El recuerdo del sabor y el sabor del recuerdo

Por
lourdes
Martes, 15/07/2014
Me sucedió hace algunos años. Era la primera vez que había puesto una planta de tomates en el jardín y recién cortaba mi primer fruto. A la vista no era nada extraordinario: bastante pequeño, no muy parejo y lejos de la perfección roja y esférica de los tomates ideales. Pero obviamente tenía el valor de que a este tomate yo lo había visto crecer, madurar y que era fruto de mi jardín. Me preparé especialmente para saborearlo. Corté un pedacito y, al morderlo, mi memoria se activó con un recuerdo largo tiempo olvidado. El sabor intenso me hizo presente el jugo de tomates que tomaba de niño. Era algo que ya casi no recordaba, pero al sentir el sabor de un tomate natural, se despertó en mí la memoria de esta bebida de mi niñez: en los días de calor, preparábamos un refresco con tomates licuados y mucho hielo. Seguramente los tomates de aquella época tenían un gusto más fuerte y natural, por eso mi memoria se activó al volver a sentir ese sabor otra vez.
Tal vez todos tenemos alguna experiencia de sabores que nos hacen presentes ciertos recuerdos. La ciencia tiene una explicación para este fenómeno, pero aunque ignoremos las causas, todos hemos experimentado que hay comidas que nos recuerdan personas, lugares, tiempos. Es famoso el episodio narrado por M. Proust que al comer una magdalena mojada en té, sintió que un mundo de recuerdos se agolpaba en su interior. A tal punto se despertaron sus evocaciones del “tiempo perdido”, que las memorias suscitadas por este recuerdo dieron lugar a un libro en siete tomos!! Nunca una simple magdalena fue tan fructífera para la literatura…
Imagino que para que este poder evocador de los sabores pueda activarse, es necesario que nos predispongamos con una sensibilidad especial. Supongo que el tomate que comí tendría más gusto que los habituales, pero seguramente también influyó mi expectativa y deseo al probarlo. En el día a día, apurados por urgencias y necesidades, nos alimentamos sin disfrutar y tragamos sin percibir. Comer no es lo mismo que saborear…
Esto que nos pasa con las comidas y los sabores, de algún modo también nos pasa con la vida: podemos vivir o saborear la vida. No es lo mismo. Saborear la vida es recorrer nuestro día con una sensibilidad mayor, atentos a percibir encuentros, sorpresas, palabras y colores. Dejarnos conmover por lo que vemos y escuchamos, permitir que lo vivido penetre en nuestro interior y nos movilice. El simple y sencillo acto de caminar por la calle puede ser hecho como gesto mecánico, en el que no vemos y oímos nada más allá de lo estrictamente necesario; o podemos recorrer el mismo camino estando atentos a los árboles, a los aromas, a las personas que se cruzan. Cuando caminamos tranquilos una calle que hemos transitado miles de veces, descubrimos cosas que nunca habíamos percibido antes. Nuestro campo de percepción se amplía y se multiplica nuestra capacidad de recibir. Y más aún si caminamos con un niño: ahí la misma calle se convierte en un campo de juegos, de descubrimientos y posibilidades.
Al saborear la vida, se activarán los recuerdos. Pero no únicamente la nostalgia que nos hace lamentar un pasado que no vuelve. Sino la memoria que nos permite celebrar lo vivido y aprender de lo experimentado. Por algo la palabra sabiduría tiene que ver con el sabor: el sabio no es aquel que estudió mucho, sino el que puede saborear la vida, disfrutando de sus dones y enriqueciéndose con sus enseñanzas.
Que el Espíritu, que es Señor y dador de Vida, nos conceda la gracia de poder disfrutar de ella como se disfruta de una buena comida, de un vaso de vino o de un mate (o tomate) compartido.
P. Willy

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