Es casi un tópico, de puro sabido, decir que la Imitación de Cristo es la obra religiosa medieval que ha conseguido mayor número de ediciones. Bossuet la llamaba «el quinto evangelio», no precisamente porque añadiera algo al mensaje evangélico, sino en cuanto representaba el más alto grado de aplicación y desarrollo humano del Evangelio de Jesús.
Fray Luis de Granada, dice en el prólogo a su traducción castellana de la Imitación, publicada en Sevilla en 1536: «Hallamos en este libro el remedio para todos los males del alma; un maná escondido para quienes gustan las delicias del espíritu; una luz inextinguible que nos enseña a conocernos y ver lo que nosotros mismos no alcanzamos, y, en fin, la ciencia de la salvación que nos induce a vivir y morir como verdaderos cristianos.» Se ha dicho que «la Imitación es a la ascética y mística de la Iglesia lo que la Suma de santo Tomás es a la escolástica», que es la compañía inseparable de los ascetas rígidos que no consienten en su vida levadura alguna de sentimentalismo y que es, al propio tiempo, el breviario de la gente del mundo que no siente el gusto por la vida del claustro.
El papa Juan XXIII se complacía en citarla a menudo en sus alocuciones. En cierta ocasión les decía a un grupo de sacerdotes de Turín que el éxito de su primera predicación de novel sacerdote lo debía a la Imitación, por haberla preparado sobre el capítulo 23 del libro III, «Cuatro cosas que dan gran paz», y que fue después, según él mismo afirmaba, el programa de su vida. Por su parte, el papa Pablo VI, en la reapertura del Concilio Vaticano II, al enumerar las cuatro finalidades del Concilio, sintetizando la segunda, o sea, la reforma de la Iglesia, decía «El Concilio tiende a acrecentar en la Iglesia aquella belleza de perfección y de santidad que sólo la imitación de Cristo y la mística unión con él, en el Espíritu Santo, le pueden conferir.» El Papa, aunque no se refería concretamente a la obra de Kempis, situaba la imitación de Cristo y la mística unión con él en el centro de la más moderna exigencia de purificación, de renovación, de vitalidad en la Iglesia cristiana universal. Pero no sólo nuestros dos papas conciliares, sino también sus predecesores tuvieron en gran estima la obra de Kempis. Citemos a dos de ellos. Pío X escribía al doctor De Cigala, el 4 de julio de 1905: «Suelo leer un capítulo de la Imitación todos los días.» Y Pío XI, en un discurso a los estudiantes de Milán, después de llamarlo «libro de oro», añadía: «Es un deber leer los grandes libros como la Biblia, la Imitación de Cristo...; releerlos es una necesidad; gustarlos, un presagio de grandeza.»
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Imitación de Cristo | Tomas A Kempis
Esta edición es la transcripción manual de la edición de 1817 cuya portada hemos incluido.
Autor de La Imitación de Cristo, libro clásico de espiritualidad repleto de sabias enseñanzas y consejos.
Nacido en Kempen, Diocesis de Colonia, Alemania, 1379 o 1380; murió el 25 de Julio de 1471 en Holanda.
Nombre de familia: Thomas Hemerken (pequeño martillo)
A la edad de 13 años Tomás fue a Deventer para entrar en la comunidad de los Hermanos de la Vida Común fundada por el Diácono Gerardo Groote, inspirado predicador que suscitó un avivamiento espiritual en los países bajos. En esta experiencia se manifestaba el fervor de los cristianos del primer siglo en Jerusalén y Antioquia. La comunidad era una fundación laica con una rama de sacerdotes. Aunque no tomaban votos, vivían en pobreza, castidad y obediencia en la medida que fuese posible según el estado de vida. Algunos vivían en sus casas y otros en comunidad. Tenían un fondo común en el que depositaban todas sus ganancias. La ambición de todos era imitar la vida y las virtudes de los primeros cristianos, especialmente en el amor a Dios y al prójimo, en sencillez, humildad y devoción.
Ya su hermano mayor era miembro de la comunidad y lo recibió con gran amor. Florentius Radewyn era el general de la comunidad. Fue maestro espiritual y gran influencia en la vida del joven Tomás.
Kempis vivió como hermano ejemplar de la comunidad por 72 años. Se dedicaba a transcribir manuscritos. Copió los manuscritos de los Padres, especialmente San Bernardo, un Misal para la comunidad y la Biblia completa en cuatro grandes volúmenes.
Ordenado sacerdote en 1413, después de haber tenido que esperar por años dado a la pobreza de su comunidad de Canónigos Regulares. El escribió las crónicas del priorato (¨The Chronicle of the Canons Regular of Mount St. Agnes¨, London, 1906). En ellas revela la santidad y sencillez de su hermanos. El prior era su hermanos de sangre, Juan Kempis.
Además de su gran obra La Imitación de Cristo, escribió muchas otras, entre ellas: ¨Oratio de elevatione mentis in Deum¨ y la ¨Vida de Lydwine, Virgen¨ (editor).
Sus restos están en la Iglesia de San Miguel en Zwolle (Holanda), en un magnífico monumento de 1897 en el que se lee: ¨Honori,non memoriae Thomae Kempensis, cujus nomen perennius quam monumentum¨ (Al honor, no a la memoria de Tomás Kempis, cuyo nombre es mas permanente que ningún monumento).
La Imitación de Cristo
La obra de Tomás Kempis representa el misticismo de la escuela de Windesheim, de los Hermanos de la Vida Común. Esta repleto de citas de las Sagradas Escrituras y escritos de los Padres, especialmente de San Agustín y San Bernardo. Es una de muchas obras de Kempis.
La obra fue al principio publicada anónimamente (1418) y pronto se le atribuyó a diferentes personas. En 1441 Thomas completó y firmó un codex (Biblioteca real, Bruselas, 5855-61) que contiene los cuatro libros de la Imitación de Cristo y nueve obras menores.
En el curso de la historia han surgido controversias sobre la autoría de la Imitación de Cristo. Sin embargo varios testigos contemporáneos y el mismo estilo de la obra favorecen la autoría de Tomás Kempis.
De la Imitación
¨Abandona el excesivo deseo de conocer; en el se encuentra mucha distracción. Hay muchas cosas que conocerlas es de poco o ningún beneficio para el alma.¨
¨No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más.¨
Otros segmentos de la obra:
Yo instruí a mis profetas
Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo.
Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano.
No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón.
Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los anos duros, para que no viva desolado aquí en la tierra.
Yo –dice el Señor– instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón.
Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino.
Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor. Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de la inercia.
¿Quién me sirve y obedece a mí con tanto empeño y diligencia como se sirve al mundo y a sus dueños?
Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, que aquéllos sean más solícitos para la perdición que para la vida.
Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí.
Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin.
Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como fuerte el que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.
Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación.
Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita. Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación.
Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes.
El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue en el último día.
La fidelidad del Señor dura por siempre
Señor, tus juicios resuenan sobre mí con voz de trueno; el temor y el temblor agitan con violencia todos mis huesos, y mi alma está sobrecogida de espanto.
Me quedo atónito al considerar que ni el cielo es puro a tus ojos. Y si en los mismos ángeles descubriste faltas, y no fueron dignos de tu perdón, ¿qué será de mí?
Cayeron las estrellas del cielo, y yo, que soy polvo, ¿qué puedo presumir? Se precipitaron en la vorágine de los vicios aun aquellos cuyas obras parecían dignas de elogio; y a los que comían el pan de los ángeles los vi deleitarse con las bellotas de animales inmundos.
No es posible, pues, la santidad en el hombre, Señor, si retiras el apoyo de tu mano. No aprovecha sabiduría alguna, si tú dejas de gobernarlo. No hay fortaleza inquebrantable, capaz de sostenernos, si tú cesas de conservarla.
Porque, abandonados a nuestras propias fuerzas, nos hundimos y perecemos; mas, visitados por ti, salimos a flote y vivimos.
Y es que somos inestables, pero gracias a ti cobramos firmeza; somos tibios, pero tú nos inflamas de nuevo.
Toda vanagloria ha sido absorbida en la profundidad de tus juicios sobre mí.
¿Qué es toda carne en tu presencia? ¿Acaso podrá gloriarse el barro contra el que lo formó? ¿Cómo podrá la vana lisonja hacer que se engría el corazón de aquel que está verdaderamente sometido a Dios?
No basta el mundo entero para hacer ensoberbecer a quien la verdad hizo que se humillara, ni la alabanza de todos los hombres juntos hará vacilar a quien puso toda su confianza en Dios.
Porque los mismos que alaban son nada, y pasarán con el sonido de sus palabras. En cambio, la fidelidad del Señor dura por siempre.
Este presente es para hacerles llegar un sitio web destinado al Rezo del Santo Rosario para aquellas personas que estando solas, puedan sentirse acompañadas en una oración continua con Jesús y la Virgen María.
¨El Rosario es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María¨
La devoción de los Siete Dolores de la VIRGEN MARÍA
La devoción al SAGRADO CORAZON DE JESUS y la práctica de los Nueve Primeros Viernes
LA ÚLTIMA CIMA nos muestra un tipo de sacerdote del que nadie habla: los sacerdotes generosos, alegres, serviciales, humildes. Sacerdotes anónimos que sirven a Dios, sirviendo a los demás. Pablo es, nada más y nada menos, que un buen cura.
“Pablo, sacerdote, sabía que iba a morir joven y deseaba hacerlo en la montaña. Entregó su vida a Dios... y Dios aceptó la oferta. Ahora dicen que está vivo. Pablo era conocido y querido por un número incalculable de personas, que han dejado constancia de ello después de su muerte.
LA ÚLTIMA CIMA muestra la huella profunda que puede dejar un buen sacerdote, en las personas con las que se cruza. Y provoca en el espectador una pregunta comprometedora: ¿también yo podría vivir así?”
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