Desde la parada de colectivo alguien le pregunta al chofer: “Maestro, ¿me lleva hasta Cabildo y Juramento?”. Otro, mirando a su jugador de futbol favorito, exclama admirado: “¡Este pibe es un maestro!”. Al terminar el concierto, alguien grita desde la platea: “¡No te mueras nunca, maestro!”. Al escuchar el relato de sus aventuras, los amigos lo aclaman: “¡Qué maestro!”… seguramente, ninguno de los que dijeron estas frases está pensando en la capacidad docente de los protagonistas. La palabra “maestro” ha venido a utilizarse casi como una muletilla que puede aplicarse a cualquiera, más allá de su instrucción, cultura, trabajo o capacidad. Todos podemos ser “maestros”… y esa es una verdad grande e importante.
En estos días escuché a dos madres que relataban una experiencia parecida. A una la escuché por la televisión, a la otra en un diálogo personal. Ambas tenían varios hijos, pero uno de ellos tenía algún grado de discapacidad. Las dos tenían la misma certeza: la presencia de ese hijo/a había hecho de ellos una mejor familia. Ellas descubrían que ese hijo, en sus limitaciones, les había enseñado un montón de cosas a ellos como padres y a sus hermanos. Estaban seguras que sus familias habían aprendido a ser más abiertas, más pacientes, más cuidadosas y cariñosas. Justamente ese hijo que tal vez no podía hablar, que se movía con dificultad, que requería una atención especial… ese, había sido el gran maestro de la familia.
Esta experiencia viene a recordarnos que todos tenemos capacidad de enseñar, de enriquecer a otros, de transmitir la riqueza que somos y tenemos. Todos podemos ser verdaderos maestros de la vida. No hace falta ser especial, no importa la instrucción que tengamos, todos tenemos saberes y talentos que se nos han sido confiados para regalar a los demás. Nadie en esta vida es una caja vacía que los demás tienen que llenar, nadie es “bueno para nada”. Todos sabemos, aunque no todos sabemos las mismas cosas. Algunos saben escuchar, otros saben hablar, algunos saben ser motor, otros saben ser vagón, algunos saben expresar, otros saben hacer. Si todos sabemos, entonces, todos somos maestros y todos alumnos en la escuela de la vida. Nadie es tan ignorante que no tenga nada que enseñar, nadie es tan sabio que no tenga nada que aprender.
Aunque parezca lo contrario, creo que algo de esto es lo que Jesús enseña en el Evangelio de Mateo cuando dice:
“En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ¨maestro¨, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos” (23,8).
Jesús no quiere que en su comunidad se usen los títulos de maestro, padre o doctor (qué ironía que a los sacerdotes se nos diga “padre” cuando el Evangelio es tan claro… pero eso será para otro día). La comunidad cristiana es una comunidad de hermanos, donde nadie puede ponerse por encima del otro, donde todos son únicos y valiosos. Si alguien ocupa un lugar especial, esos son justamente los pequeños, que son el centro de la comunidad. Pero nadie tiene que ponerse por sobre sus hermanos como único poseedor de la verdad, como dueño de la voluntad de Dios y sus proyectos. Por eso, decir que nadie debe ser llamado maestro, es una manera de recordar que todos somos maestros, porque todos podemos reflejar y encarnar algún aspecto de Jesús, nuestro verdadero Maestro.
En este mes saludamos a todos los que tienen la vocación docente y pedimos que el Señor los renueve en esta hermosa de tarea de educar, es decir, de ayudar a sacar la luz interior que ya está en sus alumnos. Y todos nos preguntamos, ¿en qué soy maestro yo?
P. Willy