Vivir viajando

Por
lourdes
Martes, 01/10/2013
Hace unos días, hojeando una revista, encontré un artículo sobre algunas personas que vivían continuamente en viaje. Eran parejas jóvenes que habían elegido no tener residencia fija, sino recorrer el mundo. Algunos llevaban ya unos años de esta forma de vida, manteniéndose con trabajos temporarios o con la venta de algunos artículos que ellos mismos fabricaban. A veces se empleaban para cuidar una casa y así se aseguraban la estadía en un lugar nuevo. Ellos hablaban de lo apasionante que era conocer diversas culturas, adaptarse a distintas costumbres e integrarse a situaciones que el turismo tradicional no permite.
Aunque me gusta mucho viajar, creo que no podría adaptarme a este estilo de vida. Las veces que tuve la oportunidad de conocer otros lugares lo disfruté muchísimo. Pero a la vez, también disfruté el regreso a mi gente y a mis cosas. Me pregunto cómo viven los vínculos y las relaciones estas personas que están continuamente de paso. ¿Con quién se conectan verdaderamente? ¿con quiénes hacen verdaderos lazos?
Mientras pensaba estas cuestiones, también me di cuenta que el riesgo de no relacionarse profundamente con nadie lo tenemos todos, incluso si nunca nos movimos de nuestro lugar. A veces el que está continuamente en viaje es el corazón, y por eso vamos por la vida sin afianzarnos en nada ni en nadie (“estamos en la luna”, dice la sabiduría popular). Podemos frecuentar siempre los mismos lugares y las mismas personas, podemos repetir rutinas diarias, pero podemos hacer todo eso sin poner el corazón en donde estamos. Estamos “de cuerpo presente”, pero sin comprometernos con lo que vemos, sin permitir que nadie nos conozca en profundidad. Vamos sobrevolando la vida, sin aterrizar en nuestra realidad.
Aunque, como siempre, también existe el peligro contrario: volvernos posesivos. A veces nos aferramos tanto a las personas, a los lugares o a las costumbres, que no permitimos que nada cambie. Todo lo que está vivo necesita crecer, y eso significa modificarse, moverse y comenzar de nuevo. Cuando no aceptamos esto, ahogamos la vida naciente. En nombre de un amor intenso y apasionado, a veces se quita libertad a la persona querida. En nombre de un compromiso con la tarea, a veces no se deja lugar a otros. Por miedo a perder nuestra parte, nos agarramos con todas nuestras fuerzas a lo que necesariamente tiene que seguir su camino (personas, situaciones, etapas de la vida, etc.).
Muchas veces encuentro claves para la vida cuando hago el jardín (más bien el patio). Este año decidí transplantar un par de rosales que estaban en maceta. Ya estaban crecidos y necesitaban más espacio, así que los pasé a un cantero de tierra. Como las macetas eran grandes, era imposible transplantarlo con toda la tierra, necesariamente algo se iba a caer. Traté de mantener la tierra que cubría las raíces, para que así soportaran el cambio y se pudieran adaptar al nuevo lugar. Creo que lo logré, por lo menos hace unas semanas empezaron a sacar hojas nuevas. Así me imagino que tendría que ser nuestra vida: que se adapte a los cambios, que pueda aceptar ser transplantada a nuevas situaciones y etapas. Pero que, a la vez, tenga raíces con las que nutrirse y alimentarse. Una planta sin raíces se muere, pero una que no puede cambiarse de lugar, posiblemente también sufra o no pueda desarrollar todo su crecimiento. De la misma manera, una persona sin raíces, es alguien solitario y egoísta, alguien que no se compromete con nada ni con nadie. Pero una persona aferrada también es alguien egoísta, sofoca a quien tiene al lado y sufre continuamente los desgarros del crecimiento.
Somos peregrinos en esta tierra, siempre estaremos en camino y en movimiento. Pero únicamente podremos crecer a través de vínculos sanos y fuertes. Que Jesús nos regale la sabiduría de saber combinar ambas verdades.
P. Willy

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