El otro día, al calzarme a la mañana, noté que tenía una pequeña piedrita en el zapato. No era nada demasiado grande, nada que me lastimara. Era sólo la molestia de sentir que algo tenía. Seguí caminando, arreglando el cuarto y preparando el desayuno. Cada tanto movía el pie para ver si se corría y se ubicaba en algún rincón del zapato que no molestara. Cuando vi que la cosa no se iba a solucionar sola, opté por sacarme el zapato y sacudirlo. Cuando la piedrita salió, me impresionó lo pequeña que era, casi imperceptible. Y me quedé pensando por qué no me había sacado el zapato antes, por qué di tantas vueltas antes de tomar la decisión que sabía que lo iba a solucionar. No era nada tan dificultoso lo que tenía que hacer…
Esta pequeña experiencia cotidiana me hizo pensar que a veces, extrañamente, nos acostumbramos a convivir con cosas que nos molestan y tardamos en tomar la decisión de solucionarlas. No estoy pensando en graves problemas o dificultades, que tal vez no tienen una solución rápida y posible. Sino que pienso en esos pequeños contratiempos, que justamente por ser pequeños, los soportamos inútilmente.
En las cosas prácticas de la vida cotidiana nos suele pasar: quizás tenemos una pila de papeles que nos molestan arriba de la mesa y, en lugar de sacarlos y ordenarlos, lo vamos corriendo de aquí para allá sin buscarles su lugar definitivo. Seguramente todos tenemos en la casa pequeñas cosas que no andan o andan mal y que las vamos “soportando” por no buscarnos el tiempo para arreglarlas. Muchas veces la solución está bien a la mano y disponible, pero dilatamos el momento de hacerlo y mientras tanto soportamos la molestia que nos provoca. ¿No sería más fácil y sano solucionarlo?
De la misma manera, en ocasiones podríamos hacer algunos pequeños gestos para ayudar a nuestros hermanos a tener una vida más sencilla y agradable, podríamos sacarle algunas piedritas de su zapato para ayudarlos en su caminar. Insisto que estoy pensando en pequeñas cosas, esas que no son difíciles de hacer: darse cuenta que no está la botella de la bebida que le gusta y buscarla para ponerla en la mesa, preparar un poco más de café porque sabemos que va a venir después a desayunar, salir al encuentro de alguna necesidad antes de que la pidan. ¿Por qué acostumbrarnos a tratarnos mal o al mal humor? ¿Por qué no hacer un día a día más ameno?
Hay dos imágenes usadas por Jesús que siempre me parecen inspiradoras. Una está en un evangelio que hace poco leímos en la celebración dominical. Jesús nos invita a vivir dispuestos y preparados como el servidor que espera la llegada de su señor. Por eso dice:
“Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas” (Lc 12,35).
Para la época en que se llevaban túnicas, estar ceñido era estar con el lazo puesto para no tropezarse y así poder caminar rápidamente. La lámpara encendida era la precaución necesaria. Si el servidor no se había acordado de reservar el fuego, encender uno nuevo iba a llevarle mucho tiempo. Esta es la actitud de vida que se nos propone: dispuestos a responder rápidamente.
Y en otro pasaje Jesús dice:
“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mt 10,42).
Lo interesante de la imagen es que Jesús no habla de grandes gestos, no habla de solucionarle la vida al otro, ni de darle una fuerte suma de dinero. El pequeño gesto de dar un vaso de agua fresca no quedará sin recompensa. A veces tenemos a mano hacer un pequeño servicio, un gesto que conforte al otro, pero no siempre aprovechamos la oportunidad, y el otro seguirá caminando con su sed a cuestas porque no lo vimos, no nos dimos cuenta o no quisimos salir de nuestro egoísmo.
Creo que poder realizar estas pequeñas acciones, a favor nuestro o de otros, hablan de la delicadeza de espíritu. Darnos cuenta de que hay cosas que nos molestan, darnos cuenta de que el otro necesita algo, requiere una cierta dosis de sensibilidad y ternura. Ojalá de Jesús nos la regale para poder vivir mejor.
P. Willy