Yo cambio, tu cambias, él cambia... ¿nosotros cambiamos?

Por
lourdes
Sábado, 01/03/2014
Hace algunos años, una maestra me contaba que ella tenía por costumbre, al empezar el año con un grupo nuevo, no charlar demasiado con la maestra anterior ni leer los informes de los que iban a ser sus alumnos. “Me gusta darme la oportunidad de conocer a los niños directamente, no quiero que me ganen los prejuicios, los chicos cambian de un año para el otro”. Recién después de un tiempo se ponía a leer el registro de los años anteriores y de esa manera se ponía al tanto de lo que había pasado con esos niños que estaba empezando a conocer.
No sé si es una buena estrategia pedagógica, como todas las opciones será discutible y tendrá beneficios y puntos en contra. Lo que me interesa, más allá de la herramienta, es el deseo de no dejarse influir por las experiencias anteriores y buscar la posibilidad de darle al otro la oportunidad de haber cambiado. ¡Y cómo cambian los niños de un año para el otro! Al volver a encontrarlos después de las vacaciones uno percibe sus cambios físicos, pero también de personalidad. Es increíble comprobar cómo unos meses de vacaciones pueden mostrar patentemente el proceso de crecimiento.
Pero lo cierto es que no sólo los niños cambian, todos lo hacemos. Tal vez en ellos es más visible y notorio, pero todos estamos en continua transformación. Cambiamos nuestras ideas, nuestro modo de ver, nuestras relaciones y nuestras opciones. Es verdad que hay cosas que no cambian en uno, pero si es verdad que estamos en crecimiento, eso quiere decir que estamos en proceso de cambio. Mientras hay vida, hay transformaciones, a veces más grandes y llamativas y otras más imperceptibles. Porque la única manera de no cambiar, es no vivir. Por eso un poeta, mirando con nostalgia otro tiempo de su vida, puede decirle a su antigua amada: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
Como somos seres sociales, el cambio de uno afecta al entorno. Esto es fácilmente comprobable en una familia: cuando un miembro modifica su conducta, todo el resto se ve afectado. El mal humor de uno contagia al resto, la buena disposición de otro ayuda a que todos se vuelvan más colaboradores, el crecimiento de la violencia en uno solo hace que toda las relaciones se vuelvan más vulnerables…
Esta misma dimensión social de nuestra vida hace que para que podamos cambiar sea necesario que los demás permitan nuestro cambio y tal vez contribuyan a él. Cuando alguien busca crecer, muchas veces esa transformación es entorpecida por los que tiene alrededor que no aceptan que sea diferente a lo que ellos conocieron. Si tal vez quiere dejar de hacer lo que siempre hizo, si quiere empezar a relacionarse de otra manera, si desea dedicarse a algo nuevo, en todos los casos va a poder hacerlo mucho más fácilmente si su entorno lo alienta o, por lo menos, no se lo impide. En cuanto se encuentre con el reclamo “pero si siempre lo hiciste” o la pregunta “¿y ahora qué se te dio?”, va a tener que luchar mucho más por conseguir su transformación.
Como iglesia estamos viviendo la Cuaresma, tiempo de conversión y búsqueda. Viviremos este proceso comunitariamente, porque si bien es cierto que la conversión es una tarea personal, también sabemos que el cambio de cada uno de nosotros afecta a los demás y que tenemos que permitirnos y alentarnos mutuamente en nuestros crecimientos. Lo hacemos con la meta en el Resucitado, aquel que transformó la muerte en vida y por eso nos alienta con la esperanza de que todo puede ser renovado.
P. Willy

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