francés- Sócrates fue cristiano a causa de su participación en el Verbo, y por esto, y a instigación del demonio, fue condenado a muerte ¿no es un mártir? Y si es un mártir ¿no es un santo?¨

La cristianización de Sócrates, si podemos decirlo así, se mantiene, pues, de manera constante a través de la Edad Media y el Renacimiento, y en el siglo XVII (1652) aparece, sin sorpresa de nadie, el Socrate chrétíen del escritor Guez de Balzac, libro que, por lo demás, no se ocupa para nada del personaje histórico. En opinión de Gilson, no es Balzac, sino Pascal, quien verdaderamente escribe el tratado del socratismo cristiano, que se contiene en sus muchos y admirables pensamientos sobre el conocimiento del hombre, como, por ejemplo, es el siguiente:

¨Es preciso conocerse a sí mismo, pues aunque esto no sirviera para encontrarla verdad, serviría por lo menos para ordenar su vida, y nada hay más justo.¨ Es ésta, probablemente, la más pura resonancia del imperativo délfico-socrático en la conciencia cristiana.


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