Veo, veo... ¿qué ves?

Por
lourdes
Jueves, 01/08/2013
Todas las semanas voy a una clase en un instituto. Es un edificio de tres plantas, con aulas en el primer y segundo piso. Como voy hace algunos años, he pasado por distintas aulas. La semana pasada iba subiendo la escalera y vi a un compañero parado en el pasillo. Me había parecido que todavía me faltaba subir un piso, pero al verlo fui a su encuentro. Nos pusimos a conversar en frente del aula, ya que está cerrada con llave hasta que llega la profesora. Comentamos que había menos gente, tal vez porque algunos cursos ya habían terminado por las vacaciones. Me sorprendió notar que le habían puesto una cortina nueva al aula y que en frente habían colocado unas computadoras que no había visto antes. Yo había llegado con otra compañera, que se había quedado abajo haciendo un trámite, y me extrañó que tardara tanto. De hecho era ya la hora y no venía nadie más. De repente empecé a mirar mejor y noté que al lado del aula no estaba la librería y pregunté: “¿estamos bien o nos equivocamos de piso?”. Ahí miramos mejor y nos dimos cuenta de nuestro error. Al subir un piso más, estaba la gente de siempre, el aula sin cortinas ni computadoras y nuestro grupo extrañado de que no llegáramos…
Seguramente a ustedes les habrán pasado cosas parecidas, pequeñas confusiones donde uno mira lo que quiere ver. Me impresiona cómo nuestros pensamientos, deseos y sentimientos pueden influir tanto en nuestra mirada. En mi pequeña desubicación, yo le daba explicación a cada cosa que no veía en su lugar: la gente está de vacaciones, agregaron cosas, los otros se demoraron. En lugar de darme cuenta que era yo el equivocado, iba moldeando mi mirada para que coincidiera con lo que yo pensaba. Ciertamente el episodio no pasa de lo anecdótico, pero hay veces en que miramos así de equivocados a las personas y los acontecimientos más importantes de la vida.
Si yo estoy convencido de que el otro me tiene bronca, posiblemente mire todos sus gestos como una agresión hacia mí: si me saluda es que quiere sobrarme, si no me saluda es porque me ignora, si dice algo es porque me está dando una indirecta. Si la tristeza y la decepción inundaron mi vida, puede ser que todo lo mire negativamente: si hace frío porque hace frío, si hace calor porque hace calor; si me llaman porque molestan, si no me llaman porque me olvidan. Ni que hablar de cómo influyen nuestras opiniones en la evaluación del país: para algunos estamos en el mejor período de la historia, para otros nunca estuvimos tan mal… Es una ilusión pretender tener una mirada fría y objetiva. Siempre nuestros sentimientos e ideas influirán en nuestra manera de mirar, siempre tendremos una mirada llena de nuestra subjetividad. Pero conociendo esta influencia, podremos hacer algo por controlarla, porque ella no nos domine ni nos engañe.
Hay un teólogo que dice que mucho de la vida y predicación de Jesús tuvo como objetivo “liberar la mirada cautiva” de su pueblo; porque “una mirada cautiva es una persona esclava”. Los maestros de la ley enseñaban que el enfermo era un olvidado de Dios, que el pobre no estaba bendecido y que la mujer era propiedad del varón. Lo más grave, como siempre, es cuando el propio oprimido se cree la explicación de la opresión, cuando él mismo se siente olvidado, maldecido o de segunda. Su mirada ha quedado presa y cautiva. El amor generoso de Jesús, su predicación contando que Dios es un Padre-Madre que ama a todos, su invitación a formar una comunidad de hermanos, sin excluidos ni olvidados, todo eso iba liberando la mirada del pueblo esclavizado. Ellos podían descubrir que la realidad era otra de la que le habían enseñado, que Dios no era como le habían contado, que ellos no estaban tan lejos del Reino como creían. Y con esta nueva manera de mirar, la realidad toda se transformaba en una linda parábola del amor de Dios, donde todo hablaba de su cercanía e invitaba a celebrar su presencia.
Hoy el Espíritu sigue curando nuestras cegueras. Todos necesitamos mirar de una manera nueva, abrir los ojos para ver distinto. Claro que cambiar la mirada es a veces un proceso doloroso, hay que aceptar que uno estaba equivocado, que se confundía y que tiene que ver y actuar de otra manera. Ojalá que Jesús nos siga ayudando a mirar con sus propios ojos.
P. Willy

Por
lourdes