Mirar desde adentro

Por
lourdes
Lunes, 06/10/2014
Hace algún tiempo, leyendo la crónica de un festival de cine, supe de una película israelí llamada “Llenar el vacío”. Pensé que nunca iba a poder verla, ya que no es mucho el cine de ese origen que llega a nuestro país, y menos una película pequeña y de bajo presupuesto. Pero increíblemente la encontré. La historia se desarrolla dentro de una comunidad de judíos ortodoxos. Shira, la protagonista, tiene planes de casamiento, pero su hermana muere imprevistamente al dar a luz a su primer hijo. La madre de ambas, propone que Shira se case con su cuñado, para hacerse cargo del niño y, tal vez, llenar el vacío al que se refiere el título. Como pueden ver, se muestra un mundo con reglas extrañas para nosotros: matrimonios sugeridos por la familia, leyes estrictas y tradiciones fuertes. Pero lo más interesante, es que la película fue dirigida por una mujer perteneciente a la comunidad ortodoxa. Esto hace que las costumbres y normas estén reflejadas con naturalidad. Me pregunto qué hubiera pasado si la misma historia era filmada por alguien ajeno a esa cultura. Seguramente se podría percibir un tono de extrañeza y tal vez de crítica a ese mundo. Pero mirado desde dentro, es un mundo armonioso, alegre, con libertad y amor.
La única manera de conocer y comprender una realidad, es mirarla desde dentro, vivirla y experimentarla. Los prejuicios y las discriminaciones, en general nacen del desconocimiento y la ignorancia. En los medios de nuestro país se discute largamente el tema de la seguridad y su relación con la pobreza y la marginalidad. Creo que muchas de las opiniones que se dicen de modo tan irresponsable, nacen de un profundo desconocimiento de la realidad concreta de las personas que delinquen. Si pudiéramos vivir en la piel de esas personas, en los zapatos de su familia, ¿se seguiría diciendo lo mismo?
Pero, ¿cómo ponernos en la situación del otro? ¿cómo ver la realidad desde sus propios ojos? Obviamente esto es imposible. Cada uno de nosotros tiene una experiencia parcial y limitada. Yo no puedo saber con certeza lo que siente una mujer ante su bebé, lo que vive un anciano en su soledad, lo que sufre un migrante alejado de su tierra, lo que se angustia alguien que no tiene dónde pasar la noche. Yo no puedo conocer a fondo estas experiencias por el simple hecho de que no vivo ninguna de estas realidades. Yo, como todos, puedo mirar el mundo desde lo que soy, desde mi historia y mi lugar. Esto no es ni bueno ni malo, es simplemente lo que sucede.
Pero frente a la conciencia de la limitación de mi mirada, se me presentan dos desafíos: por un lado, entrar en diálogo con los otros, para poder oír sus historias, conocer sus deseos y acercarme a sus sufrimientos. Cada vez que vivimos un verdadero encuentro, nuestra mirada se amplía y se agranda. Y eso nos abre al segundo desafío: intentar ponerme en la situación del otro. Es un intento imposible, que nunca podremos hacer plenamente, pero es nuestro deber intentarlo, imaginar lo que se vive en esa realidad distinta a la mía.
Las madres tienen esa riqueza y esa limitación. La experiencia del embarazo y la crianza hace que conozcan a sus hijos e hijas de una manera única. “Lo conozco como si lo hubiera parido”, dice el dicho, sabiendo que esa experiencia brinda uno de los conocimientos más profundos que se puede tener. Pero a la vez, las madres tienen que aceptar su limitación: su hijo/a también es un “otro”, un misterioso, un abismo al que apenas podrán asomarse. Tal vez, en esa doble certeza podrán acompañar ese regalo que Dios ha puesto en sus manos, no para que lo retengan sino para que lo ayuden a volar. Feliz día a todas las madres y que el Espíritu abra nuestras mentes y corazones para saber mirar desde adentro.
P. Willy

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