“Hace tiempo que no me reía tanto…”. Si usted alguna vez dijo esa frase, seguramente quiere decir que usted está ya en la etapa adulta. Los niños se ríen todo el tiempo, de cualquier cosa, para ellos todo es juego y celebración. Cuando vamos creciendo, muchas veces perdemos esa capacidad de reírnos con ganas. A tal punto, que cuando volvemos a hacerlo nos sorprende. ¿Será que crecer es dejar de reírse? ¿Será que habrá que asociar la madurez con la seriedad? ¿Y Dios? ¿tiene algo que ver con la risa? Si leyeron el libro o vieron la película “El nombre de la rosa”, tal vez recuerden al anciano monje bibliotecario que envenenaba un libro que hablaba de la comedia, la risa y el humor. Para este personaje, la risa era peligrosa, alejaba de Dios y de su verdad… Pero creo que es bien distinta la idea que tiene la Biblia sobre el tema.
El comienzo del pueblo de Israel es la historia de Abrahám, al que Dios lo invita a salir de su tierra y le promete un lugar donde asentarse y una descendencia numerosa como las estrellas del cielo. El problema es que Abraham y Sara, su mujer, ya son ancianos y nunca han podido tener hijos. Por eso, él se ríe cuando escucha la promesa. Sara tendrá la misma reacción cuando unos visitantes misteriosos, que pasan por su tienda, le dicen que al año siguiente volverán a pasar y ella tendrá un niño en sus brazos. Su risa tiene algo de incredulidad, de sospecha, de nervios. Pero el tiempo pasa y Sara finalmente da a luz un hijo, al que le ponen el nombre de Isaac (que quiere decir “él reirá” o “él se ha reído”). Y ella, llena de la alegría por el recién nacido, dice:
“Dios me ha dado motivo para reír, y todos los que se enteren reirán conmigo”(Gen 21,6)
Siempre me impresiona la sabiduría de esta mujer que conoció a Dios a través de su risa. Que pudo salir de la risa incrédula y nerviosa, a la risa amplia y abierta del que ha experimentado a Dios en sus entrañas. Por eso, tener fe en el Dios de Sara, es reírse con ella…
En este tiempo de Pascua, la liturgia nos propone hacer memoria del caminar de las primeras comunidades cristianas. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata las primeras predicaciones, el inicio de las asambleas cristianas, los bautismos de los que conocen a Jesús. Muchas veces la conversión está asociada a la alegría. En un momento se cuenta la llegada del Evangelio a una ciudad de Samaría a través de la palabra de Felipe. El relato termina diciendo:
“y fue grande la alegría de aquella ciudad” (Hech 8,8).
¡Qué linda manera de resumir la llegada de la Buena Noticia!
Tal vez estamos más acostumbrados a relacionar la experiencia cristiana con cuestiones serias y profundas, con ritos solemnes y sagrados. Piensen en las imágenes, en las estampas, en los cuadros, ¿conocen muchos donde Jesús, María o los santos se estén riendo? Pero la experiencia de Sara y de las primeras comunidades nos recuerda que la fe también se expresa de otro modo: el acercamiento a Dios, el conocimiento de la Palabra, el unirse a Jesús, todo eso se tiene que traducir en que la alegría aumente, que la risa se multiplique. Sino, algo del mensaje de Jesús nos estamos perdiendo.
Claro que la alegría cristiana no es algo impuesto y forzado. Tampoco se trata de mirar livianamente la vida y no darnos cuenta de la gravedad del dolor de muchos hermanos o de la necesidad de crecer en un compromiso serio por el bien común. La alegría cristiana es, por sobre todas las cosas, un fruto del Espíritu, es un don que el amor de Dios deja en nuestro corazón. Por eso, en este tiempo en que nos vamos preparando para la llegada del Espíritu en Pentecostés, los invito a que recemos pidiendo este don para nosotros, para nuestra comunidad, para nuestro país. La antigua oración nos enseña a invocar a aquel que es: “Descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto”.
Que Sara, matriarca de nuestra fe, nos ayuda a conocer al Dios de la risa.
P. Willy