Les propongo un pequeño ejercicio de imaginación. Es el mismo con el que comenzamos el retiro de Cuaresma de este año. Como íbamos a reflexionar sobre la frase de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia”, aquella tarde les propuse que nos tomáramos un momento para ver qué imágenes nos venían a la cabeza cuando pensamos en vida abundante. Los invito a que antes de seguir leyendo, se detengan y hagan también ustedes el ejercicio: ¿con qué imagen asociarían la vida abundante? ¿cómo la representarían?...
¿Ya lo pensaron? A mí mente vinieron varias imágenes y cuándo me puse a analizarlas, me di cuenta que eran un poco “contradictorias”. Me imaginé una mujer embarazada y un niño, pero también un anciano de muchos años. Imaginé muchos paisajes de la naturaleza, un puñado de semillas y un campo lleno de frutos… y me puse a pensar ¿qué representa mejor la vida: el niño que está comenzando o el anciano que tiene un largo camino recorrido? ¿hay más vida en las semillas que están llenas de promesas o en un campo repleto de girasoles florecidos? ¿es más símbolo de vida el joven lleno de fuerzas o el enfermo que lucha día a día por salir adelante? ¿quién ama más la vida? ¿quién es mejor imagen de fecundidad, la madre de muchos hijos o aquella que sueña y lucha por lograr comunicar vida? Difícil elegir… tal vez cada uno representa la vida en sus múltiples variaciones y colores. La vida abundante no tiene que ver con un estado o condición, sino con deseos, sueños, luchas y logros, en definitiva, con la pasión.
Como iglesia nos disponemos en este mes a celebrar los momentos cumbres de la historia de Jesús: su muerte y resurrección. Es bien sugerente que llamemos a estos episodios la “Pasión” de Jesús. Es pasión porque es algo que “padece”, que sufre. Pero sobre todo es pasión porque en ellos se nos muestra el amor apasionado de Jesús: el amor por el Reino, por el Padre y por toda la humanidad. Por algo el evangelio de Juan introduce el relato con esta frase:
“Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).
En esos días, Jesús lleva su amor hasta las últimas consecuencias. Él no vive un amor tibio, mediocre o cobarde. Como ama apasionadamente, no deja que el temor ponga freno a la expresión del amor y se enfrenta a la misma muerte para demostrarlo.
Aunque suene paradójico, tal vez el momento en que Jesús estuvo más vivo fue el momento de su muerte. Porque en la cruz el tomó su vida en sus manos y la entregó con entera libertad. No quiso reservarse nada para sí, sino que hizo de todo su ser una ofrenda, entregando su Espíritu en las manos del Padre para la salvación del mundo. Hay que ser muy dueño de la propia vida para poder entregarla como regalo. Y el Padre no fue indiferente al gesto del Hijo, sino que le respondió desde la Vida en abundancia de la Resurrección. El Padre muestra que ni la misma muerte tiene el poder de apagar una vida llena de amor, una vida apasionada y generosa.
Por todo esto, celebrar la Semana Santa es una gran invitación a renovar nuestras “pasiones”, a pensar ¿a quiénes o qué estamos amando apasionadamente? Para que la Semana Santa no se vuelva una serie de ritos vacíos de sentido, tradiciones que seguimos sin pensar, es necesario que recordemos que celebramos lo que deseamos vivir. Necesitamos volver a recordar las palabras, realizar los gestos y repetir los rituales, con la esperanza de que eso renueve nuestra entrega cotidiana, nuestro deseo de hacer carne en nosotros lo que falta a la Pasión de Jesús (cf. Col 1,24). Creemos que la historia de Jesús es la que nos da la clave y la pista en el camino de la vida abundante. Cuando dejamos que nuestras opciones sean guiadas por el amor apasionado, nuestra vida se llena de sentido y de fuerza. Solamente entregando la vida, donando nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestro propio ser, obtendremos la vida en abundancia. Revivir los gestos y las palabras de Jesús, es una oportunidad para dejarnos contagiar por su arriesgada generosidad y por su alegre confianza.
Que Jesús nos regale vida en abundancia. ¡Feliz Pascua!
P. Willy