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La batalla del movimiento
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Martes, 03/12/2013
La batalla del movimiento
Los chicos de estos años cantan las canciones de Violeta, de Aliados o de algún otro programa televisivo. Pero los que fuimos niños hace más tiempo, tal vez recordemos esta pegadiza canción que cantaba Julieta Magaña, en la que iba invitando a mover las partes del cuerpo en un baile creciente. La canción tenía esa “virtud” de ser extremadamente pegadiza, así que cada vez que uno la escuchaba la seguía tarareando por unas cuantas horas.
Los años pasaron, los niños de esa época ya somos adultos, pero ahora bailamos otras batallas del movimiento. Ya no es al ritmo de una música infantil, sino al son de corridas al trabajo, tratando de llegar a fin de mes, llevando y buscando hijos, tratando de cumplir con las múltiples actividades que demanda la vida cotidiana. Nuestros cuerpos se siguen moviendo… pero ¿valen la pena estos movimientos? ¿No estaremos cumpliendo la frase de la chacarera: “tanto correr para llegar a ningún lado”?
Sin embargo, aunque muchas veces debamos revisar nuestras urgencias y apuros, también es cierto de que estar vivos demanda estar en camino, en movimiento, en búsqueda. Ahora que estamos próximos a la Navidad, podemos mirar los personajes que están en torno al Niño recién nacido, y descubriremos que todos los que lo supieron descubrir, valorar y acompañar, estaban en movimiento y en camino. Los únicos que se quedaron aferrados a su lugar, fueron los que no se dieron cuenta quién era Jesús.
María y José estaban de paso en un pueblo que no era el suyo. El decreto imperial que mandó hacer un censo, los obligo a salir de su casa en un tiempo poco propicio para hacerlo: el embarazo estaba ya avanzado. Y es así que vivieron el parto como peregrinos en un pueblo que no los pudo recibir como huéspedes. Los magos de oriente habían iniciado su camino hacía un tiempo, guiados por una estrella. Salieron de su tierra en búsqueda de un rey al que no conocían, pero al que querían adorar y honrar. Los pastores eran nómades por oficio y vocación. Cuidaban por turnos sus rebaños en el campo y recorrían las distancias necesarias hasta encontrar buenos pastos para sus animales. Creo que no es casual que todos sean peregrinos y caminantes…
Los únicos que permanecen fijos en un lugar son Herodes y los habitantes de Jerusalén. Los magos los consultan ya que ellos conocen las Escrituras sobre dónde iba a nacer el Mesías. Pero el rey y su corte nunca salen al encuentro, no caminan rumbo a Belén. Se quedan esperando las noticias que volverían a traer los magos. Y más aún, el temor del rey a perder su lugar, lo lleva a tomar la decisión de una cruel matanza infantil. Los habitantes de Belén tampoco pudieron moverse de sus lugares para hacerle sitio al recién nacido. Sólo pudieron ofrecerle un establo, ya que no había lugar para ellos en el albergue.
Esta característica de los personajes navideños se transforma en toda una clave para celebrar la Navidad y para seguir en nuestra vida. Si queremos encontrarnos con Jesús, si queremos celebrar su Buena Nueva, tendremos que ponernos en camino, en movimiento. Salir de nuestras ideas encerradas, movernos de los espacios donde nos sentimos seguros y arriesgarnos a lo nuevo, a lo desconocido. Ser peregrino significa reconocer que uno no llegó al lugar definitivo, que aún está en camino hacia allí. Y durante esta vida, nunca habremos llegado al lugar definitivo, siempre habrá cosas que cambiar, aprendizajes que realizar, descubrimientos que celebrar. El gran peligro es creer que ya hemos llegado, que ya lo sabemos todo, que nuestras ideas nunca van a cambiar. Esto es lo que hizo el rey Herodes, aferrarse con uñas y dientes a su trono para que nadie lo moviera de allí. Cada vez que nos endurecemos, provocamos muerte a nuestro alrededor.
Que el Niño que esperamos nos ponga en movimiento: que podamos salir al encuentro de otros, que salgamos de los rencores que nos endurecen, que sepamos vivir la Navidad como la fiesta del encuentro y la comunión. ¡Que tengan una muy Feliz Navidad!
P. Willy


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