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La doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad no ha cambiado porque se fundamenta en la Ley de Dios
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Sábado, 17/08/2013
La doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad  no ha cambiado porque se fundamenta en la Ley de Dios
“¿Quién soy yo para juzgarlo?”, la frase del Papa Francisco refiriéndose “a una persona gay [que] busca al Señor y tiene buena voluntad”, pronunciada en el avión que lo conducía a Roma, después del Encuentro Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, Brasil, dio la vuelta al mundo, estuvo en la primera plana de los diarios, de la red de internet, la radio y la televisión, y continúa repercutiendo hasta el presente momento.

Dicha declaración dio motivo a toda suerte de comentarios que alentaban en general, aunque confusamente, la idea de que se iniciaba un cambio fundamental de la Iglesia con relación a la homosexualidad, como si se pudiera esperar que rectificara su postura absolutamente clara y equilibrada al respecto que, por lo demás, no puede modificar sin desmentirse a sí misma porque su fundamento es la Ley de Dios y el orden natural.

Dado que el tema es de la mayor trascendencia para la familia y la sociedad en general, es necesario comprender que
la mencionada expresión del Papa Francisco y sus comentarios respecto al tema en la misma ocasión, no significan que haya habido o pueda haber un cambio de las enseñanzas de la Iglesia al respecto.
Es oportuno recordar, en ese sentido, que el mismo Papa Francisco, cuando Arzobispo de Buenos Aires y en momentos en que se discutía en nuestro país la ley del llamado “matrimonio entre personas del mismo sexo”, afirmó, en carta dirigida a las religiosas carmelitas de Buenos Aires, “que no se trataba de una simple cuestión política sino de la pretensión de destruir el plan de Dios”, que “puede herir gravemente a la familia” y que constituía una “movida del Padre de la Mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios” (Cfr. “Info/Católica, 8 de julio de 2010) .

¿Cómo podría entonces, tan solo pocos años después, y desde la misma Cátedra de Pedro, dar a entender que pretende o vislumbra un cambio de postura de la Iglesia en un tema de tal trascendencia?

Es necesario no confundirse. La postura de la Iglesia respecto a la homosexualidad y al matrimonio entre personas del mismo sexo está definida de un modo explícito, que no admite duda alguna, en documentos oficiales como el de la Congregación para la Doctrina de la Fe (“Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas del mismo sexo”, Congregación para la Doctrina de la Fe, 3 de junio de 2003) y en el “Catecismo de la Iglesia Católica” cuya versión oficial fue publicada el 15 de agosto de 1997, después de una intensa labor de más de diez años de trabajos y consultas.

La doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la práctica homosexual
El citado documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe está dirigido expresamente, nótese bien, no solamente a los católicos, sino a todas las personas comprometidas en la promoción y la defensa del bien común de la sociedad.

Su publicación fue ordenada por el Papa Juan Pablo II y lleva la firma del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de dicha Congregación, quien pocos años después sería elevado al Trono Pontificio como Benedicto XVI.

En dicho documento es afirmado que, con respecto al matrimonio y la complementariedad de los sexos la Iglesia
“repropone una verdad que es puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo”. Asimismo, insiste en que “ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas (y) así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas” (cfr. Op. Cit. “I- Naturaleza y Características Irrenunciables del Matrimonio”).
En el mismo documento, la Iglesia enseña que
“no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia”
, pues
“el matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural (y) no pueden recibir aprobación en ningún caso”, dado que en “la Sagrada Escritura están condenadas como graves depravaciones” /cit]e “intrínsecamente desordenadas”, “juicio moral” que “se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición Católica” (ib. Id.)
Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados
Las mismas enseñanzas contiene el Catecismo de la Iglesia Católica en su artículo 6, ap. 2357, El Sexto Mandamiento, Castidad y Homosexualidad:
“La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cfr. Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.”
A la luz de los documentos citados resulta evidente, pues, que nada autoriza a fomentar la idea de que la Iglesia Católica pueda modificar sus enseñanzas doctrinales respecto a la homosexualidad.

Como tampoco que pueda modificar su compromiso, en el plano pastoral,
de ayudar a las personas con tendencias homosexuales a vencer lo que el citado documento denomina “auténtica prueba” que sufren y, de estimularlos, con maternal bondad y consideración, pero siempre con la verdad, para que, “mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior y (…) el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental” puedan “acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (Op. cit. art. 2359).
Un comentario sacado del contexto, objeto de manipulación mediática
Subrepticia o declaradamente, desde distintos sectores, coadyuvados por una cobertura mediática que alcanzó un destaque asombroso en los medios del mundo entero, se estimuló, a partir de la manipulación de conceptos como el de la discriminación, la idea o ilusión de que el cambio de tono del Papa Francisco al tratar el tema permite vislumbrar profundas modificaciones en las enseñanzas y pastoral de la Iglesia al respecto.

¿Es esto real, posible y encuentra asidero en las afirmaciones del Papa Francisco que estamos comentando o se trata, una vez más, de una operación mediática que siembra confusión?

Analizando el tema desapasionadamente, la respuesta es clarísima como veremos a continuación.

Cuando el Papa Francisco aludió al tema de la homosexualidad en la ya citada conferencia de prensa, afirmó que
“no se debe discriminar y marginar a esas personas”, pues si “uno se encuentra perdido así debe ser ayudado” y aclaró que “se debe distinguir si es una persona de bien” que no cometa delitos en ese orden de cosas.
Esas afirmaciones, fuera del contexto conceptual en que pueden ser comprendidas con objetividad, fueron comentadas, tanto por alguna personalidad del mundo católico, como por representantes de movimientos de homosexuales, en orden a sugerir un cambio radical de la Iglesia en la materia al punto de anunciar el nacimiento de
“un nuevo mundo”, como lo hizo un integrante de la “Federación Argentina de Lesbianas, Gays y Trans” en la Argentina. (Cfr. “La Naciòn”, 31 de julio de 2013, p. 5)
Distintos líderes de movimientos de homosexuales y lesbianas, saludaron el “esperanzador cambio de tono” y un “germen de inicio de cambio” que no explican suficientemente en qué consiste, pero que sin lugar a dudas ha confundido pues alentó la ilusión de que la Iglesia inició un camino para modificar su postura sobre materia de tan extrema gravedad.

Ahora bien, sea como fuera, y aún cuando el tono de los comentarios del Papa Francisco sobre el tema haya sido amable y acogedor, no pueden sino entenderse en el contexto de la doctrina inmutable de la Iglesia al respecto.

Invariable y clarísimo juicio de la Iglesia
Los actos homosexuales y el matrimonio entre personas del mismo sexo están, y no pueden dejar de estarlo, severamente condenados por la Iglesia. En el ya citado Catecismo enseña
“que las relaciones homosexuales están condenadas como graves depravaciones (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor. 6, 10; 1 Tim. 1, 10), aunque no puede concluirse que quienes “padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella”.
Precisamente es la razón, por la cual, la Iglesia, como Madre amorosa siempre enseñó que las personas con inclinaciones homosexuales deben ser
“acogidas con respeto, compasión y delicadeza”, evitando “todo signo de discriminación injusta”, para ayudarlos “a vivir la castidad (…) como los demás cristianos” , cada uno según su estado. (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, op. cit. apartado 4) en orden a que, es necesario insistir, se les ayude a educar “la libertad interior” y puedan “acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (Cfr. “Catecismo de la Iglesia Católica, Castidad y Homosexualidad”, ap. 2359).
A este propósito, resulta importante destacar –aunque no sea este el objeto propio de este articulo- que la atracción hacia personas del mismo sexo no es una condición innata de la persona. Es lo que afirma Richard Cohen, psicoterapeuta norteamericano, quien, al presentar en España su obra “Comprender y sanar la homosexualidad” afirmó que
“no se nace necesariamente con atracción hacia el mismo sexo” basándose en que “no hay evidencias que permitan a los científicos concluir que la orientación sexual está determinada por uno o varios factores concretos”. De ahí que, en su libro “Gay Children, Straight Parents” explique “como la familia y los amigos pueden ayudar a las personas atraídas por el mismo sexo a sanar y realizar su destino heterosexual” y, en consecuencia, dirija a los homosexuales que quieren dejar de serlo un mensaje de esperanza: “Nunca te rindas, el cambio es posible”, lo que demuestra con su propia experiencia pues él mismo fue homosexual. (cfr. “Agencia de Noticias Zenit”, 9 de febrero de 2012).
En razón de todo lo anteriormente dicho, resulta claro que no puede ser otro el sentido de la invitación dirigida por el Papa Francisco cuando, aludiendo al Catecismo de la Iglesia afirmó, que a “las personas con orientaciones sexuales hacia el mismo sexo”, que buscan “al Señor” no se las “debe discriminar y marginar”, pues “cuando no se encuentra perdido así debe ser ayudado”, insistiendo en que “debe distinguirse si es una persona de bien”, es decir, que si comprende su debilidad y lucha sanamente contra ella, como lo haría cualquier persona con otras tendencias desordenadas, si, con la ayuda de la gracia de Dios y de la Iglesia quisiera ser fiel a la Ley de Dios.

Conclusión
Por todo lo anterior, Para Hacerse Oír-Hablemos Claro concluye insistiendo en que n
o hay motivo alguno para alentar la falsa idea de que en las palabras del Papa Francisco se pueda ver un anuncio de “un cambio de época” en la Iglesia –como fue interpretada por algunos (cfr. “La Nación”, 31 de julio de 2013, “Respaldo de organizaciones gays a las sorpresivas declaraciones de Francisco”) respecto al tema de la homosexualidad ni tampoco pretender que ha legitimado el accionar de las organizaciones activistas de homosexuales que reivindican la homosexualidad como una opción de vida que la Iglesia pudiera legitimar sin contradecir su propia doctrina y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios.
Sí podemos esperar
aliento, confianza y sobre todas las cosas, la gracia de Dios que a nadie falta, para practicar la virtud de la castidad según el estado de cada uno, aún por parte de quienes tienen una tendencia homosexual pues, llevada a la práctica, constituye, como hemos visto, una conducta desordenada, contraria al orden natural y reprobada por la Ley de Dios y en consecuencia por la misma Iglesia, aún cuando Ella acoja como verdadera Madre a todos quienes buscan sinceramente y en la verdad el camino para cumplir la voluntad de Dios en este mundo y alcanzar la felicitad eterna.
15 de agosto de 2013, fiesta de la Asunción de María Santísma

Martín Jorge Viano
Director
Para Hacerse Oír-Hablemos Claro


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