Para entender esta paradoja, primero tenemos que explorar la psicología del pecado, con cierta ayuda de San Pablo.
Resulta iluminador el uso que hace San Pablo de la palabra «ira» en su Carta a los Romanos: «
En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos.» (Rom 1, 18-22)
Esto podría resumir bien el «cargo» presentado contra Jerusalén en la corte celestial: Dios dio su revelación a Israel, incluso la plenitud de su revelación en Jesucristo; pero el pueblo no le glorificó ni le dio gracias; más aún, aprisionaron la verdad matando a Jesús y persiguiendo a su Iglesia. Por eso, «la ira de Dios se ha revelado» («apocaliptizado») contra Jerusalén.
¿Qué pasó entonces? Seguimos leyendo en Romanos: «
por eso Dios los abandonó a los malos deseos de sus corazones, a la impureza, al deshonor de sus cuerpos entre ellos mismos» (Rom 1, 24). Un momento: ¿Dios los entregó a sus vicios?, ¿los deja seguir pecando?
Pues... sí, y eso es una terrible manifestación de la ira de Dios. Podríamos pensar que los placeres del pecado son preferibles al sufrimiento y a la calamidad, pero no lo son.
Tenemos que considerar el pecado como una acción que destruye nuestro vínculo familiar con Dios y nos aparta de la vida y de la libertad. ¿Cómo sucede esto?
Tenemos la obligación, ante todo, de resistir la tentación. Si entonces fallamos y pecamos, tenemos la obligación de arrepentirnos inmediatamente. Si no nos arrepentimos, Dios nos deja que vayamos a lo nuestro: permite que experimentemos las consecuencias naturales de nuestros pecados, los placeres ilícitos. Si seguimos sin arrepentirnos mediante la abnegación y los actos de penitencia Dios permite que continuemos en pecado, formando así un hábito, un vicio, que oscurece nuestro entendimiento y debilita nuestra voluntad.
Una vez que estamos enganchados a un pecado, nuestros valores se vuelven del revés. El mal se convierte en nuestro «bien» más urgente, nuestro más profundo anhelo; el bien se presenta como un «mal» porque amenaza con apartarnos de satisfacer nuestros deseos ilícitos. Llegados a ese punto, el arrepentimiento llega a ser casi imposible, porque el arrepentimiento es, por definición, un apartarse del mal y volverse hacia el bien; pero, para entonces, el pecador ha redefinido a conciencia tanto el bien como el mal.
Isaías dijo de tales pecadores: «
¡Ay de aquellos que llaman mal al bien y bien al mal» (Is 5, 20).
Una vez que hemos abrazado el pecado de esta manera y rechazado nuestra alianza con Dios, sólo puede salvarnos una calamidad. A veces lo más compasivo que puede hacer Dios con un borracho, por ejemplo, es permitir que destroce el coche o que le abandone su mujer..., lo que le forzará a aceptar la responsabilidad de sus actos.
¿Y qué pasa cuando toda una nación ha caído en un pecado grave y habitual? Funciona el mismo principio. Dios interviene permitiendo una depresión económica, una conquista extranjera o una catástrofe natural. Bastante a menudo, una nación provoca estos desastres a causa de sus pecados. Pero, en cualquier caso, constituyen la más misericordiosa de las llamadas de atención. A veces, el desastre significa que el mundo que conocieron los pecadores está en vías de extinción. Pero, como dijo Jesús, «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su vida?» (Mc 8, 36). Más vale decir adiós a un mundo de pecado que perderse sin esperanza de arrepentimiento.
Cuando la gente lee el Apocalipsis, se aterroriza por los terremotos, langostas, hambrunas y escorpiones.
Pero la única razón por las que Dios permitiría estas cosas es porque nos ama. El mundo es bueno no nos equivoquemos acerca de esto, pero el mundo no es Dios. Si hemos dejado que el mundo y sus placeres nos gobiernen como si fueran dios, lo mejor que puede hacer el Dios real es empezar a remover las piedras que constituyen el cimiento de nuestro mundo.
Un mundo mejor espera un arrepentimiento recto y sincero. Vivir una vida buena no es vivir libre de tribulaciones, sino vivir libre de preocupaciones innecesarias. Las catástrofes les ocurren a los cristianos, del mismo modo que parece que a la gente malvada les suceden cosas buenas. Pero para un cristiano practicante, incluso los desastres son buenos; porque sirven para purificarnos de nuestros apegos a este mundo. Sólo cuando nos arruinemos, quizá, dejaremos de preocuparnos por el dinero. Sólo cuando nos veamos abandonados por nuestros amigos, dejaremos de intentar Impresionarles. Cuando nos quedamos sin dinero, podemos recurrir a la única cosa que nadie puede quitarnos: nuestro Dios. Cuando los amigos dejan de responder a nuestras llamadas, podemos, por fin, volvernos al Amigo que no cambia... a quien no podemos impresionar, porque nos conoce a fondo.
Pues, como revela el Apocalipsis, el Juez lo sabe todo de nosotros. El juicio no es exclusivo de Jerusalén. «
Se abrió también otro libro, el libro de la vida. Y los muertos fueron juzgados por lo que estaba escrito en los libros, por lo que habían hecho» (20, 12). Algún día, tú y yo seremos contados entre «los muertos» y seremos juzgados por lo que hayamos hecho. A lo largo del Apocalipsis, vemos que los santos entran en el cielo y «sus obras los acompañan» (14, 13). Nuestras obras forman parte de nuestra salvación; más aún, serán la materia de nuestro juicio.
Y lo que es más, no tenemos que esperar a estar muertos para ser juzgados. Estamos ante el tribunal cada vez que nos acercamos al cielo, como hacemos en cada Misa. Entonces, también, pedimos a nuestro Padre del cielo una misericordia perfecta, que es una justicia perfecta. Entonces, también, nos obligamos por una alianza con Dios. Entonces, también, recibimos el cáliz: para nuestra salvación o para nuestro juicio. Deberíamos acordarnos del juicio del Apocalipsis cada vez que oímos las palabras de la institución, que son las palabras de Jesús: «éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna».
FUENTE:
AVE MARÍA PURÍSIMA; SIN PECADO CONCEBIDA.
IHS