El Papa: ¡Cuánto daño hace a los necesitados la indiferencia humana!
El papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus, este domingo 6 de julio, desde la ventana de su despacho en el Palacio Apostólico junto a los miles de peregrinos y fieles congregados en la Plaza de San Pedro. Inspirado en el pasaje del Evangelio de este domingo, en el que Jesús llama a todos los afligidos y agobiados para aliviarlos con su amor y su palabra de esperanza, el Santo Padre expresó: “¡Cuánto daño hace a los necesitados la indiferencia humana! Y aún peor la de los cristianos. En los márgenes de la sociedad hay muchos hombres y mujeres probados por la indigencia, pero también por las insatisfacciones de la vida y las frustraciones”.
Jesús mismo buscaba a estas multitudes “para anunciarles el Reino de Dios y para curar a muchos en el cuerpo y en el espíritu”, explicó el Papa.
“Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días –dijo- para alcanzar a tantos hermanos y hermanas oprimidos por condiciones de vida precaria, por situaciones existenciales difíciles y muchas veces privados de válidos puntos de referencia…”
“Muchos más cargan con el peso de un sistema económico que explota al hombre y le impone yugos insoportables, que los pocos privilegiados no quieren cargar”, recordó.
“Una vez recibido el alivio y la fuerza del Señor estamos llamados a su vez a transformarnos en alivio y fuerza para los hermanos, con actitud paciente y humilde, a imitación del Maestro”, explicó.
Texto de las palabras del Papa
Queridos hermanos y hermanas, buenos días:
En el Evangelio de este domingo encontramos la invitación de Jesús, dice así: ¨Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré¨ (Mt. 11:28).
Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos las personas que encuentra todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente simple, pobres, enfermos, pecadores, marginados esta gente siempre le siguió para escuchar su palabra -¡una palabra que daba esperanza!
¡Las palabras de Jesús dan siempre esperanza! y también para tocar aunque solo fuese el borde de su manto. Jesús mismo buscaba a estas multitudes extenuadas y dispersas como ovejas sin pastor (cf. Mt 9:35-36): así dice Él, y las buscaba para anunciarles el Reino de Dios y para sanar a muchos de ellos en el cuerpo y en el espíritu. Ahora los llama a todos a su lado: ¨Vengan a mí¨, y les promete alivio y refrigerio.
Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por situaciones existenciales difíciles y, a veces privados de auténticos puntos de referencia.
En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas desamparadas y dispersas bajo el peso insoportable del abandono y de la indiferencia.
La indiferencia: ¡Cuánto daño hace a los necesitados la indiferencia humana! Y aún peor la de los cristianos. En los márgenes de la sociedad hay muchos hombres y mujeres probados por la indigencia, pero también por las insatisfacciones de la vida y las frustraciones.
Muchos se ven obligados a emigrar de su patria, arriesgando su propia vida. Muchos más, cada día, soportan el peso de un sistema económico que explota al hombre, le impone un ¨yugo¨ insoportable, que los pocos privilegiados no quieren llevar.
A cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, Jesús repite: ¨Vengan a mí, todos ustedes¨. Pero también lo dice a los que poseen todo. Pero cuyo corazón está vacío. Está vacío. Corazón vacío y sin Dios. También a ellos, Jesús dirige esta invitación: ¨Vengan a mí¨. La invitación de Jesús es para todos. Pero de manera especial para los que sufren más.
Jesús promete reconfortar a todos, pero también nos hace una invitación, que es como un mandamiento: ¨Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón¨ (Mt 11,29).
El ¨yugo¨ del Señor ¿en qué consiste? Consiste en cargar el peso de los otros con amor fraternal. Una vez recibido el alivio y consuelo de Cristo, estamos llamados también nosotros a ser alivio y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro.
La mansedumbre y la humildad de corazón no sólo nos ayuda a soportar el peso de los otros, sino a no pesar sobre ellos con nuestros propios puntos de vista personales, nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia.
Invoquemos a la Santísima Virgen María, que acoge bajo su manto a todas las personas desamparadas y dispersas, para que a través de una fe iluminada, testimoniada en la vida, podamos ser alivio para los que necesitan ayuda, ternura y esperanza.+