¡Madre de Dios, oh alabanza incomparable! ¿Qué más se puede decir en alabanza de María? Esta palabra es tan grande y elevada que, para quien bien lo piensa, creo que no se puede decir cosa de mayor gloria a la gloriosa Reina de los cielos. Esta alabanza supera a toda alabanza… ¡Madre de Dios! Por cierto… Madre de su Creador, Madre de su Padre, Madre de su Redentor, Madre de su Esposo, Madre del Creador del Universo, Madre del Padre de los Ángeles, Madre del Padre de la naturaleza humana, Madre del Padre de todas las criaturas, y por ello Madre de todas las criaturas!
Cristo nos amó y se entregó por nosotros. Padeció y murió en la Cruz para conseguirnos la vida eterna. Y antes de expirar nos dejó a Su Madre como Madre. María, que se cumpla la voluntad de tu Hijo: que seamos verdaderos y fieles hijos tuyos; Juan 19, 26-27: “Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.”
“Ésta es la última disposición, casi un acto de adopción. Él es el único hijo de su madre, la cual, tras su muerte, quedaría sola en el mundo. Ahora pone a su lado al discípulo amado, lo pone, por decirlo así, en lugar suyo, como su propio hijo, y desde aquel momento él se hace cargo de ella, la acoge consigo. La traducción literal es aún más fuerte; se podría expresar más o menos así: la acogió entre sus propias cosas, la acogió en su más íntimo contexto de vida. Así pues, esto es ante todo un gesto totalmente humano del Redentor que está a punto de morir. No deja sola a su madre, la confía a los cuidados del discípulo que le había sido tan cercano. De este modo se da también al discípulo un nuevo hogar: la madre que cuida de él y de la que él se hace cargo. Cuando Juan habla de hechos humanos como éste, quiere recordar ciertamente acontecimientos ocurridos. Sin embargo, lo que le interesa es siempre algo más que los hechos concretos del pasado.
El acontecimiento se proyecta más allá de sí mismo hacia lo que permanece. Así pues, ¿qué quiere decirnos con esto?
Un primer aspecto nos lo ofrece con la forma de llamar «mujer» a su madre. Es el mismo término que Jesús había usado en la boda de Caná (cf.Jn 2,4). Las dos escenas quedan así relacionadas una con otra. Caná había sido una anticipación de la boda definitiva, del vino nuevo que el Señor quería ofrecer. Sólo ahora se hace realidad lo que entonces era únicamente un signo precursor de lo que estaba por venir. El término «mujer» recuerda al mismo tiempo el relato de la creación, en el cual el Creador presenta la mujer a Adán. Adán reacciona ante esta nueva criatura diciendo: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer» (Gn 2,23). San Pablo ha presentado a Jesús en sus cartas como el nuevo Adán, con el cual la humanidad recomienza de un modo nuevo. Juan nos dice que al nuevo Adán le corresponde nuevamente «la mujer», que él nos presenta en la figura de María. En el Evangelio eso queda como una alusión callada de lo que se desarrollará después poco a poco en la fe de la Iglesia. El Apocalipsis habla de la señal grandiosa de la mujer que aparece en el cielo, abrazando allí a todo Israel, o mejor, a la Iglesia entera. La Iglesia debe dar a luz a Cristo continuamente con dolor (cf. 12,1-6). Otro paso en la maduración de la misma idea lo encontramos en la Carta a los Efesios, que aplica a Cristo y a la Iglesia la imagen del hombre que deja a su padre y a su madre y se hace una sola carne con la mujer (cf. 5,31s). La Iglesia antigua, basándose en el modelo de la «personalidad corporativa» —según el modo de pensar de la Biblia—, no ha tenido dificultad alguna para reconocer en la mujer, por un lado, a María en sentido del todo personal y, por otro, para ver en ella, abarcando todos los tiempos, a la Iglesia esposa y Madre, en la cual el misterio de María se prolonga en la historia. Como María, la mujer, también el discípulo predilecto es a la vez una figura concreta y un modelo del discipulado que siempre habrá y siempre debe haber. Al discípulo, que es verdaderamente discípulo en la comunión de amor con el Señor, se le confía la mujer: María – la Iglesia. La palabra de Jesús en la cruz permanece abierta a muchas realizaciones concretas. Una y otra vez se dirige tanto a la madre como al discípulo, y a cada uno se le confía la tarea de ponerla en práctica en la propia vida, tal como está previsto en el plan de Dios. Al discípulo se le pide siempre que acoja en su propia existencia personal a María como persona y como Iglesia, cumpliendo así la última voluntad de Jesús.”
Benedicto XVI | JESÚS DE NAZARET II
Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección:
Así, como por una mujer (EVA) entro el pecado en el mundo, por medio de una mujer María Santísima entro la redención. JHS. AVE María Purísima; Sin pecado concebida.
En la pasión de Cristo, María «tuvo un grandísimo dolor. La Virgen estaba iluminada interiormente más que cualquier criatura. ¿Crees que ella no conoció la pasión de Cristo, paso a paso? María tenía en su corazón casi todos los secretos de Cristo. La Virgen gloriosa tenía su alma, voluntad y razón en Dios; fija su voluntad en Dios, y no quería que el Hijo no padeciese; al contrario, lo quería y le era grata, porque se conformaba enteramente con la voluntad divina. No obstante, porque sabía que era razonable dolerse, dijo: quiero padecer yo también, quiero padecer también yo. Tenéis el ejemplo de la Virgen; por la gran conformidad que tenía con la voluntad de Dios, ella permaneció firme es esta tribulación, alegre y triste.»
El nombre de María es glorioso, santo y dulce. Es glorioso, porque quiere decir Señora; es santo, porque en ella es máximamente puro; es dulce, porque significa aquello que nos da, mil dulces consolaciones.
María es modelo de vida cristiana. Para todos, para los hombres, mujeres y niños. A los hombres se le aconseja la concordia de los ánimos y el espíritu de paz, porque María es «la madre del amor» y quiere que todos tengan «un solo corazón y una sola alma»; a las mujeres se le aconseja la modestia en el vestir, porque María es «madre del amor hermoso y no del amor mundano»; a los niños que sean devotos de María, recitar su Oficio y «la coronita» y encomendarse a ella «porque es su madre y los librará de todo mal». En particular, María es ejemplo para todos los cristianos «por la gran conformidad que tenía con la voluntad de Dios».
María está siempre pronta para escuchar a todos los que recurren a ella, porque es «clementísima», puesto que «ha dado a luz a la fuente de la piedad», y participa de la misma «bondad infinita de Dios». Ella sabe, puede y quiere hacerte todo bien; es necesario, todavía, que tú también lo quieras.
«Tenemos a Cristo por nuestro gobierno, y junto a él a la Virgen nuestra abogada, que no falta jamás a quien recurre a ella pidiendo su ayuda».
Sé nuestra abogada, porque tú eres nuestra madre; tú, Señora nuestra, tú Vida nuestra, tú Dulzura de nuestro corazón; tú eres toda nuestra esperanza. Ábrenos, pues, porque abriendo tú la mano todas las cosas se llenarán de bondad; y apartando tu vista todas quedan turbadas. Se tú, María, el principio y el fin de nuestra conversación. Queremos, oh María que tú seas nuestra Reina y que tú vengas a reinar en nuestros corazones, porque eres tan humilde y tan benigna. Oh Señor, tú eres nuestro Rey, queremos todavía a esta Reina, tan iluminada… Ella es la abogada de los pecadores, y nosotros cometemos muchos pecados. Oh María, intercede por nosotros, Tú que abundas en riquezas, infúndelas en nosotros.
“Madre mía impétrame la remisión de los pecados y la gracia por la que yo pueda resistir a las tentaciones y mantener siempre firme el buen propósito de no pecar y de perseverar en él hasta la muerte. Dígnate, Virgen y Madre intacta, obtenerme una verdadera obediencia, una profunda humildad de corazón, una pura castidad de corazón y de cuerpo, a fin de que con pureza de corazón pueda servir a tu Hijo amado y a ti, Reina del Cielo. Dígnate, altísima Señora, alcanzarme la pobreza voluntaria, y que a ninguna persona desprecie, y que no juzgue mal a nadie.”
Reina nuestra, tú estás llena de gracias, ruega por nosotros a tu Hijo para que nos dé su bendición.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: ¨¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo¨.
GRIEGO:
και εισελθων ο αγγελος προς αυτην ειπεν χαιρε κεχαριτωμενη ο κυριος μετα σου ευλογημενη συ εν γυναιξιν
LATIN:
et ingressus angelus ad eam dixit have gratia plena Dominus tecum benedicta tu in mulieribus
BIBLIA NOVA VULGATA (Oficial de la Iglesia Católica):
Et ingressus ad eam dixit: “Ave, gratia plena, Dominus tecum”.
SALVE, LLENA DE GRACIA
1) Trasliteración del Griego: Jaire Kejaritomene 2) Griego Koiné: Χαίρε, κεχαριτωμένη 3) Hebreo: לשמוח, מלא חן
κεχαριτωμενη
Se escribe: kecharitoméne Se pronuncia: kejaritomene
Significado: “La que desde siempre HAS ESTADO llena de la Gracia de Dios, la que HOY estás llena de la Gracia de Dios, y la que POR SIEMPRE estarás llena de la Gracia de Dios.”
Κε ~ χαριτω ~ μενη
χαριτοω = Colmar de gracia divina. Estar lleno de gracia.
La palabra κεχαριτομένη es una extensión de tres palabras: χαριτοω (charitoo), μένη (mene) y κε (ke).
χαριτοω (charitoo) significa “gracia”, κε (ke) es un prefijo de χαριτοω que significa que la palabra está en tiempo perfecto. Este indica un estado presente producto de una acción completada en el pasado. μένη (mene) hace esto un participio pasivo.
“Pasivo” significa que la acción es realizada en el sujeto (en nuestro caso la Virgen María) por otra persona (en nuestro caso Dios). Resumiendo, la palabra κεχαριτομένη de María es un participio pasivo de χαριτοω (charitoo): Es Dios el autor de su estado de gracia: llenada, colmada de gracia.
Cuando el ángel Gabriel utiliza κεχαριτομένη para referirse a María, utiliza la palabra como pronombre (un pronombre toma el lugar de un nombre o un título), lo cual representa la identidad de la persona de la que se está hablando. Así María es identificada con un simple término, el cual no es su nombre (María).
LA MADRE ESTABA JUNTO A LA CRUZ
El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.
En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.
¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.
Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.
ORACIÓN: SEÑOR, TÚ HAS QUERIDO QUE LA MADRE COMPARTIERA LOS DOLORES DE TU HIJO AL PIE DE LA CRUZ; HAZ QUE LA IGLESIA, ASOCIÁNDOSE CON MARÍA A LA PASIÓN DE CRISTO, MEREZCA PARTICIPAR DE SU RESURRECCIÓN. POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
Este presente es para hacerles llegar un sitio web destinado al Rezo del Santo Rosario para aquellas personas que estando solas, puedan sentirse acompañadas en una oración continua con Jesús y la Virgen María.
¨El Rosario es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María¨
La devoción de los Siete Dolores de la VIRGEN MARÍA
La devoción al SAGRADO CORAZON DE JESUS y la práctica de los Nueve Primeros Viernes
LA ÚLTIMA CIMA nos muestra un tipo de sacerdote del que nadie habla: los sacerdotes generosos, alegres, serviciales, humildes. Sacerdotes anónimos que sirven a Dios, sirviendo a los demás. Pablo es, nada más y nada menos, que un buen cura.
“Pablo, sacerdote, sabía que iba a morir joven y deseaba hacerlo en la montaña. Entregó su vida a Dios... y Dios aceptó la oferta. Ahora dicen que está vivo. Pablo era conocido y querido por un número incalculable de personas, que han dejado constancia de ello después de su muerte.
LA ÚLTIMA CIMA muestra la huella profunda que puede dejar un buen sacerdote, en las personas con las que se cruza. Y provoca en el espectador una pregunta comprometedora: ¿también yo podría vivir así?”
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