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El Maestro Cristiano
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Lunes, 09/09/2013
El Maestro Cristiano
La educación, en su acepción humanística y cristiana, no se limita a la transmisión de los saberes ni promueve solamente la asimilación crítica de la cultura, sino que se propone como meta el desarrollo de la personalidad del educando en todas sus dimensiones y el reconocimiento de la propia vocación: se trata de aprender a ser.
El logro consistente y definitivo de la educación no puede ser sino el sentido mismo de la vida, el para qué último de la existencia, que es el encuentro plenificante con Dios, del cual venimos y al cual estamos destinados como Suprema Verdad, Suprema Belleza y supremo Bien” (Educación y proyecto de vida, n. 28).
Es por eso que el proceso educativo en la escuela, en especial, en la escuela católica implica el conocimiento de las verdades de la revelación divina transmitidas por la Iglesia y el intento de una síntesis sapiencial que integre las diversas disciplinas humanas en una visión del mundo y de la historia que tenga a Cristo por centro y cima. La pastoral educativa ofrece, además, el aporte vital del acompañamiento catequístico, el itinerario sacramental y la orientación espiritual que faciliten el encuentro con el misterio de Dios Uno y Trino y la intimidad personal de la oración. Así se hace posible el reconocimiento auténtico de la realidad y el ejercicio de la verdadera libertad.

El sistema educativo eclesial traicionaría su esencia si perdiera el sentido del fin, aun cuando cumpliera puntillosamente con los requisitos curriculares, con los aspectos formales de la vida escolar y las exigencias administrativas. ¿Quién ha de poseer, como luz de la inteligencia y calidez del corazón, el sentido del fin? El maestro cristiano. Su formación debe asegurar, por tanto, una asimilación tal del Misterio Cristiano que lo haga capaz de comunicarlo a los niños.


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